A cien años de la Gran Guerra

A pesar del tiempo transcurrido, las explicaciones no alcanzan para consensuar una conclusión definitiva sobre las motivaciones de la contienda. Miles de artículos periodísticos y de libros se han publicado con el fin de describir las vicisitudes de lo que se conoce como la Gran Guerra, de 1914. Creemos saberlo todo, o casi todo, de aquella contienda que envolvió a 32 naciones durante cuatro años y tres meses, acabó con la vida de 9 millones de personas, dejó un número mayor de incapacitados e introdujo desde el uso de aviones para reconocimiento de posiciones enemigas, propaganda y combate hasta el empleo masivo de gases tóxicos, tanques y carros de combate.

Eran todas ellas novedades de tal dimensión en el brutal arte de la guerra, que arrancaron en la época una expresión de asombro por lo nunca antes visto: «Tres hombres con una ametralladora pueden acabar con un batallón de héroes». El conocimiento se vuelve harto impreciso, en cambio, cuando se indaga sobre las razones profundas de aquel enfrentamiento, todavía en debate en circunstancias en que Europa se apresta al comienzo de cuatro actos conmemorativos. ¿Por qué la contienda resultó inevitable? ¿Por qué la soberbia armada, por qué la sobrevaloración de las propias capacidades, como habría de ocurrir tantas otras veces en el devenir humano, hizo inevitable esa guerra devastadora, consecuencia de un acontecimiento geopolítico de extraordinarias dimensiones históricas: la desaparición simultánea de cuatro imperios? No alcanza con saber que dos pistoletazos disparados el 28 de junio de 1914, en Sarajevo, por Gravilo Princip, estudiante y nacionalista serbio de 22 años, contra el archiduque Francisco Fernando y su mujer, Sofía, fueron la chispa que incendió a Europa. A fines de julio, el imperio austro-húngaro de los Habsburgo declaraba la guerra a Serbia por el asesinato del heredero al trono, y Francia, Gran Bretaña y Rusia se alineaban en defensa de Serbia, según estaba acordado en su entente cordiale . En el fondo, perdieron como consecuencia del conflicto todos los grandes actores, salvo los Estados Unidos, que entraron en combate a fines de 1917 y emergieron un año más tarde como indiscutida primera potencia mundial. Se había preparado para la acción por lo menos desde 1915, cuando los submarinos alemanes, que hacían estragos en el Mar del Norte y el Atlántico, hundieron el RMS Lusitania, nave británica con más de mil pasajeros, la mayoría norteamericanos. Los cuatro años de guerra borraron cuatro imperios: el alemán, el austro-húngaro, el ruso y el otomano. A su conclusión quedó reconfigurado el mapa de Europa, con el surgimiento de nuevos países, como Checoslovaquia y Yugoslavia; la reaparición, después de más de cien años de ocupación, de Polonia, y el desmembramiento territorial, en favor de países vecinos, del reino autónomo de Hungría. La nueva cartografía de Europa respondía a uno de los famosos «Catorce puntos» presentados por el presidente Woodrow Wilson a sus aliados de Gran Bretaña, Francia e Italia, que se había incorporado a la contienda en 1915. La paz, decía Wilson, debía fundarse en la autodeterminación de las poblaciones étnicas de Europa. Las buenas intenciones del mandatario norteamericano, consagradas en 1919 en el Tratado de Versalles, fueron puestas a prueba, y no siempre con lucimiento, en décadas posteriores. Así lo certificarían, no sólo la guerra mundial de 1939-1945, que no pudo impedirse y no debió impedirse, frente a Hitler, sino conflagraciones más recientes, como la de los Balcanes, en los años noventa. Se modificaron muchas fronteras: Alemania perdió Alsacia-Lorena, que había arrebatado a los franceses en 1870; Posnan, parte de Prusia y la Alta Silesia, que fueron para Polonia, y se convirtió al Danzig en un corredor con carácter de ciudad libre. Además, territorios alemanes de ultramar quedaron como mandatos bajo administración de la Liga de las Naciones, de reciente constitución, y otro tanto ocurrió a Turquía -aliada, al igual que Bulgaria, de Berlín y de Viena con los territorios que ésta dominaba en el Cercano Oriente. La influencia real en esas zonas pasó a británicos y franceses. Unos asumieron la condición de víctimas, otros padecieron desconsuelo por expectativas frustradas. La Italia que combatió a fin de arreglar cuentas pendientes con los Habsburgo se notificó un día de que los aliados no respaldaban la totalidad de sus reclamos soberanos. Mussolini sacó con presteza partido del sentimiento nacional herido de los italianos. Basta leer su autobiografía, publicada en 1927, con prólogo del embajador de los Estados Unidos en Roma, para comprender de qué manera las derivaciones finales de la guerra influyeron en el surgimiento del fascismo. Y eso, a pesar de que Italia había logrado el Tirol del Sur, Trieste, Trento e Istria. Hay razones para dudar del equilibrio emocional que asistía al káiser Guillermo II, una de cuyas excentricidades fue autorizar durante la guerra al secretario de Asuntos Exteriores, Arthur Zimmermann, a dirigir un telegrama al presidente mexicano Venustiano Carranza. Lo invitaba a recuperar, con aval alemán, los territorios que le habían arrebatado a México los Estados Unidos. Guillermo II urgió a Alemania a obstinarse en que la marina de guerra se equiparara en fuerzas con la gran señora de los mares, la armada británica. Historiadores modernos interpretan que tal empeño se pareció al de la alocada decisión soviética, más de medio siglo después, de no rezagarse en la carrera militar en relación con los norteamericanos, hasta que la Guerra de las Galaxias colocó a la URSS en situación de bajar los brazos, ya en todos los terrenos de la conducción hegemónica del comunismo ruso, hasta la implosión en 1989/90 del imperio que había sucedido en 1918 al de los zares. La de 1914 fue una guerra de trincheras y fortificaciones, que estuvieron por años casi estabilizadas en una línea de 750 kilómetros de extensión, desde el Mar del Norte hasta Suiza. Es de destacar que todavía hoy trabajan patrullas para rescatar, con riesgo de vida, los elementos inmisericordes utilizados por unos y por otros en ese campo en que afloró, en escala desmesurada, lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Es testimonio de las heridas que la guerra dejó en Francia, el país con más bajas totales, algo así como el 16 por ciento de sus tropas movilizadas. Fue sobre todo por la voz del premier radical socialista, Georges Clemenceau, el más enérgico en la rendición de cuentas a los vencidos, que se impuso a Alemania el castigo «por responsabilidad absoluta» de la guerra. Las reparaciones se terminaron de pagar hace pocos años, pero su exigencia reavivó en lo inmediato el ardor nacionalista en Alemania, hundió a la joven República de Weimar en el caos y la hiperinflación y contribuyó al ascenso del nazismo al poder. Los imperios suelen estar ansiosos por nuevos espacios. Pero la evaluación de ese tipo de razones y de otras más, algunas insertas en la caldera de odios, recelos y amores entre los pueblos, no alcanza para consensuar, aun hoy, una conclusión definitiva sobre las motivaciones de lo sucedido. Tanto la revolución rusa de 1917, que abandonó la guerra antes de que hubiera terminado, como el nazismo se gestaron como derivaciones de la larga contienda. He ahí en acción a Lenin, primero, y después a Stalin y Hitler, y, al observárselos, ¿puede negarse, acaso, que la psicología de los líderes no constituye por sí misma un elemento de considerable gravitación en los acontecimientos históricos? Los horrores de 1914-1918 fueron tantos que abrieron paso a un lento y complejo proceso de afirmación de normas destinadas a poner límites a la guerra. Con lo que no se ha podido de igual forma ha sido con la lógica del concepto de que la guerra es, por definición, un juego destinado a la aniquilación de la fuerza y los medios del enemigo. Nadie lo advirtió con mayor ironía que Bertha von Sutter, escritora austríaca y primera mujer en obtener el Premio Nobel de la Paz. Desaparecida en 1914, semanas antes del estallido bélico, Bertha von Sutter dijo en palabras recuperadas para estas conmemoraciones: «Humanizar la guerra es como meter a alguien en aceite hirviendo y bajar la temperatura un par de grados». No importa. El esfuerzo por bajar los decibeles constituirá siempre un imperativo moral, aun sabiéndose que la paz ha de ser en todo momento el objetivo supremo por defender. Fuente: 

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Diario La Nación 26/1/2014

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