América, sus 200 años de libertad

Este año es especialmente importante para América latina. Cuatro países del continente -la Argentina, Colombia, México y Chile- celebran el bicentenario del inicio de los movimientos independentistas en el hemisferio.

El primero de esos bicentenarios se cumple precisamente hoy, 25 de mayo, en la Argentina. La fecha recuerda el primer gobierno patrio en el Río de la Plata. Estados Unidos felicita a los gobiernos y ciudadanos de esos países y les desea lo mejor en la gran celebración de sus fechas históricas.

Estos bicentenarios y los que seguirán en los próximos años marcan también un hito para nuestro hemisferio y nos mueven a reflexionar sobre el origen y destino de todos nosotros, las naciones del continente americano.

Todos sabemos que la cobertura periodística diaria de las relaciones hemisféricas tiende a concentrarse en los temas conflictivos de la región, que son parte del tapiz de nuestra interacción en las Américas. Pero estamos ante una historia mucho más abarcativa y sumamente positiva. Para valorar su relevancia -tanto en la actualidad como en el futuro- es bueno dar un paso atrás y observarla desde una perspectiva histórica. Lo que se ve, entonces, es una historia admirable de desafíos comunes, superados con mucho sacrificio. Es la historia de un grupo sorprendentemente heterogéneo de sociedades cuyos pueblos están unidos por una gran diversidad de valores compartidos y también es la historia de una comunidad con la capacidad de tener un éxito enorme en el mundo cada vez más competitivo e integrado que habitamos hoy. Esta no es la historia que ocupa los titulares del momento, sino el relato ampliamente compartido de las Américas. Vale la pena retrotraernos a nuestros orígenes para apreciar la importancia de esta historia.

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Estados Unidos y las naciones de América latina fueron fundados con los ideales de la Ilustración europea -libertad individual y gobierno popular-, que sólo arraigaron en Europa mucho tiempo después. Todas nuestras naciones surgieron de revoluciones contra las monarquías europeas, contra la misma idea de monarquía. En cambio, reconocimos, cada uno a nuestro modo, que la soberanía no reside en un rey, sino en el pueblo. Y casi desde el momento en que nacimos como naciones, abrazamos esos ideales políticos en lo que constituye una verdadera creación americana: la constitución escrita. Estamos unidos por lo que el presidente Kennedy denominó en los inicios de la Alianza para el Progreso, hace aproximadamente cincuenta años, «nuestra herencia común: la búsqueda de la dignidad y la libertad del hombre». Gran parte de nuestras historias individuales y colectivas se han visto animadas por esta búsqueda. Nuestro progreso ha sido dispar, y no siempre ha resultado lineal. Pero en estos doscientos años, la meta final ha quedado clara.

La composición de nuestras sociedades también nos separa de otras regiones del mundo. En este hemisferio, conformamos un crisol de razas que en la época de la independencia incluía una enriquecedora amalgama de pueblos originarios, europeos y africanos, y en la actualidad abarca prácticamente todas las razas y etnias del mundo. ¿En qué otro lugar existen presidentes provenientes de orígenes tan diversos como los aborígenes de América o con ancestros de Medio Oriente, Asia oriental, Africa y Europa?

No nos hemos autodefinido en función de lazos sanguíneos y territoriales, sino de ideales democráticos de ciudadanía. Son esos ideales y nuestra rica diversidad los que representan la verdadera singularidad y gloria de las Américas.

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Nada de esto pretende restar importancia a los grandes desafíos que enfrenta cada país en forma individual y en relación con los demás como comunidad de naciones. Nuestro trabajo no estaba terminado cuando fundamos sociedades libres e independientes hace doscientos años, y aún no lo está. Sin embargo, trabajando juntos estamos logrando grandes avances mediante las asociaciones cada vez más numerosas entre los gobiernos, la sociedad civil y el sector privado. Estamos ampliando las oportunidades y los derechos para incluir especialmente a los pueblos originarios y a los ciudadanos de origen africano. También estamos trabajando juntos para proteger el medio ambiente, desarrollar fuentes de energía más limpias y seguras, combatir el delito transnacional y preparar a nuestros jóvenes con educación de calidad. Este es el trabajo que concentra mi atención como secretario de Estado adjunto para Asuntos del Hemisferio Occidental.

Dijo Isaac Newton: «Si he visto más lejos, ha sido porque he subido a hombros de gigantes». Nosotros vemos lejos hoy gracias a gigantes como Bolívar, San Martín, O´Higgins, Hidalgo y Washington. Ellos nos infundieron la esperanza y la confianza para saber que con nuestros esfuerzos podemos hacer un futuro mejor.

Debemos proseguir con la tradición que nos legaron para plasmar la visión expresada por otro gran líder, el presidente Franklin Roosevelt, quien dijo en una conferencia interamericana celebrada en 1936: «Recibimos de nuestros antepasados un gran sueño y lo ofrecemos aquí como una gran realidad unificada». © LA NACION

por Arturo Valenzuela, secretario adjunto de Asuntos del Hemisferio Occidental en el gobierno de EE.UU

 

 

Fuente: 

Diario La Nación 25/5/2010


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