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Sandro bajo la lupa y la verdadera identidad de Rosa-Rosa

El musicólogo Pablo Alonso analizó todas las canciones que escribió Roberto Sánchez en su carrera. Y publicó un libro de 700 páginas en donde rastrea sus influencias, inspiraciones y pone en valor su obra, incluso críticamente. En esta nota exclusiva para Viva, revela el lado B del ídolo.    

Sandro elaboró un personaje artístico que le debía a muchos pero que, por la improbable confluencia corporizada en él, terminó constituyendo un sello propio. Ya en Valentín Alsina estaba el fan de Elvis Presley o Little Richard, pero también el cantante de boleros en serenatas y el tanguero que seguía a Alberto Morán. Pasada su primera fase orientada al rock and roll, Sandro terminó de definirse como tal ante Argentina –y muy pronto el resto de los públicos hispanos de América– cuando incorporó en su estilo como autor e intérprete la influencia de cantautores europeos como Gilbert Bécaud, Jacques Brel o, especialmente, Charles Aznavour.
 
Sandro tomó de Aznavour melodías, armonías, frases de letras y hasta arreglos. Pero todo esto, además del bolerista y el tanguero que llevaba dentro, fue cruzado con un barítono y una impronta sexual que venían de Presley y luego también de Tom Jones. En esta vuelta de tuerca está una de las claves de su éxito.
 
“Un botón basta de muestra; los demás... a la camisa”, concluía Sandro su recitado con acompañamiento de guitarra española Es el amante (1971). Y como botón de muestra, pensemos en Rosa... Rosa (1969), que sigue siendo la canción más asociada a él, aunque no la tenía entre sus favoritas. Alguna vez, Sandro explicó la letra, plena de melodrama bolerístico (“Nunca pidas que mi amor se muera; si algo ha de morir, moriré yo por ti”), como una analogía entre la mujer y la flor. Ciertamente, la rosa ya había aparecido para entonces en varias de sus canciones: “tendrás quién te lleve las rosas” (Como lo hice yo), “poemas, amor y rosas” (Tengo), “como una rosa desecha por el viento” (Así) y Lluvia de rosas.
 
Pero el nombre Rosa también refería a Rosa Díaz, por aquél entonces la empleada doméstica de la familia López Ruiz (y no de Sandro –cuidado– como se menciona en un libro). El “Gitano” disfrutó de su cocina muchas veces, ya que solía visitar a Jorge López Ruiz –quien entre 1967 y 1970 arregló la mayoría de los clásicos de Sandro– para mostrarle sus nuevas canciones. “Todas las noches [Sandro] venía con el Renault Dauphine hecho mierda porque no quería que nadie lo reconociera, desde Lanús hasta mi casa en Martínez, a comer, y ahí me tiraba una punta de temas. Laburábamos como locos, cada vez que grabábamos doce temas teníamos cien para elegir: un disparate”, recordaba López Ruiz.
 
De acuerdo al relato de López Ruiz sobre el origen de la canción, “A él (Sandro) se le ocurrió porque venía a comer y entraba cantando ‘Rosa, Rosa, qué me preparaste’. Y (le sugerí) ‘Escribí un tema, boludo’. Porque además Sandro siempre fue fanático de la cocina.” López Ruiz dice no conocer el tema de Aznavour Tout se’n va (1967), que su autor también grabó en castellano como Lo que fue ya pasó. Ambas versiones son de 1969, el mismo año de Rosa... Rosa. En los dos idiomas, Aznavour nombra a varias mujeres, entre ellas, Rosa. Y cada vez que lo hace, exclama: “Rosa... Rosa”.
 
La música de Rosa... Rosa se grabó el 5 de marzo de 1969. La CBS (hoy Sony) sólo conservó las fechas en las que se registraban los instrumentos, por lo que no se puede establecer cuándo cantó Sandro: muchas veces ponía las voces semanas después; incluso, en algún caso, meses. Ese día también se grabó la base de dos baladas. Una de ellas, Cuando existe tanto amor, con música de Sandro y letra de Silvio Soldán, había sido escrita, según recordaba el animador televisivo y radial, en los tiempos libres que les dejaba la grabación del programa El Special, de Canal 9, con el que Sandro tenía por entonces un contrato de exclusividad.
 
Curiosamente, Rosa... Rosa era el lado B del simple que llevaba como supuesto caballito de batalla a Cuando existe tanto amor, pero el gusto del público y programadores radiales invirtió los lados. Aun así, Soldán estaba contento: “Yo cobraba fortunas en SADAIC”.
 
La historia de Rosa... Rosa es más extensa: hay que incluir sus distintas grabaciones para películas y su versión del álbum que Sandro realizó en San Pablo para el mercado brasileño, editado allí recién en 1978. La música de Sandro cubre, sesión a sesión, todas las canciones que grabó entre 1963 y 1979, y también repasa no sólo el resto de los discos de su carrera, sino canciones que compuso pero sólo fueron grabadas por otros artistas como Estela Raval o José Angel Trelles o comercializadas como partituras.
 
Para terminar el libro La música de Sandro. Cómo se hicieron sus canciones, que sale en unos días, pude tener acceso al archivo de papeles que Sandro conservaba: desde un libro de actas en el que escribía las letras del primer repertorio de Los De Fuego, hasta los poemas para su último disco, pasando por decenas de canciones y poesías inéditas que representan lo que Roberto Sánchez se quejaba “que Sandro no le dejaba hacer”.
 
Pero a través de la carrera de Sandro también se puede contar cómo funcionaba en esos años el sistema de producción de música en Argentina y las maquinaciones en toda la región de la industria del disco. Hubo promotores de una compañía que rayaron en una radio los simples de la competencia. Y en 1976, la revista Billboard explicaba que, en contraposición a una Argentina en retirada por el “disruptivo mal manejo de Perón”, la ascendente influencia regional de Brasil en el mercado se debía al “continuo crecimiento económico bajo la dictadura militar”, logrado a costa de la pérdida de libertades individuales... pero todo no se puede.
 
Si Cortázar definía su novela Rayuela como varios libros en uno, pero por sobre todo dos, podría decir que este libro sobre Sandro sería cuatro o cinco. No es una biografía, pero aquí hay más sobre Roberto Sánchez –con lo personal siempre incluido en función de cómo se articula con su carrera– que en cualquier biografía publicada. Por ejemplo: su quijotesco proyecto del sello discográfico propio a fines de los ochenta y principios de los noventa, Excalibur, dice más sobre su forma de ser que la serie de romances que se le atribuyen. En todo caso, hay que explicar cómo los romances (porque, además, hubo una época en los sesenta en la que Sandro le presentaba novias a la prensa) eran parte de un mecanismo publicitario en donde solía haber más humo que otra cosa.
 
Es hora de dejar varias cosas en claro. El rol de Sandro en el rock argentino es una de ésas. Por ejemplo, su presencia en La Cueva: hizo allí menos de lo que él decía, y más de lo que otros dicen. Fue el mejor cantante de rock and roll en este país, pero cuando el rock se comenzaba a definir como un pequeño movimiento contracultural, Sandro realmente ya estaba en otra cosa.
 
Además, existe un equívoco con respecto al rol de su manager. Oscar Anderle era el socio 50/50 de Sandro en todo (según a quién se le pregunte, un acuerdo razonable o leonino), y eso incluía la firma de canciones, hasta que en 1981 Sandro se cansó y comenzó a rubricar en soledad. En realidad Anderle, quien también tenía un pasado como cantante de orquestas “de jazz”, a veces colaboraba en las letras, pero más que nada se limitaba a vender lo que Sandro había creado. Aun así, todavía está instaurada la idea de que el apoderado era el cerebro detrás de las canciones. Este malentendido fue alimentado por el hecho de que después de 1988, el año de la muerte de Anderle, Sandro grabó muy pocos discos.
 
Pero Sandro era un personaje excesivo. Sea en sus vibratos o sea en el derroche de metros de film antes del montaje final de su debut y despedida como director de cine (Tú me enloqueces). Por lo cual, no creo que sean excesivas las 700 páginas que les dediqué a todas sus canciones, analizadas una por una. Pero al final del día, lo importante es poder pensar en música popular desde un lugar riguroso y a la vez apasionado, con el fin de apreciar en su justa medida al artista que siempre estuvo detrás del mito.
 
por Pablo Alonso
Fuente: 

Diario Clarín 18/12/2016

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