18 de Julio, 1936 ¿Qué me pasó aquel día?

18 de julio, 1936. ¿Qué me pasó aquel día?Hacía calor. El Eden Cinema de Barcelona proyectaba «Hombres en blanco», de Clark Gable y Myrna Loy. La prensa traía las últimas noticias del atentado frustrado contra el rey de Inglaterra y las páginas deportivas destacaban la «brillante actuación de los españoles» en la trigésima «Vuelta a Francia».

        

Fernando Esquivias, de 94 años, con bigote fino y recortado sobre el labio, tenía entonces 18 y presumía de figura espigada. Estudiaba para ingeniero agrónomo y seis días antes había abandonado la capital, que ya se desenvolvía entre lemas políticos y paseíllos de desquite y venganza. «Llegué a Sevilla el día 12 apremiado por la muerte de Calvo Sotelo. La situación en Madrid ya era terrible. Recuerdo haber visto a los socialistas desfilar por las calles con fusiles de madera. Se veía que iba a suceder algo. Recuerdo que aquel tren al que subí estaba repleto de banderas rojas y que la gente no cesaba de gritar “UHP”».

–«¿Qué es UHP?»
–«(Encoge los hombros. Vacila. Dice algo. Calla). Ya ni me acuerdo».
Fernando Esquivias no era requeté. Tampoco falangista. Pero «menos de izquierdas». Su única idelogía era la juventud, el pupitre, los libros de texto y ese veraneo en Punta Umbría que nunca llegó a disfrutar. El 18 de julio de 1936 era sábado. La temperatura máxima se alcanzó en Córdoda (39º) y la mínima en León (10º). Y la cotidianeidad se desenvolvía entre augurios y profecías que aventuraban un horizonte conflictivo. Europa discutía «el conflicto entre Dantzig y la Sociedad de Naciones», se hablaba de «violación del Tratado de Versalles», se recomendaban los «Bombones Ornosa» como remedio para la tos y la ronquera, y se anunciaban en los periódicos la sal de frutas Eno para paliar la sed.
Un mecano como juguete
«Los milicianos subían hacia un cuartel con pañuelos rojos y negros en el cuello porque eran de la CNT y la FAI. No se veían gentes del Partido Comunista. Comenzaron a pegar tiros. Dos aviones se encontraron en el aire». Carlos Serra tenía siete años. Los había cumplido tres días antes y entre las evocaciones que le han quedado de esa jornada nefasta sobrevive la imagen del mecano que le regalaron sus padres. «Con él se podían hacer grúas, barcos… Se deshacía y volvías a construir. La dificultad estaba numerada del uno al siete». Juanita no quiere decir su apellido. Era pequeña al comienzo de la Guerra Civil. Ahora es demasiado mayor para hablar de aquello sin acordarse de algunas sombras. La experiencia de ese trienio, que adjetiva, sin pudor, de hambre y de miseria, la han vuelto precavida. Quizá, más tímida de lo habitual.

–«¿Y para qué dice que es?»
–«Para un reportaje. Nos gustaría saber cómo fue esa última jornada en que la historia todavía convivió durante unas horas con las rutinas de siempre».
Después de convencerla, Juanita revela su apellido.

–«¿Pero no lo irá a usar?»
–«¿Ni siquiera la inicial?»
–«La inicial, sí».
Juanita R. tenía cinco años y cinco hermanos. Sus padres llevaban una vaquería y una lechería en Carabanchel bajo. «Estaba muy asustada. Nos despertaron muy temprano. Fuimos evacuados, como muchos habitantes de pueblos, como el de Fuenlabrada. Veníamos por el camino de San Isidro. En una de las cunetas había seis muertos. Aunque una sea muy pequeña, una aprende que los muertos nunca se olvidan».
En un diario se publicaba la esquela de don Fernando Álvarez Cabeza, fallecido a los 76 años, y se publicitaba «Quintonine», bebida de quintaesencias que «da buen semblante» y ayudaba a recuperar el apetito se pierde durante el estío.
José Beltrán vivía en Baeza, había alcanzado los once en febrero del 36, pero aquella alborada todavía sobrevive en su mirada. «Estábamos acostados cuando oímos el jaleo. Había mucho revuelo, la gente se había echado a la calle con banderas, hoces en la mano, martillos y el puño en alto. Daban gritos: “UHP, no se paga el alquiler”». Todos querían vituallas y aprovisionamientos de última hora. «La gente casi acaba con las existencias. Mi madre compró garbanzos, tomate y otras conservas. Me dijo: “Si hay guerra, por lo menos tenemos comida para unos cuantos días”».
A pesar de todo, José tenía que seguir con su trabajo: «Llevé un encargo a casa de un teniente coronel retirado y había allí unos milicianos. Me dio miedo y salí corriendo, pero el miliciano me dijo: ‘‘No te asustes nene, que no te vamos a hacer nada” y a los pocos días fusilaron al militar». Sus recuerdos son trágicos. Su maestro fue apaleado ese día y nunca más volvió a la escuela. Pero no fue lo peor: «Nos enteramos de lo que le ocurrió a un tío mío en Rus, el pueblo de mis padres. Se había presentado para ser alcalde por la derecha y además era empresario del carbón. Tenía trabajadores a su cargo. Lo sacaron con otros 14 o 15 a un kilómetro del pueblo, los rociaron con dos garrafas de gasolina y les prendieron fuego. El olor a carne quemada era tan grande que llegaba a las casas. Mi tía estuvo comentando: “Qué olor a carne quemada. ¿Qué será eso?”. Lo que no sabía era que ese olor era el de su marido que estaba ardiendo vivo junto a otros».

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Tranquilidad y tiros
En otra ciudad de Andalucía, los soldados tomaban las esquinas, disparaban a los enemigos atrincherados, la guerra de propaganda comenzaba con mentiras en la radio y los habitantes asistían perplejos al desmoronamiento del orden. «Estaba en mi casa, en el barrio de San Lorenzo de Sevilla, cerca de la capitanía general. Serían las tres de la tarde cuando escuchamos tiros. Cerramos las puertas. Acudió gente armada. Llegaban hasta una manzana próxima al Gran Poder. Me tiré en el balcón y los veía apuntar. El peor momento fue cuando llegó una tanqueta de la Guardia de Asalto y alguien empezó a organizar aquello como si fuera un combate. Así pasé toda la tarde».

–«¿Y qué hizo esa mañana?»
Fernando Esquivias había salido por Sevilla. A pasear. La costumbre. Había regresado a su casa al mediodía, cuando el resol estucaba ya las casas blancas, para comer con sus padres. Ninguna señal, percance o anécdota le delató qué le aguardaba ese día: el inicio de una contienda bélica que, ni siquiera los generales del alzamiento, pensaban que duraría tres años. «¡Impensable! Nadie sabía en lo que se iba a convertir. Pero tampoco que terminaría como teniente».
Gervasio Puerta, a sus 93 años, recuerda con orgullo su biografía dolorosa de exilios, cárceles y luchas fracasadas. Madrid era un lugar sorprendente para un quinceañero que provenía de Milagros, Burgos, y se ganaba el sueldo tras el mostrador de una tienda. Jamás imaginó qué vería allí cuando se mudó en abril de 1936. Y menos que conservaría la vida y el resuello necesarios para relatar después tantas dificultades y reveses inesperados. «El sábado fue un día normal. Mi tío me envió a por un periódico. Yo no sabía lo que pasaba, pero al ver los titulares me enteré. Yo tenía dos primos con los que jugaba en Carabanchel. Nunca me alejaba mucho de casa, porque apenas conocía Madrid. Llegaba de un pueblo políticamente atrasado, con ciertas ideas, pero sin ninguna conciencia de clase, me intimidaba. Lo que no sabía es que ese día iba a cambiar mi vida, mi futuro».

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«Coge una pistola»
Las cabeceras anunciaban el santoral del 19 de julio. También el solemne triduo a Santa María Magdalena, en la iglesia de mismo nombre de la calle Hortaleza de Madrid, y una peregrinación a Lourdes, por Zaragoza, entre el 8 y el 18 de agosto, que, no cuesta imaginar, las circunstancias suspenderían. José María Gárate Córdoba está cansado de recordar ese momento, que le sorprendió en Burgos. Te remite a un libro que escribió hace un tiempo: «Mil días de fuego». Después de insistir y de varios ruegos, de llamarle una y otra vez, acepta volver al camino amargo que conduce a ese rincón de la memoria donde ha almacenado una experiencia que, a diferencia de otros, empezó el viernes por la noche, después de la proyección de «Los últimas días de Pompeya». A la salida se encontró con Ruiz Valderrama, amigo que le avisó de que las rutinas se habían interrumpido: «Si vas al centro de los Albiñaristas te doy un vale para una pistola». José María no dijo nada a sus hermanas. Se fue a la cama hasta que las cornetas de una banda de música despertaron a la ciudad y todos marcharon hacia la catedral: «La abrimos y cantamos la Salve, pero no en latín, sino en castellano. Después estuvimos dando vueltas por la calle, con unos amigos, y ahí me crucé con mi padre». Señala, también, que había una huelga de obreros para la mañana siguiente. «No se llevó a cabo». Y apunta: «Burgos se había levantado». La normalidad se había terminado para todos.
Carlos Serra recuerda una hora: la una y media de la tarde. Un médico, amigo de su padre, entró en su domicilio. «Era masón y venía para avisarnos de que los militares se habían levantado en África. Quería salir corriendo. Y lo hizo. Estaba convencido de que iban contra los masones. Nos dejó las llaves de casa, que estaba en Alfonso XII, para que se la cuidáramos, pero cuando terminó, no vino del miedo que tenía».
 Juanita R. aún guarda la imagen del Puente de Toledo. «Parecían los san fermines. Estaba lleno de gente y nosotros íbamos con las vacas hacia Juan Bravo», recuerda.

Un día de calor en España
Según «La Vanguardia» de aquel 18 de julio que marcó la historia de España, iba a ser un día de nubes por el norte y por la mañana; pero con mucho calor con el sur y por la tarde en toda la península, como ocurre todos los veranos en España, que hay cosas que no cambian con el paso de los años. El diario anunciaba que se esperaba un día con vientos moderados y mar en calma, para que disfrutasen los turistas. En realidad era de lo poco que iba a estar tranquilo en España a partir de ese momento. Seguirían tres años de poca calma y muchos disparos.
Según el periódico, en el cupón del ciego había sido premiado con 25 pesetas el 536 y luego con sólo tres pesetas nueve números más. «La Vanguardia», por cierto, costaba quince céntimos y una suscripción mensual: 3,50 pesetas.

Y añade: «Las guardamos en un lugar y después nos metimos en un garaje. Allí pasamos la guerra. Había una fragua donde cocinábamos. Recuerdo que muy cerca había trincheras con sacos terreros y reflectores antiaéreos, y que ese día mis padres lo pasaron muy mal. Lo iban a perder todo».
A Lourdes no le cuesta contar las impresiones que le dejó el 18 de julio de 1936. Era una niña extrañada por el ruido de aquella España que se levantaba en armas. Pero no le preocupaba el bullicio, los gritos, los eslóganes y lemas proclamados entre fusiles y disparos. Tampoco considera que sus vivencias tengan nada excepcional. Salvo una imagen, que ya perdura 75 años y que se mantiene imborrable, sin que ella comprenda el motivo: «Veraneaba con mis tíos en Deva. A pesar de que el ambiente era tenso, fuimos a veranear allí. Ese día jugábamos en la calle. La carretera pasaba por el centro del pueblo. Nos solíamos poner cerca de la estación y de la biblioteca pública. De repente pasaron varios coches negros, con cosas rojas en las ventanillas. Iban a toda velocidad. Nos asustamos mucho. A partir de ese instante, en el pueblo sólo se habló de eso. Estaba claro que tenía que ver con lo que sucedía en otras partes, pero nunca supimos quiénes eran ni tampoco hacia dónde iban».

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La bici de Antonino
Las noticias estaban marcadas por la cuestión agraria, por el debate político, pero, sin embargo, el futuro estaba allí, en titulares pequeños. Un hombre en Barcelona es detenido por tener un fusil en su casa y unos jóvenes derechistas son arrestados en Madrid. La tragedia se mascaba entre breves de sucesos. Antonino, el hijo del «Aguao», llevaba mucho pidiendo una bicicleta a su padre. Ahora vive entre toses, y bien cuidado, en la residencia Adavir de San Agustín de Guadalix. No ha olvidado la bici. Su padre se la negaba, por eso él quería convertire en repartidor de correo de su aldea, Milagros. Un repartidor de correo, todo el mundo lo sabe, necesita una bici, y su padre, por ese motivo, no podía negarse. Por fin, consigue que le nombren y ese sábado al alba van a Aranda y hacen la compra. Antonino ya se ve en sillín, perdiendo la voz y hasta el habla por el pedaleo. Su ilusión de niño va a hacerse realidad. Está dispuesto a regresar a su casa en bici, cuando el padre, sin intercambiar una palabra con él, la coge y la sube en el coche: la carretera principal está llena de militares. La guerra había empezado. Ese año, las bicicletas no eran para el verano.

Han pasado más de siete décadas, pero Fernando Esquivias conserva el porte militar, las hechuras del mando que le dieron las trincheras y las batallas. Detrás, en las baldas de una librería sin huecos, se distinguen fotografías, adornos, objetos, novelas, volúmenes de historia. Con una mano bajo la barbilla, alarga un dedo y pide silencio. Una pausa. «Le voy a referir una anécdota –comenta con voz apagada–. El anuncio del final de la guerra me sorprendió en Pozoblanco. Nos miramos entre nosotros. Después de todo lo que habíamos vivido, lo primero que nos preguntamos fue: ‘‘¿Y ahora qué hacemos?’’. Los chicos que tres años antes éramos estudiantes nos habíamos convertido en oficiales. Habíamos abandonado las carreras. Éramos militares. La guerra me había cambiado la vida. Se la había cambiado a toda la juventud».

por J. Ors / J. Aguado / J. Beltrán
 

Fuente: 

Diario La Razón 17/7/2011

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