A 29 años, la misma emoción en la sala del juicio a las Juntas Militares

Desde ayer, el Poder Judicial tiene una sala de audiencias destinada a “expandir los derechos humanos” no sólo en lo que hace a los delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, sino también para proteger “los derechos económicos, sociales y también los ambientales”, según anunció el titular de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti. “Esperamos –dijo- que se expandan los derechos de los ciudadanos argentinos y se sientan protegidos aquellos que no tienen protección” El acto que presidió ayer Lorenzetti, junto a sus pares Elena Highton de Nolasco y a Juan Carlos Maqueda, excedió el ambiente formal de los actos judiciales. Estuvo cargado de emoción porque sirvió para dejar inaugurado el “Salón de Derechos Humanos”, en la misma Sala de Audiencias del Palacio de Tribunales en la que, hace veintinueve años, se juzgó a las tres primeras juntas del “Proceso de Reorganización Nacional”, aquella vieja sala donde se pusieron de pie ante sus jueces los militares que durante casi ocho años fueron dueños de la suma ilimitada del poder en la Argentina.

Entre funcionarios nacionales, entre ellos el ministro de Justicia, Julio Alak, la procuradora general, Alejandra Gils Carbó; entre funcionarios del Poder Judicial entre ellos los jueces federales Ariel Lijo, Rodolfo Canicoba Corral, Daniel Rafecas y Sergio Torres, también escucharon al titular de la Corte las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Abuelas de Plaza de Mayo representada por su titular Estela Carlotto, Mario Sábato en memoria de su padre, Ernesto, que encaró la desoladora tarea de recoger los testimonios del horror en la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) que presidió a lo largo de 1984. También estaban Graciela Fernández Meijide secretaria de la Comisión y Magdalena Ruiz Guiñazú, uno de sus miembros. Lorenzetti hizo, según sus palabras, “una breve reseña de una larga lucha”. Destacó el coraje del ex presidente Raúl Alfonsín de enjuiciar a las juntas, lo escuchaba su hijo, el diputado Ricardo Alfonsín, y de imponer la ley en una época particular de la historia contemporánea argentina: “Aquí se dictó una sentencia ejemplar y se aplicó la ley en un momento en que era muy difícil aplicar la ley: las presiones eran tremendas”. También destacó la “etapa de los últimos diez años” que fijó “una política de Estado en la que confluyeron los tres poderes (…) que avanzaron en la impugnación de las leyes de amnistía, dictaron la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad y la inconstitucionalidad de los indultos”, dictados en 1990 por el entonces presidente Carlos Menem. “Los juicios de lesa humanidad –sintetizó Lorenzetti– forman parte del contrato social de los argentinos ”. Después del corte de cintas, se abrieron las puertas de la vieja Sala de Audiencias. De los seis jueces que juzgaron a los ex comandantes, entraron cuatro: Ricardo Gil Lavedra, Jorge Torlasco, Jorge Valerga Aráoz y Guillermo Ledesma. En nombre de Andrés D’Alesio, que murió en 2009, lo hizo su mujer, Ana Fernández; ausente León Arslanián. A los jueces le siguieron los entonces fiscales, Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo y varios de los periodistas que cubrieron el juicio: Ruiz Guiñazú, Horacio Verbitsky, Sergio Ciancaglini, David Cox en representación de su padre, Robert Cox, Jorge Fontevecchia, Eduardo Anguita, María Seoane y Daniel Hadad. Aquel instante de la flamante democracia argentina, valiente en pañales, todavía convoca a quienes fueron testigos independientes, no neutrales, del funcionamiento aceitado de uno de los poderes del Estado. Hasta se vislumbran aún algunos reflejos de entonces, algunos ecos tenues de los testimonios, de los insólitos alegatos de las defensas, de la sólida acusación fiscal, del “Señores jueces, nunca más” con el que Strassera cerró su alegato. Por un instante, la renovada sala del juicio a los ex comandantes, lustrada y embellecida para la ocasión (“Está muy linda”, decían las Madres como si se tratara de sus casas), volvió a tener el peso vivo de un pedazo de la historia argentina sobre el que se asienta ahora el Salón de Derechos Humanos. Un escenario ideal en el que aún se lee, en uno de los vitraux de inicios del siglo pasado, una frase símbolo: “Afianzar la Justicia”. Fuente: 

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Diario Clarín 6/6/2014

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