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Una argentina descubrió la primera masacre de la historia

Marta Mirazón Lahr es investigadora de la Universidad de Cambridge. En Nataruk, Kenia, encontró los restos más antiguos de una batalla. El paso del tiempo no le quitó el horror a la escena, aunque hayan transcurrido tantos años: diez mil. Y la argentina Marta Mirazón Lahr, una investigadora de la Universidad de Cambridge especializada en la evolución humana, no puede dejar de conmoverse al contemplarla. O de sentir escalofrío. “Es como si hubiera sucedido ayer”, cuenta. En total, fueron 27 las personas masacradas. Usaron flechas y mazazos en la cabeza para aniquilarlas. Había algunos niños y hasta una muchacha con un embarazo muy avanzado. La encontraron sentada, con las piernas entrecruzadas. Nunca sabremos exactamente qué pasó ese día cruel en Nataruk, cerca del lago Turkana, en lo que hoy es territorio de Kenia. O por qué. Pero lo que sí es seguro es que ésta es la primera batalla documentada de la historia de nuestra especie, que además demuestra que la guerra es más antigua de lo que queríamos suponer.

La guerra siempre fue un motivo de discusión filosófica, al igual que la naturaleza humana. Por mucho tiempo, se pensó que los hombres empezaron a matarse entre sí una vez que se hicieron sedentarios, tras dominar la agricultura. Pero el sitio de Nataruk demuestra otra cosa. Que ya había violencia entre cazadores-recolectores, cuando no existía siquiera el concepto de propiedad. O, por lo menos, no como lo entendemos hoy. “Siempre se pensó que la guerra surgió cuando un grupo robaba a otro. Y esas son las guerras hasta hoy en día, aunque también son por motivos ideológicos. Mucha gente ha pensado que antes de la agricultura no podía haber habido guerra porque no había qué robar. Nataruk demuestra que eso no es verdad. Había conflicto y había batallas. Nuestra interpretación sobre lo que vale la pena robar es la visión materialista que tenemos hoy. Pero le estamos imponiendo al pasado una visión que es la nuestra. Quizás en esos tiempos fuera muy diferente. La gente vivía de la caza y de la pesca y acaso se peleara por el mejor lugar”, cuenta Mirazón Lahr.
 
La bióloga y peleoantropóloga nació en Buenos Aires, pero se mudó a San Pablo muy pequeña, y allí hizo su carrera hasta que se fue a Cambridge a doctorarse. Ella formó junto a su marido, Robert Foley, el centro Leverhulme de Evolución Humana. La entrevistamos, sin embargo, en Kenia, cerca del lago Turkana, donde se encuentra realizando su trabajo de campo y donde ocurrió esta masacre. Esta es una zona hoy de-sértica y polvorienta, pero hace diez mil años el clima global era otro, y este sitio era un vergel. Dan testimonio de ello los restos de jirafas, leones, antílopes, hipopótamos, elefantes y gacelas que aparecen en todos lados, lo que demuestra que era un excelente punto para cazar. “Debía ser el mejor de todos. Y, entonces, tal vez estaban compitiendo por el lugar ideal de caza y pesca”, cuenta.
 
El descubrimiento de esta masacre ocurrió por casualidad, como suele suceder en las investigaciones arqueológicas. En 2012, Mirazón Lahr había llegado justo a Nataruk cuando Pedro Ebeya, uno de los miembros de la tribu Turkana que colabora con el proyecto In Africa de investigaciones paleontológicas, le cuenta –traductor mediante– que había hallado fragmentos óseos. Fueron a investigar y encontraron el primer cráneo. “Me dije: es sólo un fragmento o de acá sale un cuerpo. ¡Y había un hombre entero! Ya, cuando lo estábamos sacando, nos dimos cuenta que al señor le habían pegado muy fuertemente en la cabeza”, recuerda. “Cuando terminamos de excavarlo, no teníamos la escena completa. Pensamos que podía ser un caso único, aunque eso hubiera sido una cosa rara. Mientras estábamos excavando, una colega mía vio que salían del piso dos huesos que eran de piernas. Ese fue otro señor que estaba boca abajo, que tenía una flecha en el cráneo. Allí era claro que ahí había pasado algo. Cuando sacamos el resto, la mayoría mostraba heridas terribles.”
 
“Algunos esqueletos nos dejaron perplejos. Había dos señoras, las jovencita que estaba sentada tenía las manos entrecruzadas entre las piernas y estaba embarazada. ¡Excavarla fue tremendo! Después encontramos otra que era más mayor y que estaba medio sentada, medio reclinada, apoyada sobre el codo izquierdo, con las manos una encima de la otra. Tenía las rodillas rotas. Pero además el pie estaba doblado para el lado mal. O sea, que no se podía levantar. Una vez que le pegaron no se pudo levantar. Estaba rodeada de peces. Se habrá ahogado con las rodillas rotas”, cuenta.
 
El nivel de violencia no sólo es un enigma en Nataruk. Otro es que en la escena de la masacre hay un segmento de la población que falta. Había adultos, una chica de 12 años, después seis nenes chiquitos. Pero toda una generación, de entre 6 y 20 años, está ausente. ¿Se habrán escapado? ¿O se los llevaron? El interrogante no es menor, porque puede demostrar que nuestros antepasados raptaban gente y así se empezaron a mezclar las poblaciones. “Cuando las pequeñas poblaciones de humanos modernos llegaron a Eurasia, se cruzaron con Neanthertales. En Turkana no encontramos genes de Neanthertales. Lo que encontramos son genes neanthertales en nosotros. Esto quiere decir que en algún momento los africanos, que llegaron a Medio Oriente o donde sea, se robaron chicos neanthertales o unas mujeres y tuvieron hijos con ellas. Es lo único que puede explicar que nosotros llevemos esos genes.” La práctica ya puede haber ocurrido en Nataruk.
 
¿Nataruk nos hace pensar sobre la naturaleza del hombre? “Te hace pensar que el hombre está haciendo esto hace mucho tiempo. Pero en el fondo, esto tampoco me sorprende porque esta gente era igual que nosotros”, dice.
 
“Me parece importante considerar que la guerra y el conflicto ocurría o no dependiendo de las circunstancias del momento. Por ejemplo, podría haber situaciones críticas por la densidad de la población. Sólo podía haber mucha gente si las condiciones estaban bárbaras: si había muchos bichos como para que hubiera comida para que los hijos sobrevivieran. Si no, eran momentos de competición y un grupo se expandía sobre el otro. Así que para mí el conflicto de la guerra debió haber ido y venido, cambiado, aparecido y desaparecido a través de toda nuestra historia como Homo Sapiens. Ese es un lado de nuestra naturaleza. El otro es que tenemos sociedades organizadas en torno de la cooperación. Y del altruismo y de poder hacer cosas que no nos benefician directamente. Eso también es parte de lo que somos.” Menos mal.
 
por Marina Aizen
Fuente: 

Diario Clarín 14/2/2016

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