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Un libro saca del olvido a la joven montonera que mató al jefe de la Policía Federal

“Hay personas que encarnan con su vida los tabúes fundamentales”, dice Federico Lorenz, sobre Ana María González, protagonista de esta historia y de uno de los atentados más impactantes de la guerrilla.

"Puedo entender lo que Ana María González hizo, porque puedo reconstruir la época, aunque me resulta injustificable en términos de lo que entiendo que es la política hoy", dice, en esta entrevista con Infobae, Federico Lorenz, autor de Cenizas que te rodearon al caer. Vidas y muertes de Ana María González, la montonera que mató al jefe de la Policía Federal (Sudamericana, 2017).
 
Lorenz considera de todos modos que "hay una situación de profunda injusticia" en el hecho de que sobre ella "solamente hablen sus enemigos". De ahí el minucioso trabajo de reconstrucción que llevó adelante, no sin dificultades, dado que la familia de Ana María González no ha querido salir del silencio en el cual se refugió a partir de aquel 18 de junio de 1976, día del atentado.
 
Recordemos brevemente los hechos: Ana María González, entonces de 20 años, cursaba el magisterio junto con la hija del general Cesáreo Ángel Cardozo quien, desde el 31 de marzo de 1976, era el jefe de la Policía Federal y hombre clave en la conducción de la represión. Ana María pertenecía a la organización Montoneros y había militado en barrios de la zona norte del conurbano bonaerense. Cuando ella comunicó esta coincidencia, sus jefes le ordenaron ganarse la amistad y la confianza de la hija de Cardozo con el fin de poder infiltrarse en su casa. 45 días después, la joven logró colocar una bomba bajo la cama del alto jefe policial que causó la muerte del funcionario y heridas a su esposa.
 
La figura de Ana María González fue obviamente utilizada por los militares para mostrar la peor cara de la "subversión apátrida". Pero la muchacha, que no sobrevivió a la dictadura, no ha sido tampoco demasiado reivindicada por sus camaradas. Lorenz dice que esta es la investigación en la cual más testigos le pidieron el anonimato para hablar. "No hay un discurso político que la incorpore porque a partir de 1983 la sociedad argentina construyó un pacto de repudio generalizado hacia la violencia de los años previos", explica Lorenz, quien también cree que este tipo de hechos ponen a la sociedad frente al espejo de "la violencia con la que aceptó convivir".
 
"Cenizas que te rodearon al caer" es un título que trasunta la "melancolía" que le generó al autor recorrer esta historia, un sentimiento que compartirán los lectores de este libro que contribuye a reconstruir las coordenadas de un tiempo en el que tantos jóvenes creyeron necesario inmolarse por la promesa –todavía incumplida- de un país mejor.
 
Como historiador, Federico Lorenz, actualmente director del Museo Islas Malvinas, se ha especializado en nuestro pasado reciente. Es autor de los ensayos Las guerras por Malvinas 1982-2012 (Edhasa, 2012), Malvinas, una guerra argentina (Sudamericana 2009) y de la novela Montoneros o la ballena blanca (Tusquets, 2012), entre otros.
 
— A partir de la reconstrucción de la vida de esta militante, Ana María González, ¿qué imagen te queda del grupo en que militó, de Montoneros?
 
— Que hubo varios Montoneros, varios momentos de Montoneros. En nuestro sentido común es un genérico, la guerrilla, en su momento la "subversión", de acuerdo al contexto, pero el grupo en el cual militó Ana María González, Anita, es parte de un fenómeno muy particular que sucedió sobre todo en la zona Norte del Conurbano, que era la confluencia de grupos de clase media y clase media alta, de donde venía ella, con sectores populares en los barrios; en su caso, la militancia en una unidad básica del Movimiento Villero Peronista. Su historia demuestra que no era lo mismo Montoneros en el 70, 72, que en el 75 o 77, y por lo tanto a los fines de entender la época hay que ser muy cuidadoso en definir de qué hablamos cuando nos referimos a una organización que fue diferentes cosas de acuerdo al momento y a las políticas. A "Anita", como la conocían sus compañeros, le tocó comenzar a militar en un momento muy complejo, muy peligroso, y en el cual su organización tomaba un sesgo de creciente militarización en su confrontación, primero con la represión paraestatal y luego con el terrorismo de Estado a partir del 76.
 
— También de aislamiento político, ¿no?
 
— Sí, a eso me refería con los momentos. Ahí hay una doble vía, por un lado hay una serie de decisiones de Montoneros pero no hay que perder de vista que el partido uno nunca lo juega solo. Es decir, una política de persecución y de aislamiento que tenía el fin precisamente de generar esa situación y profundizar esa tendencia. Obviamente después hay responsabilidades políticas por las propias decisiones. Digo porque si no puede ser una forma muy unilateral de entender el proceso. Hubo una confrontación, que nosotros hoy podemos medir con muchos más elementos que los que tenían los actores en esa época y que es la que condicionó decisiones políticas, porque en definitiva lo que hizo Anita fue una decisión política.
 
—  Es paradójico el hecho de que ella comete un acto violento pero, desde la lógica de su organización, justificado y eficaz, puesto que atentó contra una personalidad destacada del "enemigo" -no mató a civiles ajenos al conflicto- y sin embargo no es recordada por sobrevivientes de un grupo que hoy reivindica globalmente el heroísmo, el idealismo… ¿Por qué?
 
— Primero, porque el atentado contra Cardozo es comprensible en su contexto. La política en el año 76 tenía unas reglas, un repertorio y un vocabulario que no tiene la política hoy y, agrego yo, que vivo en esta época, afortunadamente. Pero si pensamos que después de la voladura de la casa de Cardozo, Ana María pasa a ser prácticamente la persona más buscada de la Argentina y que la fuerza a la cual ella pertenecía fue derrotada y aniquilada físicamente, no sólo derrotada políticamente, lo que quedó acerca de ella es lo que dijo su vencedor. No hay un discurso político que la incorpore porque, entre otras cosas, a partir de 1983 la sociedad argentina construyó un pacto de repudio generalizado hacia la violencia de los años previos, que es el repudio en el que me formé. En ese marco, hablar de violencia política o de la instrumentalidad de matar a alguien era algo casi imposible. Sobre todo porque en aquel momento lo que la sociedad tuvo que conocer y confrontar fue la violencia con la que había convivido, por parte del Estado también, que es el que había tenido el monopolio de la palabra sobre sus adversarios y sobre sus víctimas.
 
— Por un gobierno completamente ilegítimo…
 
— Sí, ilegítimo en términos políticos pero…
 
— …aunque tuvo respaldo.
 
— Es que el problema es ése: para cualquiera que haya vivido esa época con una cierta conciencia o conocimiento, implica admitir la violencia y las violaciones a los derechos políticos con la que se aceptó convivir. Todavía estamos procesando eso. Efectivamente hubo algo muy perverso en esa represión que también buscó prolongarse en dejar esos huecos en términos de qué nombres ponerles a las cosas. Es decir que no solamente borró a la persona sino también la posibilidad de discutir sobre lo que había hecho. Entonces todavía estamos en ese trabajo.
 
— Pero muchos cuadros sobrevivientes de esa experiencia, incluso con altas responsabilidades en Montoneros por ejemplo, ¿no actúan con hipocresía? Lo que hizo Ana María González, así como otros atentados, especialmente el asesinato del secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, o el asalto al cuartel de Formosa en octubre de 1975, contradicen el relato instalado en el último tiempo sobre la guerrilla, como un grupo sólo resistente. Un relato que obvia por ejemplo el objetivo de la toma del poder por la violencia.
 
— Ha habido respuestas individuales a eso. Pero también buena parte de los que debían dar respuestas están muertos. Si pienso en mi propio recorrido como investigador, todavía a mediados de los 90 era un tema plantear la cuestión de la identidad política de los desaparecidos. Entre otras cosas, por el peso del discurso estigmatizador de la participación política. Entonces, de ese genérico a protagonista de acciones directas como la que trata mi libro todavía hay un camino largo. Sobre todo porque tenemos una tendencia muy grande a pensar que un clavo saca otro clavo: hasta acá hablaron los militares, ahora habla el movimiento de derechos humanos, después habló el kirchnerismo y, podría decirse, ahora volvemos a hablar nosotros, un nosotros complicado porque hay un componente fuerte de negar el terrorismo de Estado; o sea, detrás de la pretendida voluntad de revisar la época, hay un intento negacionista bastante fuerte de algunos actores. El trabajo de la memoria en términos sociales es bastante más complejo. Necesitamos ciertas certezas para movernos en el día a día, pero la mirada política sobre la época que hay que construir, que es la interpretación histórica, es bastante más compleja. Y el problema es que cuesta despegarla de la puja política más coyuntural.
 
 Hay un quinquenio fascinante, el 82 al 87, en el que todo estaba en discusión: romper con el FMI, la lucha armada, el terrorismo de Estado, las FFAA como factor de poder…
 
— En la primera etapa de la democracia, esta discusión era mucho menos masiva. Era incómodo hablar de algo de lo que todos eran partícipes. Pero al mismo tiempo en los círculos donde sí se hablaba se lo hacía con mucha más honestidad intelectual que hoy, en mi opinión. En los últimos años, el debate se masificó pero se simplificó al punto de ocultar muchas cosas. La complejidad que mencionás se perdió en estos años y quizás se la pueda empezar a recuperar con trabajos como el de tu libro.
 
— Estoy de acuerdo. Para mí hay un quinquenio fascinante, que es el que va del 82 al 87, es decir, desde la derrota de Malvinas hasta Semana Santa del 87, o hasta la sanción de las leyes de impunidad, mediados del 87. Porque estaba todo en discusión: romper con el FMI, la lucha armada, el terrorismo de Estado, las fuerzas armadas como factor de poder.
 
— Dos demonios, un demonio.
 
— Exactamente, todo eso dando vueltas. Hubo una serie de consensos fuertes construidos para seguir viviendo, pero en tanto no resuelto ni política, ni individual ni judicialmente esto emerge con fuerza cuando el contexto político cambia. Esta estetización o generalización que vos llamás que le hace perder profundidad es algo que muchos marcamos, como advertencia: cuidado con dejar puertas abiertas a la impugnación de lo que sigue, a cuestionar lo que la justicia probó. El espacio que no se está ocupando en ofrecer explicaciones o interpretaciones es la puerta por la cual entra la revisión del todo, no de las partes ya aprobadas para volver al campo jurídico. Eso es muy dañino porque en términos sociales se traduce en que siempre estamos dando vueltas en círculos, sin poder salir. Eso también fue buscado por la lógica represiva. Cuando la duda se prolonga en la identidad de un joven apropiado, cuando no se conoce el destino final de un cuerpo, cuando no se dan explicaciones políticas, también se prolongan estas cuestiones.
 
— Como historiador, ¿qué opinás de la ley que se votó en la provincia de Buenos Aires para fijar el número de desaparecidos?
 
— La ley como tal me parece deplorable, como me parece deplorable relativizar la cifra en términos de símbolo. Partamos de la base de que no hay una cifra exacta por la decisión de quienes ejercieron la represión, eso es lo que habría que machacar todo el tiempo. No sabemos. Uno de mis primeros trabajos sobre los 70 tuvo que ver con los astilleros de la zona Norte; empecé con una lista de 18 trabajadores desaparecidos y 10 años después cuando publiqué mi tesis doctoral eran más de 30. Con lo cual si yo hiciera un ejercicio cómodo, fácil e inexacto de proyección a las cifras nacionales ahí estaríamos. No creo que sea una cuestión de cifras, creo que no somos honestos en decir que estamos disputando símbolos. El énfasis tiene que estar en acercar lo más posible la verdad a la cifra, porque cualquier incertidumbre deja abierta la puerta a la impugnación total. Por eso me parece banalizar la cuestión sancionar una ley que diga hay que nombrar 30 mil. Eso desmerece algo que sí es una construcción social argentina que es el compromiso con la verdad y la justicia.
 
— Puede ser que nunca lleguemos a la cifra exacta pero sí a una buena aproximación. Pasaron 30, 40 años, hubo denuncias, comisiones, procesos de reparación, trámites; todas cuestiones que permitirían que ciertos organismos del Estado den una cifra bastante aproximada. Lo que sorprende es esa sacralización que lleva a prohibir hablar de ciertos temas.
 
— Es que son símbolos, y los símbolos tienen el valor de lo sagrado. El 30 mil orienta, es como la bandera argentina; hay distintas interpretaciones sobre la historia nacional pero todos podemos concluir que somos argentinos, aunque no entendamos la Argentina de la misma manera. La eficacia del símbolo es lo que genera también la potencia del cuestionamiento al símbolo. Tantos años después del juicio a las juntas, que es un piso a partir del cual no deberíamos estar discutiendo ciertas cosas, ya fue probado que fue un plan sistemático, etcétera, el esfuerzo estatal debería ir hacia avanzar lo más posible con la verdad. Y si después resulta que son 14.728, 19.921 u 8.960 no invalida la profundidad del daño. Son planos diferentes de la discusión. En el plano del investigador, recuerdo la conmoción que fue para mí un libro que vendían en Auschwitz, en Polonia, que era la historia del campo de concentración, pero en un sentido descarnado: quién lo administró de tal a tal año, cómo funcionaba, la lista de prisioneros… Nosotros elaboramos eso en gran medida judicialmente, pero no ha habido un esfuerzo estatal para sistematizar en términos históricos esa información, como no hay un informe oficial sobre la Guerra de Malvinas, que es el otro gran nodo que condiciona la recuperación de la democracia. Debería haber una política más activa del Estado, por ejemplo, proponer comisiones históricas de reconstrucción. Claro, es para matarse, pero no es que no existe esa información, falta un gran trabajo de sistematización.
 
— Vayamos al libro. ¿No hubo modo de obtener el testimonio de la familia de Ana María González?
 
—Yo intenté, ellos recibieron la notificación, supieron que estaba haciendo el libro pero la respuesta fue que no iban a dar testimonio.
 
— ¿Viven los padres?
 
— Vive la madre. Lo mismo me sucedió en el caso de la familia de Cardozo, la respuesta fue que era un tema muy sensible. Es comprensible, por supuesto. En el caso de la familia de Ana, la pasaron muy mal…
 
— Pudo ser mucho peor incluso.
 
— Sí, si uno piensa en casos como el de la familia Tarnopolsky (1) por ejemplo….
 
— O los Vaca Narvaja.
 
— O los Vaca Narvaja. No era una época en la cual no hubiera represalias sobre las familias. El esfuerzo para mí es tratar de entender una época saliendo de la lógica dolor personal o de la propia experiencia, porque ahí no hay discusión posible. No me puedo meter con el dolor de la familia de Cardozo, aunque tenga mi valoración sobre su figura como actor histórico. Y lo mismo sucede con Anita. Obviamente mi vocación de investigador me lleva a tratar de tener todas las fuentes posibles, pero hay un límite que es evitar volver a hacer pasar a las personas por una situación traumática. Por eso en este caso, salvo que me lo expresaran, cambié todos los nombres, y debo decir que es el primer trabajo en el cual tuve más pedidos de modificar la identidad y rechazos a aparecer mencionados que a la inversa. Y es lógico porque una cosa era encarar este libro hace 10 años y otra en el contexto actual.
 
— Una de las cosas más difíciles, me parece, para un historiador, es reconstruir la mentalidad de una época porque es difícil, casi imposible, ubicarse en el momento…
 
— Ahí está el problema. Uno de los epígrafes que elijo para el libro es que hay personas que encarnan con su vida los tabúes fundamentales. A Anita le tocó eso. Entonces, hay una voluntad de entender, pero cuando se entra en la arena de la discusión la gente automáticamente transforma en sinónimos entender y justificar. Yo puedo entender lo que Ana María González hizo, porque puedo reconstruir la época. No puedo estar en su cabeza, ni entrevistarla porque la mataron, pero me resulta injustificable en términos de lo que yo entiendo que es la política hoy. Lo cual no quiere decir que no haya una situación de profunda injusticia en que sobre ella o quien sea solamente hablen sus enemigos. Sobre todo cuando hubo una voluntad de exterminio y de olvido tan grande.
 
— ¿Qué opinás de la autocrítica de Martin Caparrós sobre el rol de su  generación, que es también la de Ana María González?
 
— No puedo opinar como generación. Caparrós es un modelo a seguir por muchos de los que intentamos escribir sobre aquella etapa pero expresa una fracción de esa generación que era, con el mayor de los respetos, la fracción ilustrada que contó la historia, que tuvo una cantidad de recursos simbólicos para referirse a la experiencia. No es el caso de muchos congéneres de él, no solo que no militaron sino que militaron en otros espacios, digo, alguien de la misma edad de Caparrós que podía venir, no sé, de La Cava, donde estaba la unidad básica de Anita, probablemente ni siquiera llegue a leer lo que publicó Caparrós y tenga una visión muy distinta sobre la época. Lo que más me gustó del artículo, porque lo comparto, y lo digo con pena, es esta sensación de fracaso de país. Lo que no comparto es esa lógica de "la culpa la tuvo nuestra generación", porque iguala a todos. Históricamente, no puedo decir que es todo lo mismo. No es la misma la responsabilidad de Caparrós que la de quien organizaba la patota de la Triple A. Hay un problema con ese concepto de "la culpa es nuestra". Si todos somos responsables nadie lo es.
 
— Sí, pero en los últimos años se simplificó tal vez demasiado lo de las responsabilidades. Decís en el libro que los errores de Montoneros están "sobreestimados". ¿No es al revés? En el momento del atentado a Cardozo, era evidente que el plan de exterminio de la dictadura estaba funcionando. Que el enemigo quiera matar a tus cuadros está dentro de la lógica; que tus jefes dejen que eso suceda y hasta lo fomenten con atentados delirantes que no iban a modificar el curso del enfrentamiento es la parte olvidada y no explicada en estos años. Aunque no sea tu intención esencial, tu libro expone esa lógica suicida de Montoneros.
 
— Creo que nosotros tenemos una cantidad de elementos ahora que no estaban disponibles en esa época para tomar decisiones, incluso en los niveles más altos. Segundo, que, con las posibilidades y el contexto que tenían, Anita y otros miles tomaron decisiones políticas. Entonces cuando yo digo sobreestimación de los errores de Montoneros, quiero decir que en la época de la dictadura hubo un esfuerzo muy grande propagandístico de construir esa idea de irresponsabilidad. No quiero decir que no lo hayan sido pero no es el interés del libro mostrar eso, honestamente, en todo caso es una discusión más política que histórica. Sí quiero decir que ese énfasis en marcar los errores desdibuja la responsabilidad de la represión en términos del grado de salvajismo desatado que también construyó esa respuesta. Yo trabajo mucho las represalias de los militares en el territorio de Anita, los fusilamientos disimulados como enfrentamientos. Pero eso es algo que ya sucedía desde el 75, incluso antes del golpe. Con lo cual uno puede preguntarse, y estoy criticando mi propio libro, si es tan cierto que el atentado de Anita generó esas represalias o si el grado de salvajismo ya era una decisión, ya estaba sucediendo.
 
— ¿Qué sensación anímica te dejó recorrer, a través de la historia de esta joven, la de toda una etapa tan trágica?
 
— Me dio muchísima melancolía, mucha. Pienso que no somos conscientes de la tremenda marca que ha dejado la dictadura en nosotros. Estamos todavía procesando eso y nos cuesta muchísimo pensarlo en términos proyectivos. Lo que me da melancolía es eso, no en el sentido que la historia da lecciones sino en el sentido de la dificultad para darle un sentido a la pérdida. Mientras uno esté atrapado en su dolor sin direccionarlo, la represión sigue ganando.
 
(1) Los padres, la hermana de 15 años y la esposa de Sergio Tarnopolsky, un soldado conscripto secuestrado por su pertenencia a Montoneros, fueron a su vez detenidos ilegalmente y asesinados. Sólo sobrevivió uno de los hermanos, Daniel, que no se encontraba en la casa familiar, el día del secuestro, el 15 de julio de 1976. 
 
por Claudia Peiró
Fuente: 

infobae.com 6/6/2017

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