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Trastienda de una cita con el heredero del Luna Park y los fantasmas de Tito Lectoure

Es el 28 de agosto de 2014 y Buenos Aires está desolada. Un paro general de la CGT para protestar contra el impuesto a las Ganancias y la administración de Cristina Kirchner confunde la postal con la de un feriado. La medida de fuerza es un éxito, pero nosotros tenemos que trabajar, porque los diarios salen todos los días. Ojalá no fuera siempre así. Hoy, por lo menos. Sobre todo, porque antes de ocuparnos de nuestras respectivas obligaciones, acordamos una entrevista con Esteban Livera, al que perseguimos por mail, chat, teléfono y conocidos en común durante los últimos cuatro meses. Por eso aceptamos todas sus condiciones. La hora, las 10 de la mañana, podría haber sido cualquiera, la que él ordenara. El lugar -un café con librería de Palermo- lo elegimos nosotros. Llegamos con tiempo y pedimos un cortado para cada uno. Él se hace desear. Sufrimos en silencio. ¿Y si no viene?

La investigación para el libro sobre el Luna Park en la que nos embarcamos avanza, aunque los dos sabemos que nos faltan testimonios como el que hoy vinimos a buscar. Livera no es un entrevistado más (un músico, por ejemplo, o un patinador de Holiday on Ice) de los miles que pasaron por el enorme estadio de Corrientes y Bouchard. Aunque lleve otro apellido, Livera es un Lectoure y pasó la mitad de su vida en el Luna. Su tío, Juan Carlos “Tito” Lectoure, el promotor de box más importante del país, soltero sin hijos, lo había elegido para que fuera su delfín, su sucesor, la futura cara del Palacio de los Deportes. Algo salió mal. Tito murió demasiado pronto, en 2002. Dos años y varias intrigas después, Esteban ya formaba parte del mobiliario del estadio.
 
Ernestina Devecchi, la tía política y amante secreta de Tito Lectoure, murió en 2013 y no les dejó ni un centavo de su millonaria fortuna, ni un centímetro cuadrado del Luna Park, a Esteban y su familia: se lo legó a Cáritas y la Obra de Don Bosco. El testamento, como si fuera un chiste, decía que a ellos sólo les cedía la bóveda familiar en Chacarita. Allí descansan los restos de Tito, su mamá y su tío, Pepe Lectoure, uno de los dos fundadores del estadio donde se conocieron Perón y Evita, donde Buenos Aires veló a Gardel.
 
La voz de Tito la conocemos por reportajes en televisión. ¿Cómo será la de Esteban, que sigue sin llegar? Cuando aparece, es fácil reconocerlo. Es el retrato viviente de un joven Lectoure. A sus cuarenta y pocos, tiene los mismos ojos achinados de su tío. Nuestra sugestión hace el resto.
 
¿Por dónde empezar? Por el principio. Esteban conoce el Luna Park como la palma de su mano. Aunque se crió en Mar del Plata, aprovechaba cada viaje para darse una vuelta por el estadio. En 1982, cuando era apenas un chico, “trabajó” por primera vez en el Luna: hacía de “buchón” de su tíó; lo que fuera para conseguir ver de garrón el mundial de vóley. Empezó a trabajar de verdad en 1991, cuando el box ya había pasado de moda y Lectoure y el Luna Park se reinventaban con Drácula, el musical de Pepe Cibrián y Ángel Mahler.
 
La primera hora se consume mientras Esteban navega entre sus recuerdos. Habla en presente. Su Luna Park no es el de hoy, es el que absorbió almorzando todos los días con su tío durante más de una década. En algún momento pasó de vigilante a “adscripto a la gerencia”, pero seguía cobrando menos que el empleado peor pago del estadio.
 
-Necesito un aumento. ¿Qué pasa si necesito comprar un auto?-dice Estaban que le preguntaba a su tío.
 
-Me pedís a mí- se contesta, imitando a Tito.
 
Por su boca sale la voz de Lectoure. Recrea diálogos y gestos. Sin que nadie se lo pida, se para en pleno café de Palermo y apoya los brazos sobre la mesa, como hizo en el despacho del Luna el día que su tío le prohibió irse de vacaciones con su novia.
 
—Escuchame una cosa: ¿vos querés que sea como vos?-repite.
 
—¿Como yo?- se responde con la voz de Tito.
 
-Sí. Que no tenga familia, que viva acá adentro- dice.
 
—No. Yo quiero que te cases, que tengas hijos, familia. No como yo, que no pude tenerla. Pero también quiero que el día de mañana manejes el Luna Park- concluye, como si fuera un actor recitando dos papeles de una obra.
 
No dejamos de hacer preguntas. Van a ser 4 horas desde que empezó la entrevista y no estamos dispuestos a dejarlo ir. ¿Y si nunca más nos atiende? Hemos entrevistado a amigos de Lectoure, hemos visto videos, montones de entrevistas, pero no habíamos visto al Juan Carlos Lectoure que nos enseña Esteban. Como nunca antes, sentimos que el Luna Park es también la historia de una familia, aunque todos tengan una anécdota para contar sobre un recital, una pelea, un discurso de Perón o de Balbín.
 
Ahora es marzo de 2017. Han pasado casi tres años desde aquella cita. Esteban, que vive en Pilar, que no necesita trabajar, sigue eligiendo caminos alternativos para evitar pasar por la puerta del Luna. Logró hacerle caso a su tío, se casó, tuvo hijos y manejó el Palacio de los Deportes el tiempo que lo dejaron. Un día, antes de que lo desplazaran, vio el espectro de su tío muerto parado en las plateas. Y jura que no ha sido el único. Hace poco, una de sus sobrinas -que nunca conoció al patriarca de la familia- volvió a verlo en el living de su casa: dijo que jugaba con alguien a quien nadie podía ver y que se hacía llamar Tito.
 
Guido Carelli Lynch y Juan Manuel Bordón son autores de Luna Park. El estadio del pueblo. El ring del poder (Editorial Sudamericana, 2017).
Fuente: 

Diario Clarín 2/4/2017

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