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Un prócer sin sable ni caballo

Hoy la Argentina celebra el Día del Inventor, por tratarse de la fecha del nacimiento de uno de los próceres más singulares de nuestro país: el célebre Ladislao José Biro (1899-1985), creador no sólo del bolígrafo (la popular "birome" que nos evoca a diario su nombre), sino también de otros inventos de primer orden, como la caja de cambios automática, el lavarropas automático, la boquilla antitóxica, el candado inviolable y un sistema para el fraccionamiento de gases.

Hubiese bastado con aquel invento -considerado "el más descollante avance de la humanidad en materia de escritura desde la imprenta de tipos móviles de Gutenberg"- para ubicarse entre los grandes inventores de todos los tiempos. Sin embargo, por ejemplo, todavía circula entre algunos viejos técnicos de la Comisión Nacional de Energía Atómica la leyenda de que Biro les habría provisto de conceptos claves para dominar la tecnología del enriquecimiento de uranio que la Argentina alcanzó en Pilcaniyeu en 1983, acaso el más descollante logro tecnológico de nuestra historia.
 
Más allá estas alabanzas, Biro no ha recibido todavía en la Argentina -su país de adopción- ni en Hungría -su país natal- el reconocimiento que sus aportes merecen. Estamos en deuda con este prócer de última generación, es decir, de los que ya no requieren montar ni guerrear para trascender.
 
En Hungría, de la que escapó por la persecución nazi en 1940 junto a su esposa, Elsa, y su pequeña hija Mariana, poco se recuerda de él, más allá de su invento más popular y de que nació en Budapest. Con frecuencia, se olvidan sus otras creaciones y el hecho de que también era argentino. Por eso han sido tan celebrados aquí la reciente visita de su hija Mariana con su descendencia (durante la que se colocó una placa y se inauguró una exhibición en su memoria, y se difundió su recuerdo en los medios), así como la creación de un premio con su nombre para distinguir a quienes hayan hecho aportes sustanciales a la relación bilateral, ambas iniciativas de la embajada argentina en Budapest.
 
Por su parte, en la Argentina, la memoria de Biro es más intensa, pero aún ofrece amplias perspectivas que requieren mayores esfuerzos. La creación de un Museo o Centro de Inventos Argentinos que albergue su obra y la implementación en todas las escuelas del país de un programa llamado Inventar constituyen proyectos relevantes lanzados por su hija Mariana, fundadora y directora de la prestigiosa Escuela del Sol. Otra iniciativa podría ser la concesión anual por parte del Estado argentino de un galardón con su nombre, bien dotado económicamente, que distinga cada año a quienes concreten un aporte innovador trascendente a nivel mundial, una suerte de Premio Nobel argentino. La Argentina y Buenos Aires no deberían privarse de difundir a escala planetaria que cuentan entre los suyos con un emblema indiscutible de la cultura internacional moderna.
 
Pero existe incluso mucho más para evocar y ponderar acerca del sentido profundo de la figura de este gran argentino. Biro es un símbolo de cómo se construyó el país: con gente proveniente de todas partes del mundo, dispuesta a volcar sus esfuerzos y capacidades para hacer una nueva nación. Cumplió esta tarea con creces, encarnando un modelo de argentino creativo y exitoso. También constituye un puente en las relaciones con una de las culturas más personales y pujantes de Europa, como es la húngara; en particular, de las múltiples afinidades entre su ciudad natal, Budapest, y su ciudad adoptiva, Buenos Aires, próximas a celebrar sus familiaridades con la firma de un acuerdo de cooperación. Biro ofrece en este contexto un ejemplo verídico de lo que argentinos y húngaros tenemos en común y podemos hacer juntos.
 
Sin embargo, aun más importante es que no sólo fue un genio, sino también un modelo a seguir, especialmente para los jóvenes, pues su vida es la prueba de lo que un hombre es capaz de alcanzar con su ingenio y su esfuerzo, incluso atravesando las peores plagas imaginables, como fueron las conflagraciones mundiales y las persecuciones demenciales del siglo XX.
 
Biro logró salvarse a sí mismo y a su familia, fundar un nuevo hogar y colmar sus sueños. En este sentido, podría decirse que en él el hombre equiparó al genio, dejando un legado universal: el del valor único de cada ser humano, pues todo hombre lleva potencialmente dentro de sí a un Ladislao Biro.
 
por Maximiliano Gregorio-Cernadas
Fuente: 

Diario La Nación 29/9/2017

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