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EL EJERCITO DE LAS SOMBRAS

Una serie de TV y un libro reviven la Resistencia Francesa

Junio 1940: un mes aciago para Francia. El mariscal Pétain, héroe de la 1ª Guerra Mundial, capitulaba ante Berlín y la mitad del país, París incluida, era ocupada por el ejército alemán, y desde Londres De Gaulle llamaba a resistir…

Los tiempos extraordinarios hacen surgir cualidades extraordinarias en gente común. Esa es tal vez la esencia de Un pueblo francés, una extraordinaria serie sobre la Resistencia Francesa. Y de un libro, Combatientes en la sombra (Taurus, 2017).
 
Empecemos por la serie. Con un éxito de audiencia sostenido desde su lanzamiento, en junio de 2009, finalizada la 6ª temporada, los realizadores decidieron, en respuesta al clamor del público, lanzar una 7ª y en principio última, de la cual todavía falta estrenar la segunda parte. El público hispanoparlante la pudo ver en el canal Europa Europa o en TV5.
 
Se trata de una detallada reconstrucción de la vida en un pueblo francés imaginario (Villeneuve), ubicado en la región de Franche-Comté (Jura), muy cerca de la línea de demarcación que dividía la Francia ocupada de la Francia "libre", la del gobierno colaboracionista de Vichy (la ciudad donde fijó su capital), y no muy lejos de Suiza.
 
El gran mérito de esta serie es su fidelidad a la historia y su realismo. La serie contó con el asesoramiento del historiador Jean-Pierre Azéma. Hay buenos y malos, por supuesto, pero no hay héroes puros ni completos villanos. La mayoría de los personajes van definiendo sus conductas, y no siempre en la misma línea, al filo de los acontecimientos. La crisis y las situaciones límite revelan miserias y grandezas de la naturaleza humana.
 
El muy joven e inexperto jefe del maquis (guerrilla) regional, por ejemplo, se ve empujado a esa posición que nunca imaginó en buena medida como fruto del azar: se hace desertor para no ser enviado a trabajar a fábricas en Alemania y se refugia en los bosques cercanos, donde se encuentra con otros en su misma condición -los "insumisos", se los llamaba. Muchos de ellos fueron los primeros reclutas de ese ejército informal que se fue agrupando en los bosques y montañas de Francia, buscando sitios lo más inexpugnables posibles, y que encontró en veteranos de la Guerra Civil española a sus primeros oficiales, mientras iba librando un combate de guerrilla: sabotajes, ataques esporádicos, robo de armas.
 
Otros, con responsabilidades de gobierno o profesionales, como el prefecto o el médico del pueblo, se ven ante la disyuntiva de renunciar y partir -algo que no siempre era posible- o bien acomodarse a la nueva situación y aceptar diferentes grados de colaboración. Algunos cooperan con los alemanes con entusiasmo; otros, pensando que es una situación temporal y que en cualquier momento Pétain cambiará de posición y convocará a retomar la guerra; otros más, buscando hacer de amortiguadores entre la mano dura alemana y los vecinos del lugar. Es el caso de uno de los personajes centrales, el médico del pueblo, Daniel Larcher, que ante la emergencia asume la intendencia de Villeneuve. Es un personaje contradictorio, no lo suficientemente radical como para tomar el camino de la resistencia abierta -como su hermano, Marcel, un comunista convencido-, pero lo suficientemente humano como para intentar ayudar en la medida de sus posibilidades a todo el mundo. Una bondad algo ingenua que no siempre será comprendida o recompensada.
 
El guión es realista al punto de la crueldad: no siempre se hará justicia, no todos recibirán el castigo o la recompensa que merecen y muchas veces saldrán demasiado bien parados los arteros y oportunistas. Màs parecido a la vida que a la ficción.
 
Todas las situaciones vividas en esos años están presentes en la serie en un trabajo de síntesis y abarcativo a la vez realmente admirable: el colaboracionismo, la resistencia armada, el acomodamiento a las circunstancias, la supervivencia, el mercado negro, la delación, la traición, el heroísmo y el sacrificio, las diferencias políticas entre los distintos sectores de la Resistencia -un amplio abanico que va de los monárquicos a los comunistas-, los contactos -esporádicos- con Londres, el choque de intereses con los aliados -los resistentes esperan que sus ciudades sean inmediatamente liberadas; las tropas americanas siguen su plan de batalla que no siempre coincide con las prioridades locales-, los amores prohibidos, particularmente entre francesas y alemanes, la progresión en el ataque a los judíos -de la estigmatización y la "arianización" de las empresas a la deportación lisa y llana sin contemplación de edad ni condición-. Y, como la serie se prolongó, abarca también la primera etapa post-liberación: juicios y castigos -no siempre en línea con la verdadera justicia-, resistentes de última hora y combatientes cuyos méritos no son reconocidos en su justa medida, internas entre los sectores resistentes sobre cómo organizar el nuevo gobierno, el modo en que, sin el menor escrúpulo, muchos oficiales alemanes fueron reciclados por los propios aliados, etcétera.
 
En palabras de Robert Gildea, autor de Combatientes en las sombras (Taurus, 2017), "la alegría por la liberación fue sólo una de las emociones que iba a expresar el pueblo francés: [además y a menudo] hubo dolor, sufrimiento y pérdida". Y ejemplifica: "Muchos resistentes de origen extranjero regresaron a partes de Europa liberadas del nazismo pero que pronto cayeron en garras del estalinismo o navegaron hasta Palestina a despecho de los enérgicos esfuerzos de los británicos para impedírselo. Finalmente, quienes volvieron de los campos descubrieron con harta frecuencia que sus familias estaban deshechas, que los traidores seguían en libertad y que los oportunistas habían acaparado para sí poder e influencia".
 
Bastante mal parado queda en la serie el Partido Comunista (no es inmerecido, desde ya, pero tal vez se deba a que su guionista es Frédéric Krivine, hijo de un conocido dirigente trotskista); un partido dividido entre el deber y el patriotismo por un lado y, por el otro, las directivas cambiantes de Moscú a las que su dirección obedecía ciegamente. El guión reconoce y destaca el valor de los militantes comunistas de base quienes, de hecho, tuvieron un gran protagonismo en el terreno, pero los burócratas del partido son tratados con poca consideración por su obediencia servil a los intereses de Stalin: tras la firma del pacto germano-soviético, el "enemigo" deja de ser Alemania y pasa a ser Vichy y las autoridades francesas en general; pero cuando se produce la invasión nazi a la Unión Soviética, se pasa al extremo de ordenar la ejecución de cuanto oficial alemán se les cruce en el camino, sin consideración por los riesgos ni por las consecuencias.
 
Precisamente, aparece muy bien reflejada en la serie la contradicción que viven los militantes entre la voluntad de pelear y las represalias que sus acciones desatan sobre sus camaradas detenidos o sobre la población civil en general. Un dilema constante y de difícil solución.
 
En términos generales, Un pueblo francés sale muy bien parada de la confrontación con el relato histórico. Así resulta, justamente, de la lectura de Combatientes en la sombra, el detalladísimo trabajo de Robert Gildea, profesor de Historia Moderna en Oxford y autor de varios libros sobre Francia. El subtítulo –Historia definitiva de la resistencia francesa– es algo pretencioso, pero el trabajo es realmente exhaustivo y tiene el mérito de destacar, como el guión de la serie, algunos aspectos algo opacados por los relatos de la posguerra: uno es el papel bastante activo de las mujeres -esencialmente en tareas de apoyo, pero no por ello menores: correo, cobertura, propaganda, inteligencia y, algo en lo que fueron esenciales, la asistencia a los perseguidos; pero también directamente en la lucha armada. El otro es el rol de los judíos en la Resistencia. "El relato de los judíos como héroes no tardó en ser eclipsado por el de los judíos como víctimas del Holocausto, que acabó ocupando el lugar central en la representación de la Segunda Guerra Mundial", escribe Gildea. Un relato que, en su opinión, "ejerció un impacto negativo sobre la reputación de la resistencia no comunista". Gildea le pone fecha a esa reinterpretación. Fue, en 1987, a partir del juicio contra Klaus Barbie, jefe de la Gestapo en Lyon durante la guerra y señalado en particular como verdugo de Jean Moulin, el enlace de De Gaulle con los grupos en el terreno. Debido a ese hecho, sumado al activismo de Serge Klarsfeld, presidente de la Asociación Hijos e Hijas de Deportados judíos, el acento empezó a ser "colocado ahora en la resistencia a la ideología y las prácticas nazis antes que en la resistencia patriótica al poder alemán", dice Gildea.
 
"Hombres y mujeres judíos -escribe- desempeñaron un papel importante en la Resistencia francesa, luchando contra Alemania, pero también librando 'otra guerra dentro de la guerra' contra los alemanes y contra Vichy para evitar su exterminio".
 
En ese sentido, tanto el libro de Gildea como la serie francesa hacen justicia con el papel que muchos judíos jugaron en la Resistencia, incluso en puestos de conducción. En el caso del Combatientes en las sombras, también hay mucho espacio para la descripción del aporte de los exiliados de otros países que habían buscado refugio en Francia en los años previos al estallido de la guerra, en especial los republicanos españoles, pero también los muchos militantes de izquierda que huían de la persecución en Europa del Este o de la Italia de Mussolini, aliada a Alemania.
 
Además, hay todo un capítulo dedicado al rol esencial de las iglesias -católica, protestante y, mientras fue posible, judía-, especialmente en la acogida a los refugiados y en tratar de salvar a los judíos de la deportación y el exterminio.
 
Según Simone Weil, dice Gildea, de los trescientos treinta mil judíos que había en Francia durante la guerra, tres cuartas partes, es decir, doscientos cincuenta mil, sobrevivieron al Holocausto. Para el historiador Jacques Sémelin, ello se debió "a los pequeños gestos de generosidad de la población francesa, que les proporcionó alimentos, escondites y ayuda para escapar".
 
Para los que se hayan hecho fans de la serie, la sorpresa agradable que trae el libro de Gildea es que algunos de los episodios más destacados o emotivos de Un pueblo francés están inspirados en hechos reales. Es el caso de la rebelión de Marcel Larcher contra las directivas de su partido de no atacar a los alemanes por respeto al pacto nazi-soviético, y que, con ayuda de una empleada de correos, esconde volantes anti-alemanes en los diarios antes de su distribución en todo el pueblo. O, más impactante aún, el momento en que un grupo de maquis desciende de las montañas y protagoniza un desfile por las calles de Villeneuve hasta la plaza principal para depositar una ofrenda floral en el monumento a los caídos de la Primera Guerra Mundial.
 
En la realidad, sucedió el 11 de noviembre del 43, en Oyonnax, un pueblito al este de Francia, en las estribaciones de los Alpes, zona célebre por el gran desarrollo de sus maquis, cuando unos 200 resistentes desfilaron en plena ocupación. "Quienes aspiraban a ser los héroes de la Segunda Guerra Mundial rindieron homenaje a los héroes de la Primera. [Era] la representación de la liberación de una ciudad francesa, destinada a contrarrestar la imagen de los maquisards como forajidos y escenificar su aptitud para recibir armas", dice Gildea.
 
Romans Petit, uno de los protagonistas, recordaba luego "el aspecto magnífico de nuestros jóvenes, la guardia de honor con sus guantes blancos daba fe del hecho de que no éramos saqueadores sino soldados. Toda la prensa clandestina habló de ello y recibimos muchas felicitaciones. La prensa británica, estadounidense y canadiense le dedicó largas columnas y publicó fotografías del desfile".
 
Por la repercusión que tuvo, este hecho forzó el reconocimiento de la Resistencia francesa por parte de los Aliados. Informado del desfile, Winston Churchill, decidió enviarles el armamento que hasta entonces les era negado.
 
Robert Gildea, sin embargo, no puede evitar el lugar común de minimizar el rol de Charles De Gaulle, por el hecho de que su llamado solitario del 18 de junio -un día después del armisticio- no fue masivamente escuchado en Francia y porque el gaullismo no hegemonizaba al inicio la resistencia y su jefe estaba lejos de contar con el respaldo del conjunto de los Aliados ("Los estadounidenses sentían por él un rechazo visceral, y mantuvieron un embajador en Vichy", escribe), sin ver que esa soledad engrandece los méritos del General y hace sobresalir su calidad de visionario.
 
Su reivindicación del protagonismo femenino es justa pero se nota cierto tributo al auge de los enfoques de género en párrafos como éste: "Nada más concluida la liberación, el evangelio gaullista -militar, patriótico y fundamentalmente masculino– se convirtió en el relato principal". Un calificativo injusto, si se piensa que, en 1945, al fundar la hoy muy prestigiosa Escuela Nacional de Administración, De Gaulle decidió que sería mixta y fundamentó: "Las mujeres estuvieron en la Resistencia, deben estar en la reconstrucción".
 
"La Resistencia Francesa -concluye Robert Gildea- movilizó sólo a una minoría de franceses. La inmensa mayoría aprendió a ir tirando bajo la ocupación alemana y admiró durante largo tiempo al mariscal Pétain (…). … al tener menos que perder y menos sitios donde esconderse, los comunistas, los judíos y los extranjeros tenían mayores incentivos para resistir que el francés medio".
 
Su relativización de los méritos del gaullismo se ve desmentida por otras de sus conclusiones, como se desprende de este párrafo: "De Gaulle consiguió que los Aliados aceptaran que las fuerzas francesas fueran las primeras en entrar en París y fundó así el mito de que los franceses se habían liberado a sí mismos. (…) El pueblo francés estuvo presente en el momento idóneo para aclamar a sus liberadores y para aportar generosamente la legitimidad que De Gaulle necesitaba para convencer, a los estadounidenses en particular, de que el nuevo Estado tenía que encabezarlo él".
 
Lo que estas líneas describen no es un truco deshonesto de De Gaulle, sino el modo magistral en el que logró, con una sola maniobra -dejar la liberación de París en manos de la resistencia interior-, borrar la ignominia del armisticio, la ocupación y los años de colaboración de Vichy, y sentar a Francia en la mesa de los vencedores.
 
Una obra maestra, sencillamente.
 
Pese a todo, el libro, si no definitivo, es al menos una obra bien documentada que puede servir como fuente y referencia por el amplio trabajo de reconstrucción, pese a las señaladas fallas de interpretación.
 
En cuanto a Un pueblo francés, no hay que perdérsela: es entretenimiento de alto nivel. Con el plus de ser profundamente instructiva.
 
por Claudia Peiró
Fuente: 

infobae.com 18/6/2017

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