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ENTREVISTA A IVAN JABLONKA

Tras las pistas de los abuelos que no fueron

Poco antes de cumplir ocho años, Ivan Jablonka le escribió desde su casa en París una carta a sus abuelos, decorada con corazones y flores. El abuelo Mates y la abuela Idesa, sin embargo, nunca la leerían: habían desaparecido muchos años atrás, como tantos otros judíos europeos, en la noche y la niebla de Auschwitz. El niño prometía, en esa carta, pensar siempre en ellos. Con los años, Jablonka se doctoró en Historia en la Sorbona. Hoy, a los 43 años, acaba de ganar el Premio Medicis, es profesor universitario, editor y autor de varios libros. Entre ellos, uno que cumplió la promesa hecha en esa carta de la infancia: pasó cinco años investigando la vida de sus abuelos y el resultado de su periplo por archivos, documentos y entrevistas en Polonia, Francia e incluso la Argentina –donde dos hermanos de Mates se habían exiliado antes de la Segunda Guerra Mundial- es Historia de los abuelos que no tuve, una “biografía de investigación”, como la define.

Recién reeditado en la Argentina, el libro recibió en Francia críticas descollantes por su manera poco ortodoxa de contar uno de los episodios más terribles de la Historia desde la vida de dos personas anónimas. Y desde el propio historiador: Jablonka muestra también el dobladillo de su investigación, sus desencantos y descubrimientos. Merecedor en su país natal de premios como el Guizot de la Academia Francesa, Jablonka estuvo en Buenos Aires a presentando su libro, editado aquí por Libros del Zorzal.
 
- ¿Cómo decidió convertir en un libro la historia de sus abuelos?
 
-Mi padre nunca me lo dijo explícitamente, pero supe desde siempre que mis abuelos habían desaparecido. Después me volví historiador, y retrospectivamente, hoy me digo que fue para poder escribir este libro. Otro momento importante fueron las lecturas que me mostraron que eso era posible, porque cuando uno es historiador, escribir sobre sí mismo o sobre anónimos es casi un tabú. Por ejemplo, la biografía escrita por el historiador Alain Corbin sobre un hombre analfabeto que vivió en siglo XIX. La cuarta etapa fue convertirme en padre. Tengo tres hijas, era importante para mí comprender mi historia para que ellas supieran de dónde vienen.
 
- “Voy a conocerlos”, se ilusiona en el comienzo del libro. ¿Cuáles son los mayores descubrimientos que cree haber encontrado?
 
- Cuando empecé mi investigación no se sabía nada, solo las diez líneas que alcanzan para escribir una necrológica. Y el desafío para mí era escribir una biografía y no una necrológica. Más allá del caso particular de mis abuelos, estudié situaciones históricas muy poco conocidas, como el rol de los judíos comunistas durante la entreguerra o el funcionamiento del Sonderkommando de Auschwitz (los judíos encargados de vaciar las cámaras de gas), al cual es casi una certeza que mi abuelo perteneció.
 
Viajé a Buenos Aires por la investigación de mi libro. Hablamos de Auschwitz y de los abuelos tomando mate y haciendo un asado".
 
Mates e Idesa habían nacido en Parczew, un pueblo al oeste de Polonia. Ambos eran idealistas y jóvenes durante los años 30, cuando fueron encarcelados un tiempo por su militancia en el Partido Comunista. Bajo el clima enrarecido del final de la década, se exilian en Francia. Jablonka tiene una hipótesis: que el destino final de sus abuelos era la Argentina, pero la falta de dinero y de papeles los hicieron desistir de reunirse aquí con los hermanos de Mates. Sin hablar el idioma, sobreviviendo como talabartero, Mates se enrola en la Legión Extranjera mientras Idesa cría a sus dos pequeños hijos. El nazismo los atrapa en París a principios de 1943, en una habitación del barrio de Ménilmontant -a dos cuadras, descubre Jablonka, de donde él vive hoy. “Mis abuelos salen del mundo de los vivos”, escribe. Habían logrado poner a salvo a sus hijos con unos amigos. El matrimonio es deportado a Auschwitz. Ninguno de los dos sobrevivirá.
 
-¿Cómo fue el reencuentro con su familia argentina?
 
- La tutora de mi padre había escrito a sus parientes en la Argentina avisando con tristeza de la desaparición de Mates e Idesa y mi padre luego vino muchas veces de visita, pero yo viajé por primera vez a Buenos Aires por la investigación de mi libro. Fue muy conmovedor, porque hablamos de Auschwitz y de los abuelos tomando mate y haciendo un asado. Una mezcla de cultura judía, francesa y argentina. Es un lindo ejemplo de lo que se llama la diáspora.
 
- Usted escribe que no cree que la historia y la memoria deban estar separadas.
 
- No, pero hay una relación jerárquica. Las ciencias sociales pueden estructurar la “literatura de lo real” e, inversamente, la escritura puede modernizar las ciencias sociales. Rodolfo Walsh, Javier Cercas, Primo Levi, Svetlana Alexiévich, Patrick Modiano…Mi libro pertenece a esa gran familia de “literaturas de lo real”, pero creo que las ciencias sociales pueden aportar herramientas para reforzar ese tipo de escrituras.
 
- Su nuevo libro, Laetitia, sobre una chica de 18 años que fue asesinada en 2011 se convirtió en un best seller en Francia. ¿Tiene puntos en común con la manera en que contó la historia de sus abuelos?
 
-En ambos quise reconstruir la vida de aquellos que desaparecieron en un crimen tan enorme que su vida fue no sólo destruida, sino totalmente borrada. En el caso de mis abuelos eran carne de Auschwitz antes de que yo empezara el libro y de la misma manera antes de empezar el libro sobre Leticia, ella era sólo una víctima de un suceso policial en el noticiero. Por eso quise contar su historia, para que existiera no por su muerte, sino por su vida. Yo diría que esa es mi misión: esa gente no merecía ser asesinada y aún hoy no merece ser olvidada. Contar su vida es una manera de reparar el mundo.
 
por Ana Wajszczuk
Fuente: 

Diario Clarín 16/12/2016

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