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UN RESONANTE CASO POLICIAL DE 1926

No hay cianuro

Carlos A. Ray era médico y concejal radical en la Capital Federal y su muerte desencadenaría un intricado caso policial que ocupó varias tapas de diarios y que hasta mereció un tango.

Ray vivía con María Poey de Canelo, una cordobesa de 31 años, y con la hija de ella, de 14 años. Se rumoreaba que había tenido varios amantes. La pareja vivía en un amplio chalet en Vicente López, y contaba con los servicios de una mucama y de un mayordomo.
 
 
Solían organizar cenas, con largas sobremesasm matizadas con partidas de cartas. Así lo hicieron el 9 de septiembre de 1926. En la madrugada del día 10, los vecinos se despertaron con los pedidos de auxilio de María Poey. A las 5:30, asomada al balcón, realizó dos disparos al aire para reclamar ayuda. Carlos Ray yacía muerto, boca abajo, en el piso del dormitorio. Tenía un tiro en el pecho y vestía ropas de calle. 
 
La versión que dio la mujer es que dos ladrones habían ingresado a la vivienda y que, luego de revolver cajones en distintos ambientes, fueron sorprendidos por Ray, quien intentó defenderse. Algunos vecinos aseguraban haber visto escapar a dos individuos, pero sin dar mayores precisiones. Otros expresaron no haber visto a nadie.
 
Las sospechas fueron inclinándose hacia María Poey cuando tanto la mucama como el mayordomo declararon que habían escuchado discutir a la pareja alrededor de las cinco de la mañana. El médico policial determinó que la hora de la muerte se acercaba más a las 2 de la mañana, y no a las 5. A la policía le llamó la atención que no hubiera sangre en el piso del dormitorio. 
 
La causa dio un vuelco cuando, en un estudio preliminar de las vísceras del cadáver, se habían encontrado restos de cianuro. Entonces, para los investigadores, el caso cerraba: María Poey había envenenado al marido y para cubrirse, le había efectuado un disparo, echando a correr la versión de los ladrones. Por tales motivo, detuvieron a la mujer y a José Pereira, uno de los amigos que había participado de la cena. Y el juez amplió las detenciones para todos los que habían concurrido esa noche, incluido el personal de servicio.
 
Durante las 36 horas que duró el interrogatorio, María Poey sostuvo su versión. El juez hasta llamó a prestar declaración testimonial a los hombres que en algún momento habían tenido que ver con ella. Luego de 90 días de encierro, la policía descubrió que Rosendo Antín, su hermano Víctor y José Llacoy eran los verdaderos culpables. 
 
Cianuro
 
Todos los medios siguieron el caso con especial atención, y el que solía llevar la delantera era el periodista de policiales del diario Crítica, Gustavo Germán González, más conocido como GGG. Cuando la justicia ordenó una segunda autopsia, González sobornó a un empleado de la empresa funeraria; éste le prestó sus ropas de trabajo, fue a cambiarse en un baño de un café cercano y con la complicidad de un policía, participó de la autopsia. Cuando los forenses dictaminaron que no había cianuro, González se apareció con la misma ropa que le habían prestado y con la primicia, que fue informada en letras tipo catástrofe en la edición vespertina de Crítica: "No hay cianuro", decía. Ese día, el tiraje del diario alcanzó una cifra récord.
 
Tal fue el impacto del título que el 27 de marzo de 1927, Osvaldo Fresedo estrenó el tango que no podía llamarse de otra manera: "No hay cianuro". 
 
 
 
Fuente: 

Adrián Pignatelli

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