Aníbal Troilo: en el Olimpo de la argentinidad

Hoy se cumplen 35 años de la muerte del máximo bandoneonista del tango. Compositor, director de orquesta, maestro de cantores y hombre generoso, dejó un sello indeleble en la música de la ciudad.

Aníbal Troilo – Foto Diario Clarín

La historia empezó cuando aquel chico, que se llamaba Aníbal Carmelo Troilo y vivía en el barrio de Palermo, jugaba con una almohada: apoyándola sobre sus rodillas, mientras escuchaba tangos por la radio, la estrujaba simulando que tocaba un bandoneón. Pero para que empezara la leyenda de Pichuco, el mito de El Gordo, debería pasar algo más de medio siglo. Habría que esperar hasta el 18 de mayo de 1975, hace hoy exactamente 35 años, para saber que ese hombre que desaparecía físicamente estaba incorporándose para siempre como un nuevo dios al Olimpo de la argentinidad.

¿Qué era lo que había hecho para que semejante devoción, en aumento aunque pasen años, tuviera tamaña repercusión? Simplemente había vivido apenas seis décadas repartiendo talento como artista y generosidad como ser humano.

«Era un hombre de un refinamiento exquisito. Pichuco fue lo que se dice un elegante tanto en el vestir como en el pagar, porque ha levantado muertos delante mío con una elegancia tal que nadie se daba cuenta quién pagaba la mesa», recuerda el poeta Horacio Ferrer, avalando aquello de que Troilo sólo fue flaco con él mismo, como dice uno de sus versos que lo evoca.

Aquel refinamiento, según Ferrer, estaba presente en todos sus actos. «Pichuco sabía disfrutar con la música, pero también con un champán o un vermú de primera; es que la misma elegancia que tenía para vestir la usaba para vivir».

Para entonces ya había pasado el tiempo de formación junto con otros grandes como Elvino Vardaro, Osvaldo Pugliese, Ciriaco Ortiz o Alfredo Gobbi. Ya había actuado con Julio De Caro, Juan Maglio, Juan D’Arienzo o Angel D’Agostino. También había quedado atrás aquel debut profesional con 14 años en el Petit Colón de Córdoba y Laprida y aquel 1º de julio de 1937 cuando en el cabaret Marabú, con sólo 23 años, se presentaba dirigiendo su propia orquesta.

Y como si eso fuera poco, también había encontrado a Dudui Ida Calahi, una mujer bellísima nacida en Grecia, pero que estaba aquí desde sus 6 años. Esa mujer era Zita («Troilo con pollera», la define Ferrer) con quien se casó en 1938 y quien lo acompañó hasta el final, más allá de algunos terremotos temporarios en la relación. «Es que por Zita yo volteé toda la estantería», solía decir Troilo para hablar de ese ángel guardián que dedicó mucho de su vida a ponerle un paraguas protector a la lluvia de excesos de alcohol y otras cuestiones. «Es cierto, tenía excesos, pero hay muchos otros en todas las disciplinas que tienen los mismos excesos, pero no son Troilo», agrega Ferrer.

De Troilo se sabe mucho de lo que hizo como bandoneonista y músico, pero poco de su talento como cantor, algo que desarrolló cada vez que eligió la voz de un intérprete para que fuera un instrumento más en la estructura perfecta de su orquesta. «Es que escuchaba mucho y tenía una idea gardeliana para cantores a quienes, aun no siendo gardelianos, les elegía un repertorio con esa tendencia, lo que lo hacía genial», explica Ferrer evocando a un Pichuco cantor «con una voz chiquita, pero maravillosa».

El mismo concepto tiene Guillermo Fernández, un cantor que lo tuvo como maestro cuando era Guillermito. «Lo conocí a los 12 años en un programa llamado Tangolerías que en Canal 11 conducía Roberto Galán. Desde hacía seis años yo cantaba en las cantinas y en esos lugares el que más grita es el que más aplausos cosecha», recuerda Fernández. Y agrega: «Entonces, en un ensayo, cuando empecé a cantar Barrio de tango, Troilo me paró y me dijo ‘pibe, no se grita; en el tango no se canta con el capital, se canta con el interés’, algo que dijo le había enseñado don Carlos Di Sarli».

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«Así fue como en su departamento de la calle Paraguay y en siete u ocho clases de una hora cada una Troilo me enseñó eso de que hay que cantar de adentro para afuera», dice Fernández al evocar esos momentos en los que Pichuco le pasaba las melodías para decirle cómo se canta. «Troilo no sabía canto, pero era maestro de cantores, sabía poca música pero era maestro de música y tocaba poco el bandoneón pero era maestro de bandoneonistas. Era impresionante».

Esa misma disciplina se reflejaba en su orquesta, una máquina precisa donde cada integrante (Troilo incluido) era un engranaje calibrado al máximo. «La orquesta ensayaba todos los días a las cuatro de la tarde en el cabaret Tibidabo y cada noche, cuando subía al escenario para actuar, mantenía hasta una disciplina estética», cuenta Ferrer. Eso iba hasta el extremo de tocar sin partitura sobre el atril. «Es que los músicos sabían 120 partituras de memoria, porque El Gordo decía que había que distinguir los trabajos del músico sobre el escenario: el de leer y el de expresarse; y si los músicos sabían todo de memoria el único trabajo que tenían para hacer era el de expresarse».

Cuando murió, el velatorio se hizo en el hall del San Martín, en la calle Corrientes que tanto amó. «Recuerdo que había una fila de cuatro personas en cada hilera, que daba vuelta toda la manzana. A cada uno de ellos él los había invitado con una copa, les había dado un beso, les había hecho algún regalo; todos ellos habían recibido algo de Troilo», concluye Ferrer. Y sintetiza ese momento con una imagen que le quedó grabada. «Recuerdo que me quedé frente al cajón mirándolo y me di cuenta de algo impresionante: Pichuco estaba todo muerto menos sus manos; eran las mismas manos que tanto habían hablado y seguirán hablando». Treinta y cinco años después, aquella visión del poeta se mantiene imbatible.«

«Quiero volver a Buenos Aires»
Troilo era un amante de la noche porteña. Y para él, la noche porteña estaba en las doce cuadras del tramo de la avenida Corrientes que va desde Callao hasta Florida, con epicentro en el cruce con Paraná.

Justamente, a metros de Corrientes y Paraná, Troilo y Zita vivieron muchos años en un departamento con balcón a la calle, donde Pichuco se sentía a sus anchas y solía recibir a sus amigos.

Pero una vez, se habían mudado a otro edificio en la avenida Belgrano, entre Solís y Entre Ríos, a diez cuadras de ese lugar que tanto amaba.

«Un día Zita llega al departamento y lo encuentra al Gordo sentado en el umbral de entrada y llorando», recuerda Horacio Ferrer. Y sigue con el relato. «Entonces, asombrada , le preguntó qué le pasaba y Pichuco simplemente le contestó: quiero volver a Buenos Aires».

También hay otra anécdota que muestra lo que era su deseo de perfección en el trabajo de la orquesta y sus cantores, que está reflejado en los 500 tangos que grabó.

«Un día se encuentra en la calle con Homero Expósito, que le pregunta: ‘Gordo, ¿me vás a estrenar Naranjo en flor? Pichuco le contestó: «Preguntale a Floreal Ruiz si lo voy a estrenar. Entonces, Expósito lo llamó a Floreal y el cantor le dio la respuesta: «Hace 23 días seguidos que estamos los dos solos, con el bandoneón, buscándole la forma». Así trabajaba .

El recuerdo de su nieto Francisco
Pichuco no tuvo hijos y quizás esa haya sido una de sus grandes frustraciones. Sin embargo hoy, un nieto suyo aparece como el mayor referente a la hora de recordar su figura.

Se llama Francisco Torné y es el nieto de sangre de Zita Troilo. «Es cierto que que mi mamá era hija de una pareja anterior de mi abuela, pero Pichuco a mí siempre me trató como su nieto y a mi mamá como su hija. Y yo siempre lo sentí como mi abuelo», cuenta a Clarín Francisco, quien, cuando Troilo murió, tenía 15 años.

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Y si bien mantiene un perfil bajo con cero protagonismo en los medios, Torné es el promotor de muchas actividades para homenajear a su abuelo. «Nuestra obra se puede ver en la página que creamos hace casi diez años (www.troilo.com.ar) y que es una página activa hacia la gente».

Promotor de un encuentro que reunió a 90 bandoneones cuando Troilo hubiera cumplido sus 90 años, Torné dice que lo que logró con la página es algo «muy emotivo, ya que tiene muchos fans en el mundo, sobre todo músicos que tienen pasión por el tango, a quienes les fascina su complejidad».

Pero eso no es todo. Además ya está trabajando para el 2014 cuando se cumpla el centenario del nacimiento de Troilo y para la creación de un Museo del Bandoneón, orientado hacia los músicos, que reúna no sólo la historia de los grandes de ese instrumento, sino también la historia del bandoneón y una escuela de luthiers especializados.

Después de recordar que caminar con Pichuco desde Paraguay y Paraná hasta la avenida Corrientes (cinco cuadras) le llevaba una hora («Se paraba a charlar con todos los que se le acercaban»), Francisco sigue sintiendo orgullo por esa figura y deja su frase de despedida: «Es que Troilo es grande más allá de lo que uno haga».

por Eduardo Parise

Multimedia: 

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Aníbal Troilo – www.troilo.com.ar

Fuente: 

Diario Clarín 18/5/2010

Informacion Adicional: 

Quién es Aníbal Troilo:

Aníbal Troilo nacio el 11 de julio de 1914, en la calle Cabrera 2937, entre Anchorena y Laprida, es decir, en pleno barrio del Abasto pero se crió en Palermo. Su padre murió cuando «Pichuco» tenía 8 años y su vocación por el «fueye» despertó cuando todavía cursaba la escuela primaria, años despues comentaría «Mi viejo era carnicero y murió cuando yo tenía ocho años… A los diez, el fueye me atraía tanto como una pelota de fútbol. Jugaba de centrojás en el Regional Palermo. La vieja se hizo rogar un poco, pero al final me dio el gusto y tuve mi primer bandoneón: diez pesos por mes en catorce cuotas. Y desde entonces nunca me separé de él».

Una tardecita de 1928, un gordito retacón, con ojos de japonés, bajó del tranvía 31 y encaró para el lado de la calle Soler, en la frontera sur de Palermo Viejo con el Abasto y Almagro. El pibe venía del Carlos Pellegrini, del colegio. En la esquina, lo pararon los amigos: el jorobadito Goyo, Duve, el flaco Cutaro, Luisito el peluquero… «¡Dogor! –le gritó el jorobadito- ¿te querés ganar unos mangos? Te conseguimos una actuación en el Petit Colón».

El fue al tango, como instrumentista, lo que Carlos Gardel a su interpretación cantada.

Así empezó la historia. El gordito retacón con ojos de japonés tenía 14 años, los pantalones cortos y todo el barrio adentro. Se llamaba Aníbal Carmelo Troilo.

Ejecutante de bandoneón, justamente el instrumento símbolo del género, su apodo familiar de «Pichuco» trascendió a la sociedad y coexistió armoniosamente con el artístico de «El Bandoneón Mayor de Buenos Aires», según lo bautizara el poeta lunfardo Julián Centeya.

Varios factores contribuyeron a hacer de Troilo un mito viviente: su manera de tocar «hacía hablar» al bandoneón en los fraseos, del mismo modo que la trompeta de Louis Armstrong «enseñaba» a cantar jazz a sus contemporáneos. Pero además, Troilo fue un melodista inigualable, cuyo talento para la composición quedó registrado en temas como los que escribió para letras de Homero Manzi («Barrio de tango», «Sur», «Discepolín», «Che Bandoneón»), o de Cátulo Castillo («María», «La última curda») o en su «Responso», a la muerte, justamente, de Homero Manzi, en 1951. Fue un tío llamado Juan Amendolaro quien le impartió las primeras nociones de ejecución de bandoneón. Y ya en 1926, con apenas 12 años, estaba tocando en un festival benéfico del Petit Colón, un cine de su barrio. Nunca más se bajó de las tablas. Por su orquesta pasarían, entre una larga constelación de grandes, un joven bandoneonista marplatense llamado Astor Piazzolla, a quien distinguió prontamente con la confianza que el director dispensa a quien se convierte en su arreglador, y a quien solía hacer una sola recomendación: «La gente tiene que bailar, no perdamos el baile, si perdemos la milonga, sonamos».

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Muchos años después, ese mismo Troilo, ya devenido en «Pichuco», fue a visitar a Enrique Santos Discépolo, que entonces vivía en La Lucila. Se quedó a cenar y cuando la sobremesa se alargaba, Discépolo lo llevó a los fondos de la casa para que viera el jardín que él mismo cuidaba. De repente, le preguntó:

¿Cómo estás?

Bien – le contestó Pichuco.

¿Qué vas a hacer?

No sé.

¿Sabés lo que tenés que hacer?

No.

Nada.

Para Discépolo, Pichuco, ya había hecho todo. Pero, se equivocaba, le quedaba por ejemplo, envolver en melodías los versos de «Discepolín», escritos por Homero Manzi. O los de «A Homero», «Desencuentro» y «La última curda», que hizo Cátulo Castillo. Cuando murió Manzi, una noche lo sintió dentro de él. Estaban jugando al Bacarat en su casa cuando se levantó de la mesa y se fue a otra habitación para componer de un tirón «Responso», una elegía que está entre los tangos más grandes de todas las épocas. Lo grabó y no quiso tocarlo nunca más. Cuando el público lo obligaba, accedía, pero se desgarraba por dentro.

Fue autor de 60 tangos. Todos inolvidables. Sus músicos decían que llevaba al tango en la piel. Tocaba como bailaban los bailarines de antes, resbalando sobre el piso encerado. Eso no se lo enseñó nadie, porque eso no se aprende sino que se trae en el alma. Es necesaria una sensibilidad muy especial y Troilo la tenía, por eso fue lo que fue.

Sus sucesivas formaciones orquestales no sólo incorporaron a cantores insignes -Alberto Marino, Floreal Ruiz, Edmundo Rivero, Roberto Goyeneche, Elba Berón, Nelly Vázquez- sino a instrumentistas prestigiosos, auténticos paradigmas del género: los pianistas Orlando Goñi, José Basso, Carlos Figari y Osvaldo Berlingieri; los bandoneonistas Astor Piazzolla, Ernesto Baffa y Raúl Garello; los violinistas Hugo Baralis, Salvador Farace y Juan Alzina; el cellista José Bragato… Como siempre sucede, los artistas que logran aquerenciarse en el espíritu ciudadano son humildes de alma, desdeñan los oropeles del éxito y disfrutan el regocijo que sólo proporcionan «esas pequeñas cosas».

Remolón, parsimonioso, «fiaca» confeso, Troilo se volvía frenético cuando lo asaltaba la inspiración o cuando sus kilos de más y la jaula sobre sus rodillas conjugaban un solo cuerpo de pasión tanguera.

La gente le tenía cariño, siempre lo reconoció; y él siempre decía: «Los que caminan al bardo, como yo, siempre quieren a los que les hacen bien». Al bardo, para él, era caminar sin ton ni son. Los que lo conocieron muy de cerca afirman que un hijo podría haberle cambiado la vida. Pero, no lo tuvo, siempre se jactó de su amor por la noche. Un día, entró a una Iglesia y discutió con el párroco que pretendió darle un sermón. «El recién tenía treinta años y me quería enseñar a vivir a mí, justo a mí, que me pasé la vida en la calle, a los golpes con la vida, con la gente y conmigo mismo, porque yo siempre fui mi peor enemigo. Pichuco fue el peor enemigo de Aníbal Troilo».

Solía cerrar los ojos cuando tocaba y nunca supo explicar porqué. Si lo apuraban, decía que era porque, posiblemente, se sentía dentro de sí mismo. Era así, parecía que se dormía sobre el fueye. Los aplausos lo despertaban. Entonces, comprendía que todo había sido en vano, que nunca había estado solo.

Víctima de un derrame cerebral y de sucesivos paros cardíacos, Pichuco murió el 19 de mayo de 1975 en el Hospital Italiano, pero aún hoy su recuerdo promueve un reverencial sentimiento de porteñidad.
 

Fuente: www.todo-argentina.net

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