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a 28 años de la guerra de malvinas

Una historia casi secreta

Héctor Rodríguez Souza revela aspectos desconocidos del papel que jugó el ex secretario de Estado, Alexander Haig, a favor de Gran Bretana, durante el conflicto de 1982.
 

Cliffor Kiracoff llegó a Buenos Aires el miércoles 19 mayo de 1982. Los diarios titulaban con las declaraciones del canciller británico Francis Pym, “quedan pocas esperanzas para una solución diplomática en la crisis del Atlántico Sur”. “La flota británica está lista para intentar una invasión a las islas”.Kiracoff, naturalmente inadvertido, era el hombre de confianza del senador norteamericano Jesse Helms y venía a cumplir una misión muy específica. La primera entrevista del enviado, con autoridades argentinas, fue muy tensa: “el uso de la fuerza en estos momentos de las relaciones internacionales es un disparate”, se quejó Kiracoff a modo de presentación, “defiendo la integración latinoamericana, pero ustedes están locos. De todos modos, no vengo en función política, sino a saber algunas cosas”, señaló
Alexander Haig, general de “cuatro estrellas” de los Estados Unidos, el hombre fuerte de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y Secretario de Estado de su país, había viajado a la Argentina en “una misión de paz”.
Se fue de Buenos Aires el martes 20 de abril y elaboró un “Memorandum de Entendimiento”, requiriendo al gobierno argentino “urgente respuesta”. Al día siguiente pidió a su amigo, el senador Blinder, que presente una moción recomendando al Poder Ejecutivo que “brinde su apoyo a Inglaterra”. Aparecía como evidente que el tema dejara de ser exclusivo del Ejecutivo norteamericano a ser de todo el gobierno. Algunos senadores decidieron esperar respuesta al “Memorandum de Entendimiento” y reunirse al otro día, jueves 22 de abril.
Exactamente a las 12 del día el senador Helms llamó por teléfono a Alexander Haig para preguntarle si había obtenido alguna respuesta argentina. El secretario de Estado respondió que no, agregando que ésto demostraba “la soberbia argentina y la poca voluntad negociadora”.
A las 17 Haig se reunió con los senadores y les explicó la situación. Más tarde se votó a favor de la posición de Inglaterra por 78 sufragios contra 1.
El lunes siguiente, en una recepción, el senador Helms se encontró con el embajador argentino esteban Tackacs; sin mediar preámbulo le dijo:”ustedes están todos locos, negarse a responder una propuesta del secretario de Estado de los Estados Unidos es una  locura”. Tackacs contó a Helms que la respuesta argentina fue entregada el jueves a las 11. El senador le contestó que no podía ser así, que el había llamado a Haig una hora más tarde y no estaba la respuesta que esperaban. El embajador dijo entonces que su estada estaba registrada en el libro de ingresos de la Secretaría de Estado. Contó además que la conversación con Haig fue muy tensa, que duró unos 20 minutos y que le entregó una carta del canciller argentino Costa Méndez, en la que se decía que la Argentina seguía dispuesta a negociar, pero que dos párrafos del memorandum resultaban inaceptables: uno, que el futuro de las Islas Malvinas pasara por una encuesta de eventual gobierno compartido.
Clifford Kiracoff se quedó varios días en Buenos Aires. Charló mucho con el secretario General de la Presidencia, el general Héctor Iglesias. Contó que tenía una copia de la carta de Costa Méndez y confirmó lo de la diferencia horaria entre la presencia de Tackacs en la Secretaría de Estado y la negativa de Haig sobre que la Argentina se pronunciara respecto del memorandum.
Las conversaciones se fueron distendiendo, se abandonaron algunas formalidades, se contaron anécdotas, se dieron detalles al visitante sobre la historia de la invasión
británica a las islas Malvinas. Iglesias, abandonado a las confesiones, explicó que en  realidad en la Argentina siempre se dudó de las “misión de buenos oficios” de Haig.
Kiracoff por su parte contó que a Buenos Aires iba a viajar el vicepresidente George Bush, pero que la gente de Haig se movió ante Ronald Reagan para cambiar al enviado. “Yo conozco bien esa movida”, dijo acentuando un modo enigmático.
Las conversaciones siguieron varios días, hasta que una persona (un funcionario) presente en una de ellas dijo al pasar: “fíjese que cuando la Argentina presentó su última propuesta…”.
Kiracoff dio un respingo en su sillón, ¿qué propuesta?, ¿de que hablan?.
La quinta propuesta, contestó atribulado, el funcionario (quien después confesó que temió en ese momento “haber metido la pata”).
Kiracoff se puso colorado. Se paró al tiempo que dijo: “Haig informó al Senado que la Argentina se había negado sistemáticamente a entregar alguna propuesta”.
Iglesias hizo traer copias de las propuestas y se las dio al visitante.
Kiracoff pidió una comunicación a Estados Unidos con el senador Helms, a quien contó detalle de las cinco presentaciones y agregó que no veía el ánimo antinorteamericano que había informado Haig.
Helms ordenó a su enviado que lo llamara exactamente en una hora.
Mientras pasaba el tiempo Kiracoff contó que cuando se estaba trabajando sobre la propuesta de paz del presidente peruano, Belaúnde Terry, en Gran Bretaña se citó de urgencia al Gabinete de Guerra. Eran las cuatro menos cinco de la tarde. A las cinco se dio orden de hundir el buque General Belgrano, que navegaba rumbo al continente. “Esto se hizo para evitar que se aceptara la propuesta de paz”, afirmó Kiracoff, agregando: “nosotros lo sabemos bien porque tenemos gente entre ellos” (recuperando su tono enigmático).
A la hora se produjo nuevamente la comunicación con Helms, quien contó que se había comunicado con la embajadora Kirkpatrick, para que no renunciara, como había anunciado, y que había hablado con el Pentágono. “Le conté al general, dijo el senador (él también enigmático), sin identificar de quien se trataba y me aseguró que Reagan no sabe nada de ninguna propuesta. Haig no le informó nada, solamente le hizo llegar un memorandum donde habla de la mala voluntad negociadora de la Argentina”.
Reagan citó a Haig y le pidió las cinco propuestas. Cuando las leyó comentó que le parecían más razonables de lo que le había informado hasta ese momento.
“A nuestro amigo Alejandro se le fue la mano y no pienso aceptarlo”, contó Helms que le dijo Reagan.
Esto sucedió los primeros días de junio de 1982. El 14 de ese mes la Argentina se rindió en las islas Malvinas. El 26, Reagan pidió y aceptó la renuncia del general de Cuatro Estrellas Alexander Haig, secretario de Estado de los Estados Unidos.

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