Alcázar de Toledo: «Es triste lo que ocurrió en uno y otro bando»

Federico Fuentes, el último combatiente del Alcázar de Toledo, relata a ABC los sucesos que tuvieron lugar entre el 21 de julio y el 27 de septiembre de 1936.

Federico Fuentes – Foto Diario ABC

Cuando en próximas fechas Sus Majestades los Reyes inauguren el flamante Museo del Ejército, un espectacular y moderno recinto adosado al mítico Alcázar de Toledo, Federico Fuentes Gómez de Salazar, de 92 años, seguramente esté sentado en su sillón de oreja leyendo el ABC o descansado de su paseo matinal junto a su hija Marisol. Este general de Brigada retirado, viudo ya hace muchos años y de exquisita educación, es quizá el único combatiente que queda con vida protagonista de los sucesos que tuvieron lugar entre el 21 de julio y el 27 de septiembre de 1936, esos que fueron bautizados como el “asedio” o la “gesta” del Alcázar, cuando la Historia de España estrenaba uno de sus más tristes episodios, la guerra civil.
Lejos de molestarse porque seguramente no será invitado al acto de inauguración, no oculta la emoción que le produce el hecho: “Estoy encantado porque el museo no podía estar en mejor sitio, y para el Alcázar es un honor por representar al Ejército español”. Federico –“por favor, llámame de tú”, ruega cuando comienza la entrevista¨ _, tenía 17 años cuando los avatares de aquella contienda fraticida le llevaron al Alcázar, donde se presentó voluntario para luchar por su bando, el de su familia, el de varias generaciones de militares, una detrás de otra…, “y yo, claro, quería ser militar, era mi vocación”.
Poco podía imaginar aquel jovenzuelo enjuto, fibroso y con unos ojos azules que atraían las miradas femeninas, que el día que entró en el recinto militar iba a ser el primero de un encierro de 72 días, los mismos que transcurrieron hasta que el bando vencedor liberara la fortaleza y con ella a las cientos de personas entre civiles y militares que resistieron a los casi dos meses y medio de tiroteos, primero, y bombardeos sin tregua después por parte de las tropas del otro bando, “el enemigo”, como en todo momento, en lenguaje castrense, se refiere Federico a los milicianos gubernamentales del Frente Popular.
La conversación
 

Y al mando del Alcázar sitiado, el coronel José Moscardó, “un hombre alto y fuerte, un poco nervioso pero muy decidido”…El despacho de Moscardó – que, como cuenta Federico Fuentes, estaba en el torreón suroeste del Alcázar- no podrá ser visitado por el público cuando se abra el Museo del Ejército, como sí se hacía antes de su cierre por el comienzo de unas obras que han durado años. Esta decisión del Ministerio de Defensa que dirige Carme Chacón, al parecer deriva del argumento de que tanto el despacho como la famosa conversación entre Moscardó y su hijo son falsos históricos, un montaje para turistas que no conviene exhibir en un museo de los ejércitos en el siglo XXI.
¿Y qué opina de esto el general Fuentes? “Que me hace mucha gracia porque yo oí hablar a Moscardó, de modo que puedo dar fe de esa conversación en que el coronel mandó a su hijo a la muerte. “Además, “lo escuchó el telefonista, un muchacho que era soldado, y luego la relató tal y como fue. Yo estaba al lado del despacho con un grupo de gente, un cadete, mi hermano y mis primos, pero sólo oímos hablar a Moscardó…, el hijo estaba en la cárcel”.
Efectivamente, aunque el historiador Paul Preston cuestionó la veracidad de este breve diálogo entre padre e hijo, al otro lado del hilo telefónico, en esa cárcel a la que se refiere el general Fuentes y que estaba en el edificio de la Diputación, Luis Moreno Nieto, ya fallecido, corresponsal de ABC durante 50 años, estaba preso en la celda de al lado de Luis Moscardó. Según contó hace años a este diario, lo vio salir abatido después de la famosa conversación, que luego corroboraron tanto el portero de la Diputación –que estaba en el despacho de Presidencia- como el telefonista.
Triste guerra
El general Fuentes es un hombre elegante y caballeroso. Pulcramente vestido con una rebeca de fina lana y un pañuelo atado al cuello, lleva caladas unas gafas Ray-Ban oscuras tipo aviador y conserva una memoria espléndida. Vive rodeado del cariño de sus nueve hijos, quienes en todo momento están pendientes de él en sus actividades cotidianas. “Es un hombre siempre dispuesto a ayudar a los demás”, subrayan sus hijos. Uno asegura que el general -en aquel verano del 36 donde “lo que se avecinaba se masticaba por la calle, era algo insoportable”-´, entró en el Alcázar a pesar de la oposición de su madre, lo que él puntualiza diciendo que “ella comprendía que era mi deber”. A lo largo de toda la conversación, al general se le humedecen los ojos al hablar de aquellos tristes hechos, “una guerra civil es lo peor que puede existir”.
 

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Mientras se declaraba el estado de guerra en Toledo, Federico entró de los últimos en el baluarte cuando ya casi se adivinaba el silbar de las balas. Fuera dejaba una novia y a gran parte de su familia, residente en el número 5 de la Bajada del Pozo Amargo. El cartel de “Puesto de socorro” que colgó hábilmente en el balcón uno de los vecinos, médico de profesión, los salvó de ser capturados por las tropas republicanas. Federico permaneció 72 días preocupado por su familia, de la que tan sólo le separaban “180 metros contando desde una esquina del Alcázar”.
En campo enemigo
“Los bombardeos venían de dos frentes, y nos tiraban hasta del mismo Zocodover, nos tenían rodeados”,cuenta. La experiencia fue dura y su audacia, patente. Vestido de paisano, con sólo una pistola, era de los pocos que se atrevían a salir a las calles internándose en campo enemigo para volver con algo de comida ante la enorme escasez de los alimentos más báscos. “Organizábamos salidas nocturnas, faltaban muchos víveres; íbamos con mucho cuidado porque al menor ruido comenzaban a disparar”. El hambre llevó a los asediados a comerse algún caballo o algún mulo que eran sacrificados para luego repartirse la carne entre tantos: “estaba riquísimo, pero tocábamos a poco”. Federico fue herido en una ocasión y recuerda con tristeza la muerte de uno de los compañeros que le trasladaba en camilla a los sótanos del Alcázar, donde estaba el botiquín. También él trasladó allí a muchos heridos. “Yo no fui un héroe sino un voluntario que me apuntaba a todo. ¿Valiente? …pues sí, y es que tenía 18 años, lo mejor de mi vida, eso ya lo tengo grabado para los restos. Pero tengo un recuerdo agridulce por haber cumplido con un deber de patriota y triste por lo que ocurrió en uno y otro bando, porque también ellos me daban pena”, dice de nuevo con un atisbo de lágrimas en los ojos.
Cuando el 27 de septiembre las tropas nacionales entraron en el Alcázar, “aquella noche me fumé 18 cigarros de los gordos”. Y es que a los dos días de iniciarse el asedio se agotó el tabaco dentro y Federico y sus amigos se fumaban las hojas secas de los árboles.
Toda una vida
El general Federico Fuentes salió ese día del Alcázar y se hizo militar, luchó con la División Azul y en un momento de su vida profesional ocupó el cargo de director del Museo del Alcázar. Antes de despedirnos, rehúsa posar –humilde- ante el nutrido medallero que cuelga de la pared del salón. Y lee unas palabras de Moscardó impresas en un trofeo: “Cada fortaleza tiene una leyenda y un fantasma. El Alcázar de Toledo, cargado de mitos, cuenta en cada piedra la legendaria Historia de nuestra Infantería”.
Todo apunta a que en el nuevo Museo del Ejército se ha suprimido toda referencia a Moscardó y al puñado de hombres que con él lucharon, en virtud de la Ley de Memoria Histórica. La ministra Chacón ha declarado que el museo será una referencia por el rigor histórico de sus contenidos. La Real Academia de la Historia se apresuró a contestar en un comunicado que sólo ha realizado fichas informativas de las obras sobre Historia Militar que serán expuestas.
El general Federico Fuentes quiere, como el resto de sus compañeros, que le entierren en el Alcázar.

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por María José Muñoz

Fuente: 

Diario ABC 20/6/2010

Informacion Adicional: 

Qué fue el asedio al Alcázar de Toledo:

Franco estaba ocupado con la necesidad de tomar una decision trascendental en cuanto a la ruta que debia seguir el Ejercito de Africa, tras haber conquistado la parte occidental de Andalucia  y Extremadura.

El 21 de septiembre de 1936, sus columnas habian llegado hasta Maqueda, un importante cruce de vias, donde la carretera del sur se dividia para ir hacia el norte, a Madrid o al este, a Toledo. Las columnas podian, pues, dirigirse hacia Madrid o desviarse en direccion a Toledo para socorrer a la guarnicion nacionalista que se encontraba sitiada por las milicias republicanas. Los mil guardias civiles y falangistas encerrados en el Alcazar en los primeros dias del alzamiento habian llevado con ellos como rehenes a numerosas mujeres y niños, familiares de izquierdistas conocidos. Los milicianos habian malgastado enormes cantidades de tiempo, energia y municion en el intento de capturar una fortaleza sin ninguna importancia estrategia. La resistencia de la guarnicion sitiada se habia convertido asi en el gran simbolo del heroismo nacionalista. Por supuesto, la existencia de los rehenes y su posterior desaparicion fueron totalmente olvidadas. A lo largo de la guerra, y mas tarde, durante muchos años, se acepto la historia de su asedio en la version difundida tanto por los simpatizantes españoles como ingleses de la causa nacionalista. Se afirmaba que el 23 de julio, el jefe de las milicias  republicanas encargado del asedio habia llamado por  telefono al coronel Moscardo, comandante de la plaza para decirle que, si no se rendia, su hijo seria ejecutado.

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Se dice que Moscardo le pidio entonces a su hijo que encomendara su alma a Dios y que muriera valerosamente. Y supuestamente, Moscardo oyo por telefono el disparo que acabo con la vida de su hijo. Casi con toda seguridad la historia es apocrifa por varias razones. En realidad, el hijo de Moscardo murio el 23 de agosto, y no por la supuesta amenaza hecha a su padre, ya que fue ejecutado junto a otros presos como represalia por un bombardeo nacionalista. La leyenda propagada por los facciosos presenta una sospechosa semejanza con la leyenda de Guzman el Bueno, que sacrifico valerosamente la vida de su hijo durante el sitio de Tarifa  por los arabes, en el siglo XIII.

En realidad, este hecho le sirvio a Franco para reivindicar su derecho al poder total en la patria: Comandante Supremo del bando nacional en la guerra, Jefe del Estado, y presidente del Gobierno.

El 26 de septiembre las tropas nacionalista entraron en Toledo y pudieron liberar a sus camaradas sitiados. Siguio un baño de sangre para los republicanos. Franco paso asi a simbolizar el esfuerzo belico para los nacionalistas.

Fuente: www.terra.es 

 

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