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"Soy el guardián de la tumba vacía de Napoleón"

Así se presenta el único francés residente en Santa Elena en un libro sobre su experiencia de 30 años en una isla perdida en medio del Atlántico y a la que sólo se llega por barco tras 5 días de navegación.

 
"El aburrimiento era mortal para Napoleón", dice Michel Dancoisne-Martineau, cónsul honorario y conservador de los llamados "Dominios franceses de Santa Elena", la isla en cual Bonaparte pasó sus últimos seis años de vida.
 
Créase o no, "hasta el año 2000, Napoleón seguía recibiendo correspondencia en Santa Elena", cuenta Dancoisne-Martineau, a tal punto el célebre corso sigue despertando pasiones, aun después de muerto.
 
Recordemos que, en mayo de 1814, el emperador Napoleón, obligado a abdicar por la coalición que integraban Austria, Rusia, Prusia y Gran Bretaña, llegó como soberano exiliado a la isla de Elba, frente a las costas de la región italiana de Toscana. Hiperactivo como siempre, una vez que hubo construido cloacas, saneado la ciudad y diseñado los parques y jardines de su nuevo y diminuto imperio, Napoleón se fugó de Elba -el 26 de febrero de 1815- con un puñado de hombres, desembarcó en el sur de Francia y, en 22 días, llegó a París caminando y recuperó su trono. Sin disparar un tiro.
 
Pero esta restauración fue breve. Y, en su segunda abdicación, luego de Waterloo, el Emperador de los franceses cometió el error de pedir asilo a los ingleses que esta vez se curaron en salud enviándolo prisionero a Santa Elena, una isla inhóspita a 2000 kilómetros de la costa africana (Angola) y a 3.000 de la americana (Brasil).
 
En palabras de Dancoisne-Martineau, "un búnker que sobresale del agua". Con sólo el Atlántico Sur como horizonte. Aún así, los ingleses enviaron dos escuadrones de infantería y una flota, 2.500 efectivos en total, para vigilar al ilustre y temido prisionero.
 
En 1858, su sobrino, Napoleón III, compró para Francia Longwood House, la casa en la cual Bonaparte pasó la mayor parte del tiempo en Santa Elena -y donde murió- y el llamado Valle de la Tumba, es decir el predio en el cual pidió ser sepultado y donde descansaron sus restos hasta la repatriación, en 1840 (hoy se encuentran en un panteón en Los Inválidos, en París). Más tarde, una familia donó a Francia el llamado pabellón Briars, la primera residencia del Emperador depuesto en Santa Elena. En total, los tres sitios suman 16 hectáreas, propiedad del Estado francés.
 
 
Instalado desde el año 1985 en esta isla británica -a cinco días de navegación de la costa sudafricana- Michel Dancoisne-Martineau, 50 años, es el encargado del mantenimiento de los dominios franceses. Una de sus tareas es el cuidado de los jardines que rodean Longwood y que fueron diseñados por Napoleón. También debe velar por la conservación de las 14 hectáreas de bosque que rodean la que fue la tumba imperial por 19 años y cuya ubicación exacta, en un valle, fue elegida por Bonaparte mismo.
 
Lo llamativo es que Dancoisne-Martineau, único francés residente en Santa Elena, no vino a la isla atraído por la historia de Napoleón sino por curiosidad y sed de aventura. La isla, a su llegada, todavía era el lugar de retiro de cazadores de tigres. El cónsul no era fan de Napoleón, pero aprendió a conocerlo, sostiene. Así lo demuestra en lo que sigue.
 
"La isla no es acogedora -dijo recientemente en entrevista con el diario Le Figaro-. Pero poco a poco, uno termina descubriendo que hay otras cosas. Lo que me hace permanecer es la vida en comunidad, un ritmo que se pega a la piel. Hay que abdicar de todo individualismo. Santa Elena es un punto de llegada, no de partida".
 
Al periodista que increíblemente le replica "como lo fue para Napoleón en su tiempo…", lo corrige: "El de él fue un exilio forzado, no se puede comparar. Napoleón debía permanecer dentro de un determinado perímetro alrededor de su residencia. No tenía derecho a comunicarse con la población. Longwood, la casa en la cual vivió, está a 500 metros de altitud. La niebla y la humedad son una constante. Esto aniquila la noción del tiempo. Los elementos climáticos acentúan la monotonía de los días que pasan. El aburrimiento era mortal. La lentitud era la peor de las torturas para él. A los 45 años, con la vida que había tenido, debe haberlo sufrido".
 
Sobre el estado de la casa en la cual se instaló el emperador con su pequeña comitiva de 23 personas, entre acompañantes y personal doméstico, dice: "Humedad, telarañas, goteras… Cuando uno ve por primera vez la habitación en la cual murió Napoleón es un shock".
 
La casa fue saneada y restaurada, especialmente para el bicentenario de la llegada de Napoleón a la isla que se cumplió el 17 de octubre de 1815 y fue conmemorado, entre otras cosas, con una reconstrucción, por los residentes del lugar, del arribo del Emperador a Santa Elena. Ya no hay humedad chorreando por los muros, ni olor a moho, como en aquellos tiempos históricos. Pero la luz sigue siendo mortecina porque la habitación del Emperador está muy confinada.
 
Los "dominios franceses" de Santa Elena reciben entre 5000 y 6000 visitantes cada año que llegan usando el único servicio fluvial que une a la isla con Ciudad del Cabo (Sudáfrica). A ello hay que sumarle los cruceros que, cuando atracan allí, vuelcan hasta un millar de pasajeros a la vez.
 
¿Visitas oficiales de Francia? "Nunca, Santa Elena es políticamente incorrecto, es el exilio, el fin", responde Dancoisne-Martineau.
 
Acerca de las propuestas -que nunca faltan, porque Napoleón sigue teniendo enemigos después de muerto- de que Francia devuelva esos dominios, Dancoisne-Martineau, responde, categórico: "Es aberrante; se considere a Napoleón como un genio o como un verdugo, este fue un episodio único de nuestra historia. La vida de un soberano en exilio es fascinante".
 
El cónsul honorario explica que escribió el libro Je suis le gardien du tombeau vide ("Soy el guardián de la tumba vacía", Flammarion, 2017) con la esperanza de que los visitantes dejen de concentrarse en su persona -muchos quieren encontrarse con él, dice, para contar que vieron al "único francés de Santa Elena", o "ese tipo raro que se instaló allá"– y responder de una vez a la curiosidad general que despierta su figura.
 
"Se me considera a veces como una atracción. Este libro está acá porque una vez que se ha dicho todo, uno no puede más que callar. En esta isla, el silencio es importante. Me siento muchas veces desamparado y frustrado cuando los medios (franceses y sobre todo británicos) que vienen a Santa Elena hacen 'color' concentrándose en mi persona", dice. Espera ganarles de mano con este libro porque "los proyectores deben estar sólo enfocados en Napoleón".
 
También espera de este modo promocionar el trabajo que Francia hace en la isla a través de él. Un trabajo múltiple y variado: "En estos dominios, debo ocuparme de los jardines, de la renovación de los edificios, de programar los trabajos, llevar la contabilidad, pero también del museo, del estudio de los documentos y de las colecciones. Exponemos cerca de 900 objetos, entre ellos unas 120 piezas del mobiliario que estaba en Longwood House cuando Napoleón murió. También me ocupo de las relaciones públicas y del financiamiento de los proyectos". Además, Dancoisne-Martineau viaja con frecuencia a Francia para recaudar fondos.
 
La isla de Santa Elena fue descubierta en 1502 por un navegante portugués -cuando no- y pasó al dominio de los británicos desde el siglo XVII. Tiene 122 kilómetros cuadrados y, actualmente, 4.500 habitantes. Es muy rocosa y, como cuenta el único francés que actualmente reside en ella, la niebla es una constante.
 
Napoleón murió el 5 de mayo de 1821. Había nacido el 15 de agosto de 1769 en Ajaccio, la Córcega recién francesa. Tenía 51 años. Fue sepultado en el sitio que él mismo había elegido.
 
Durante seis años, había librado una lucha contra el olvido y la difamación dictando sus memorias a sus camaradas de exilio, siendo el mejor signo de éxito de esa empresa el Memorial de Santa Elena, redactado por el conde Emmanuel de Las Cases. Un libro varias veces best-seller y traducido a infinidad de idiomas.  
 
Como dice el guardián de su tumba, una de las principales fuentes de sufrimiento para el Emperador desterrado fue la falta de interlocutores. Para colmo, el conde de Las Cases fue expulsado de Santa Elena al año de haber llegado a la isla, con lo que el círculo de sus relaciones permitidas se redujo aún más.
 
Pero, además, Napoleón libró en esos seis años otra sorda batalla, por su dignidad, negándose a todo contacto con el gobernador de Santa Elena, sir Hudson Lowe, desde que, en su primero y único encuentro, éste se empeñó en llamarlo "señor" Bonaparte, sin reconocerle su dignidad imperial. Nunca más lo recibió y se murió sin volver a dirigirle la palabra. El otro destinaba su tiempo a tratar de complicarle la existencia lo más posible, reduciendo por ejemplo el radio en el cual podía desplazarse, al punto que Napoleón dejó de andar a caballo, o bien planteando que Longwood House debía achicar gastos y otras humillaciones por el estilo.
 
El año pasado, Santa Elena fue escenario de un escándalo por un aeropuerto destinado a poner fin al aislamiento de la roca. Debía inaugurarse en junio de 2016, pero al parecer los estudios de factibilidad no se hicieron bien. Todos los intentos de aterrizaje fueron frustrados por violentas turbulencias. El relieve que rodea la pista produce un efecto de cizalla del viento.
 
La inauguración fue pospuesta, si es que se realiza algún día. La inversión fue enorme ya que todos los materiales vinieron por barco desde Ciudad del Cabo. Además, hubo que rellenar el terreno desplazando millones de toneladas de roca. Se calcula una inversión de 330 millones de euros. La apuesta era a un incremento del turismo -una veta poco explotada en Santa Elena- que por ahora deberá esperar.
 
Aunque no faltan los residentes que están muy contentos de seguir viviendo lejos del mundanal ruido en la isla que Napoleón Bonaparte hizo célebre a su pesar…
 
por Claudia Peiró
Fuente: 

infobae.com 13/5/2017

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