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LA ISLA THULE

Un oscuro prólogo y un misterioso epílogo de la Guerra de Malvinas

Hace 40 años, la instalación de una base argentina en una árida y remota isla del Atlántico sur dominada por Gran Bretaña fue el primer y discreto movimiento que condujo al conflicto. También fue el escenario del final de la guerra. Y de un misterioso episodio, meses después.  

 
Toda avalancha empieza con el movimiento de una primera piedra, por más pequeña que sea, y termina cuando se detiene la última. Difícilmente en los dos casos sea la misma, pero en el alud de la Guerra de Malvinas sí ocurrió. La “roca”, una perdida en los confines del Atlántico sur de siete kilómetros de largo por cinco de ancho, recibe el nombre de isla Thule. Hace 40 años fue el escenario del primer movimiento hacia el conflicto con Gran Bretaña. Curiosamente, también fue el de la última acción, y hasta de un misterioso epílogo.
 
Thule, también llamada Morell, es una de las islas más australes de las Sandwich del Sur, de las más cercanas al paralelo 60 que marca la frontera antártica. No ofrece comodidades. Prácticamente estéril, barrida por vientos helados, es apenas animada por algunas focas, una variedad de petreles y un banco de algas marinas a unos cientos de metros de la costa. El paisaje se completa con ceniza y guano de pingüino.
 
Como todas las islas de la zona, fue reclamada para la corona británica por el navegante James Cook hacia fines del siglo XVIII y un siglo después fue incorporada como dependencia de las Malvinas. La Argentina lógicamente la incluye en el reclamo de soberanía del departamento Islas del Atlántico Sur.
 
En el imprescindible “Malvinas, la trama secreta” (Cardoso, Kirschbaum, Van der Kooy), Thule tiene su lugar como discreto y sutil escenario de los primeros movimientos que llevan a la guerra. Allí se relata como en el tramo final del último gobierno de Perón, el entonces capitán Juan José Lombardo propuso instalar una base en el archipiélago de las Sandwich del Sur, como forma de ganar presencia argentina y “semblantear” la reacción inglesa. No tuvo éxito con Perón, y tampoco cuando su viuda asumió en la Casa Rosada. Pero en los primeros meses de la dictadura tuvo un eco favorable.
 
El destino elegido fue la inhóspita Thule. Un destacamento con ropaje de base científica comenzó a construirse a fines de 1976. La base Corbeta Uruguay finalmente fue inaugurada hace 40 años, el 18 de marzo del 77. Se trató del primer trozo de tierra dominada por Gran Bretaña en el Atlántico sur donde la última dictadura desembarcó e izó la bandera argentina. Y obviamente la acción no pasó desapercibida para Londres, que semanas antes de la inauguración de la base, había sido detectada por un helicóptero del HMS Endurance, que patrullaba la zona. La reacción británica, vista desde hoy a la distancia, fue increíble. 
 
Básicamente porque casi no hubo ninguna reacción.
 
En el 10 de Downing Street habitaba un laborista, James Callaghan, que prefirió mantener el episodio en la niebla diplomática. Documentos desclasificados en Gran Bretaña revelaron años más tarde que el canciller David Owen abogó por mantener en secreto la base porque podía ser un “factor de complicación” para las negociaciones entre los dos países que ya se avizoraban y que se concretaron en 1978 en Lima, Perú.
 
Recién en mayo de ese año la existencia de la base se hizo pública por el lobby parlamentario de la Falkland Islands Company. Se intercambiaron notas, hubo algunos chisporroteos y el paso argentino en la isla Thule salió rápidamente de las páginas de los diarios, a uno y otro lado del Atlántico, tal como los respectivos gobiernos pretendían.
 
El principal vocero argentino fue el entonces jefe del Departamento de Estudios Históricos Navales, Laurio Destefani. “La base es netamente científica y, como tal, puede instalarse en todas esas regiones, por lo que debe ser considerada litigiosa”, dijo.
 
Y completó: “Se investiga meteorología, sismología, biología marina, glaceología y todo lo relativo al agua, nieve y al terreno volcánico. Todo se ha hecho con humildad y en silencio y con la preocupación en el futuro”.
 
El futuro.
 
Para la dictadura, la operación había sido un éxito rotundo: la presencia física en el archipiélago se mantuvo y la reacción de Londres había sido timorata, tibia y tardía. En buena medida, el mito de la inacción británica con el que la dictadura construyó sus ilusiones en la aventura de Malvinas nació allí. Nació en Thule. 
 
La base continuó funcionando sin pausa, con una dotación de poco más de una decena de personas en esa inhóspita roca, cubierta de guano, en la frontera antártica.
 
El modelo Thule nunca desapareció de los planes de contingencia de la Armada o de las fantasías de la dictadura. Y en diciembre de 1981 se puso en marcha su calco, pero de otra envergadura: el Operativo Alfa, la instalación de un destacamento militar en la isla San Pedro, en las Georgias del Sur, bajo la fachada de una iniciativa científica.
 
Pero a esa altura, mucho había cambiado. Las vitales Georgias no eran el árido peñasco de Thule. Y en el 10 de Downing Street ya había sido devorado el dialoguista Callaghan por los problemas internos. Su caída había sido aprovechada por los conservadores y Margaret Thatcher ocupaba esas habitaciones.
 
El duplicado de Thule en la isla San Pedro de las Georgias, el Operativo Alfa, le dio en marzo del 82 un envión incontenible al alud de la guerra. Durante los poco más de dos meses del conflicto en el escenario principal de las Malvinas, el rol de Thule fue insignificante, pero no del todo inadvertido. 
 
El 14 de junio terminaron los combates en las Malvinas, y un día después el gobierno británico emitió una declaración en la que aseguraba que iba a recuperar todos los territorios tomados por la Argentina en el Atlántico Sur. Todos.
 
Al teniente de corbeta Enrique Félix Peralta Martínez, a cargo de la base Corbeta Uruguay, le llegó un comunicado informando de la rendición, con instrucciones para que destruya los equipos científicos y de comunicaciones antes de la captura británica.
 
Thule permaneció como último bastión en el Atlántico Sur durante una semana. La avanzada británica sobre la isla llegó morosa el 21 de junio. Alas 9.15, el personal de la estación Corbeta Uruguay se vio rodeado por efectivos británicos y efectivamente antes de rendirse destruyó el equipo de radio que quedaba.
 
“Thule fue la crema sobre la torta”, se regodeaba el ministro de Defensa británico, John Nott, al día siguiente.
 
La decena de ocupantes argentinos de Thule fue forzada a abandonar la isla y parecía que el lugar volvía al olvido del gélido Atlántico.
 
Sin embargo, seis meses después del final de la guerra volvió a ser noticia como un increíble epílogo del conflicto.
 
A fines de 1982, Gran Bretaña anunció que un carguero había reportado que había avistado nuevamente una bandera argentina flameando en el mástil de la base Corbeta Uruguay.
 
En su libro “Outposts: Journeys to the Surviving Relics of the British Empire”, el periodista británico Simon Winchester relata el episodio: “Con cautela, los marineros treparon a la isla, encontrándola desierta, pero notaron que, quien hubiera sido que había bajado la bandera británica, la había doblado con la pulcritud recomendable y la había escondido debajo de una roca cercana”.
 
En la Argentina, la dictadura en descomposición negó responsabilidad y denunció una operación de inteligencia del Foreign Office.
 
Desde Londres llegó la orden implacable y el HMS Apollo fue el encargado de llevarla a cabo: en la Navidad de 1982, con el misterio irresuelto de la bandera argentina que había aparecido en el Atlántico sur meses después del final de la guerra, volaron con explosivos plásticos todas las instalaciones que permitían una estadía prolongada.
 
En Thule sólo quedó en pie un pequeño refugio, con algunas raciones de comida y una Biblia cortesía de la Scottish Commercial Travellers' Christian Union para un eventual Robinson Crusoe. Y, derruida, la mitad del mástil en el que flameó la última bandera argentina en aquellas islas remotas.
 
por Guillermo dos Santos Coelho
 
Fuente: 

clarin.com 16/3/2017

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