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Aniversario

Obelisco 80 años, su biografía no autorizada

A vos te parece que es eterno y que está perfecto donde está porque siempre lo viste ahí, en Corrientes y 9 de Julio, luciendo sus 68 metros de tersa arquitectura racionalista. Pero si te ponés a pensar, no siempre existió y tal vez hasta esté sobrando. Para empezar, no es tan viejo como parece, es más joven que mi padre: el 23 de mayo próximo cumple 80 (el Obelisco, no mi papá). Lo que te quiero decir es que en términos de la vida de una ciudad como Buenos Aires, que es bastante nueva pero ya tiene más de 400 años, la antigüedad del Obelisco es poca, bastante poca, ¿no?

Pero no te voy a preguntar qué te parece a vos, te voy a contar que, para muchos, el Obelisco nunca se tendría que haber construido y, para otros, que esté ahí, justo ahí, no es casualidad. Es más, aseguran que detrás de su construcción se esconden oscuros e inconfesables designios. Ahora, acá es donde te dejo en claro que no me hago cargo de la opinión de otros, sólo quiero sacar a la luz algunas interpretaciones no tan conocidas.
 
Todo empezó cuando me pidieron esta nota con la advertencia: “No quiero la historia de siempre, no quiero lo que aparece en Wikipedia”. Dicho y hecho, lo primero que hice fue consultar Wikipedia, en donde está todo lo que ya sabemos: que el Obelisco se construyó para conmemorar los 400 años de la fundación de Buenos Aires, que en ese lugar se había izado por primera vez la bandera patria, que se levantó en solo dos meses, que está construido sobre tres túneles superpuestos del subte, que mide tanto, que pesa tanto, que pin, que pan, que pum. Nada nuevo.
 
Ahí fue cuando me acordé del arquitecto Carlos Urria, un lector que me escribió hace un año, cuando el Gobierno de la Ciudad había inaugurado el edificio de la Jefatura en Parque Patricios. En ese entonces, misterioso, Urria advertía: “Cuando me enteré de que el inglés Norman Foster construiría la nueva sede de Gobierno, me puse a mirar la localización del edificio y descubrí las cosas que el pillo de Foster le hizo a Mauricio Macri y de paso a la Ciudad de Buenos Aires”.
 
Vos, como yo, te preguntarás qué tiene que ver eso con el Obelisco, y es que Urria tiene una rara especialidad: analiza la realidad histórico-política mirando la relación geométrica entre los edificios. Para él, el monumento de la 9 de Julio es funesto y lo comprueba a través de su relación geométrica con la Casa Rosada, la Embajada Británica, la Torre de los Ingleses, la nueva sede de Gobierno de la Ciudad y hasta con la Embajada China.
Me quedé helado. Mientras trataba de recuperar mi contacto con Urria para saber algo más de su interpretación, me puse a leer y releer la Wiki historia oficial del Obelisco y ahí aparecieron algunas contradicciones. Porque fijate vos que el Obelisco se construyó durante la presidencia de Agustín P. Justo y coincidió con la apertura de la futura “avenida más ancha del mundo”. Y lo que no se entiende es por qué el gran presidente conservador, antidemocrático y padre fundador de la Década Infame, quiso recordar el lugar en que se izó por primera vez el pabellón nacional demoliendo la iglesia San Nicolás de Bari donde flameó “la insignia que Belgrano nos legó”. Lindo homenaje le hizo.
 
Escarbando un poquito más te das cuenta de que el general Justo tenía pasión por demoler. Empezó con la democracia y después ordenó derribar cinco cuadras entre Bartolomé Mitre y Viamonte para que apareciera la 9 de Julio, ahí nomás le plantó el Obelisco y, antes de irse, mandó demoler la Casa Rosada. ¡Sí, la Casa Rosada! Decí que se armó tal escándalo que el presidente entrante suspendió las obras. Hoy, si la mirás bien, en el lado derecho, a nuestra casa de gobierno le falta un pedazo.
 
Pero eso es otra historia, vos querías saber por qué pusieron el Obelisco en ese lugar y yo también. Porque la explicación de la bandera no da y para hacer un monumento a la fundación de Buenos Aires podían haber elegido mil lugares, nunca uno que ni siquiera existía en ese momento. Así es que me puse contento cuando recibí el e-mail de Urria en el que proponía un encuentro en un lugar de Buenos Aires que no puedo revelar.
 
Quise ir a la reunión con un poco más de data que la que me ofrecía Wikipedia y empecé a buscar libros. Ahí me enteré de que, para los entendidos de la época, eso que se abrió paso de la noche a la mañana en medio de una enorme demolición ni siquiera era un obelisco. De ahí tanta resistencia.
 
Para los eruditos, obelisco era un artefacto inventado por los egipcios, hecho de una sola piedra tallada de arriba a abajo.
 
El monumento porteño era otra cosa, estaba hecho de hormigón y ladrillos, no tenía ni el típico basamento ni las inscripciones de rutina. Era tan liso e inexpresivo para el paladar afrancesado de la época que lo podrían haber llamado Obe-liso y no hubiera pasado nada.
 
En esa época, también estaban los que acusaban al Obelisco de generar problemas urbanísticos, como cortar las visuales de las avenidas Corrientes y Diagonal Norte. Era como tener un tipo parado delante del televisor cuando están transmitiendo tu partido favorito.
 
Geometría y después. No era mucho lo que llevaba a mi encuentro con Urria pero intuía que iba a estar más para escuchar que para explicar. Y así fue. Apenas llegué, el arquitecto extendió una docena de planos del centro porteño prolijamente impresos en cartulina en los que se podían ver figuras geométricas superpuestas en amarillo y blanco. “He aprendido a leer el comportamiento de los funcionarios que habitan los edificios públicos a través de sus posiciones geo-urbanas y de su interrelación geométrica”, largó, y pasó a explicarme su interpretación del emplazamiento de la nueva sede de Gobierno de la Ciudad con respecto al Obelisco.
 
“Con ángulo recto (90º) en la Nueva Sede de Parque de los Patricios, se arma un triángulo en el que un cateto termina en la Embajada China y el otro en la Casa Rosada”, dijo. “Si hago otro triángulo con el ángulo recto en la Casa Rosada, el cateto mayor termina en la nueva sede de Gobierno y el menor en la Embajada Británica.”
 
Urria explicaba didácticamente, pero el relato se me hacía cada vez más difícil de seguir. Decidí tomar la mayor cantidad de notas posibles. “Para apoyarme en el análisis –continuó–, si tomo el ángulo recto del primer triángulo y trazo una línea a los 72º llego a la Torre de los Ingleses, 72º es el ángulo central de los ‘gajos’ de un pentágono. Si tiro una línea desde la Torre de los Ingleses hasta la Nueva Sede... la línea pasa por el nefasto Obelisco. Y forma un ángulo de 52º con la línea que llega a la Embajada Británica, casi el ángulo de la pirámide de Keops... no es casual”, me explicaba siguiendo con sus dedos las líneas amarillas del dibujo. “Si trazo una línea desde la Torre de los Ingleses a la Embajada China... la línea pasa a metros de la Embajada Británica ¡Y la línea que une la Embajada China con la Casa Rosada pasa por el Obelisco...!”
 
El análisis geométrico de Urria era inagotable, por todos lados surgían triángulos, círculos y rectas que se cruzaban. Le pregunté en qué disciplina se basaba para relacionar estos hitos y me dijo que su análisis era de arquitecto. “Geometría básica: Repetto, Linskens y Fesquet”, agregó, y soltó su interpretación del mensaje oculto que sólo revelaban sus planos.
 
Como Norman Foster desconoce el origen y finalidad que tuvo para la masonería inglesa la construcción del Obelisco, lo tomó como un hecho benéfico cuando resulta ser todo lo contrario. Lo mismo le pasó a los chinos”.
 
Sentí que toda mi información pasteurizada de Wikipedia se me atragantaba en el esófago. Urria no paraba, desplegaba más planos que permitían múltiples análisis a partir de la ubicación de Tribunales, del Banco Nación, del Central, del Ministerio de Hacienda y más. En otro plano apareció un triángulo que unía el Parlamento británico, el Palacio de Buckingham y la Corte de Justicia en Londres. En el medio, Downing 10, las oficinas del Primer Ministro. “Este es para mostrar cómo lo hacen los ingleses en su propio país.” “Mis estudios difieren de los que realizan los analistas políticos. En los míos, veo las conductas permanentes.
 
Los analistas políticos ven conductas variables que cambian semanalmente, de las que después, nadie se acuerda.” Le pregunté si creía que sus datos sobre Buenos Aires podían ser tan determinantes. “La geometría es impecable ¿Tiene solución? Sí: degollar el Obelisco y demoler la Torre de los Ingleses.” Me fui pensando que dos años después de construido, el Concejo Deliberante decidió demoler el Obelisco pero el Presidente, Roberto Ortiz, lo evitó. Hubiera sido una solución de raíz para los problemas geométricos de Urria.
 
por Miguel Jurado
Fuente: 

Diario Clarín 15/5/2016

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