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guerra del atlantico sur

Murió Alexander Haig, el parcial mediador de EEUU por Malvinas

Con una gestión que terminó inclinada a favor de Londres, el secretario de Estado deReagan intentó un acercamiento durante la guerra de 1982.

                                                                Haig con el General Galtieri y Nicanor Costa Méndez

Su destino, que jamás soñó, estuvo ligado a la Argentina en aquellos meses terribles de la Guerra de Malvinas, entre abril y junio de 1982. Fue un espécimen raro como mediador de una guerra entre dos países: no sólo no fue neutral, sino que fue abierta, casi descaradamente favorable a los intereses británicos.

Como secretario de Estado, Alexander Haig, que murió ayer a los 85 años en el hospital John Hopkins de Baltimore, obedecía órdenes de su presidente, Ronald Reagan, que mientras garantizaba la imparcialidad de la mediación enviaba información satelital sobre las islas a los británicos, como hizo hasta el final de la guerra. Pero también sentía un enorme desprecio por los militares argentinos de entonces, a quienes llamó "esbirros locos de poder" durante una reunión en el Departamento de Estado.

Haig fue también un raro espécimen entre los militares norteamericanos: fue un general político. Como le sucedió a la mayoría de quienes lo precedieron y siguieron, su prestigio militar, ganado en el barro de las trincheras, quedó sepultado en los pantanos de la arena política. Con él se va a la tumba uno de los pocos sobrevivientes de una generación criada en los años de la Segunda Guerra, cincelada por las batallas de Corea y Vietnam, y moldeada al fragor de esos años fantásticos e irrepetibles signados por la Guerra Fría, que ni fue guerra ni fue fría.

Hace casi tres años, ante Ana Barón, corresponsal de este diario en Washington, Haig admitió no sólo que jamás fue imparcial durante su gestión como mediador por Malvinas, sino que había dejado en claro a las autoridades argentinas que, si había una guerra, Estados Unidos sería aliado de Gran Bretaña. Ya lo era. Pero también sentía que el de Argentina era un gobierno amigo: la dictadura militar colaboraba con Washington en la represión ilegal de izquierdistas en Centro América.

                                                                                           Con Margaret Thatcher

La misión de Haig era evitar la guerra. Se topó con la intransigencia del gobierno británico y con la incapacidad del gobierno argentino de cumplir su plan de invadir las islas e iniciar una negociación que le permitiera recuperarlas. A todo, Haig sumó sus dotes de soldado metido a diplomático.

Llegó al país por primera vez en la noche del viernes 9 de abril, siete días después de recuperadas las islas. Traía en la valija una advertencia: "Estoy impresionado por la firme determinación del gobierno de Margaret Thatcher sobre las Malvinas", dijo antes de partir de Londres hacia Buenos Aires. Aquí lo esperaba el desplante del dictador Leopoldo Galtieri, que con el avión de Haig en vuelo anunció "Daremos batalla si hay bloqueo".

El sábado 10, Haig planteó que la única forma de evitar la guerra era que Argentina cumpliera con la Resolución 502 de la ONU, que ordenaba cese de hostilidades y retiro de tropas. Luego fue a ver a Galtieri, junto al canciller Nicanor Costa Méndez. Frente a la Rosada, lo aguardaba una gigantesca manifestación armada por el Gobierno para impresionar al enviado americano. Logró el efecto contrario: Haig pensó que estaba poco menos que en el Irán de Khomeini. Al día siguiente, Costa Méndez opuso a la propuesta de Haig la detención inmediata de la task force enviada por Gran Bretaña. Argentina aceptaba reemplazar las tropas por fuerzas de seguridad. La condición era negociar, con la asistencia de Estados Unidos, para recuperar la soberanía. Haig, en diálogo permanente con el canciller inglés Francis Pym, supo entonces que su misión era poco menos que imposible. Según su visión, las exigencias argentinas condenaban a Thatcher poco menos que a su suicidio político, algo que Occidente no podía aceptar.

Haig volvió a Londres y regresó a la Argentina el viernes 16 de abril con una propuesta que establecía el retiro de tropas argentinas y la detención de la task force, la permanencia de la bandera argentina en las islas a través de una administración tripartita y garantías de una solución de largo plazo. El canciller americano habló de un "doloroso acuerdo de Thatcher" para llevar adelante la negociación. El entonces jefe de la Armada, Jorge Anaya era reacio a cualquier concesión. Además, juzgaba que Haig era un "abogado de los ingleses" y que toda su gestión estaba destinada a ganar tiempo para permitir el despliegue de las naves británicas en el Atlántico Sur. En un tenso diálogo con la Junta Militar, Haig se quejó de las filtraciones a la prensa que lo hacían aparecer como pro británico. Anaya, seco, le respondió: "Esas versiones reflejan una realidad".

La contrapropuesta argentina al plan Haig incluyó una cláusula inaceptable para Gran Bretaña: desde el 31 de diciembre de 1983, el gobierno y la administración de Malvinas estaría a cargo de un funcionario designado por el gobierno argentino.

La mediación había muerto.

Haig había nacido el 2 de diciembre de 1924 en Filadelfia. Su vocación militar lo llevó a West Point, pero también a estudiar negocios en la Universidad de Columbia y Relaciones Internacionales en la Universidad de Georgetown. Peleó en Corea y en Vietnam, donde ganó varias medallas.

Sin embargo, sus cuatro estrellas de general no las ganó en combate, sino bajo la administración de Richard Nixon y a la sombra del escándalo de Watergate. Fue protegido de Henry Kissinger en el Consejo de Seguridad, donde participó en los planes para derrocar a Salvador Allende en Chile. Fue jefe de Gabinete de la Casa Blanca en los últimos quince meses de gobierno de Nixon, ordenó "pinchar" los teléfonos de catorce funcionarios y tres periodistas para descubrir filtraciones a la prensa y estuvo dispuesto a rodear la Casa Blanca con la 82a. División Aerotransportada para sostener a aquel gobierno que se derrumbaba.

Entre 1974 y 1979 fue comandante supremo de la OTAN.Malvinas lo persiguió hasta el final. "Fue mi Waterloo diplomático", dijo alguna vez.Pero Haig no era Napoleón.

EL DESLIZ DE HAIG"Ahora, el timón está aquí y yo estoy a cargo"
El 31 de marzo de 1981, cuando John Hinckley disparó contra el presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, además de crear zozobra en el mundo entero, precipitó la caída en desgracia del secretario de Estado, Alexander Haig.Mientras Reagan entraba bromeando a la sala de operaciones "Espero que todos ustedes sean republicanos", dijo a los médicos, la Casa Blanca intentaba averiguar si detrás de Hinckley no había un complot de la URSS. No había.El entonces vicepresidente, George Bush, padre, estaba a diez mil metros de altura en el momento de los disparos, en un avión que viajaba hacia Texas. Era el presidente en ejercicio mientras durara la anestesia en Reagan. Por las dudas, la Casa Blanca se preparó para un traspaso del mando. Definitivo.Haig intentó comunicarse con Bush en el avión. Apenas pudo. Lo único que llegó a decirle fue "Turn around", "Pega la vuelta". Después sugirió a los consejeros de Reagan: "El timón está aquí, en esta silla por ahora y, constitucionalmente, hasta que el vicepresidente vuelva". Lo que estaba en juego era las claves de acceso a las armas nucleares.

Después, Haig preguntó: "¿Cómo llego a la Sala de Prensa?" Y fue. Respondió a la primera pregunta de los periodistas sobre la sucesión presidencial con una frase que hizo historia: "Constitucionalmente, caballeros, tenemos al presidente, al vicepresidente y al secretario de Estado, en ese orden. Y debe ser el presidente quien decida si quiere, transferir el timón al vicepresidente. Por ahora, yo estoy a cargo aquí, en la Casa Blanca, pendiente del retorno del vicepresidente y en estrecho contacto con él. Si algo pasa, lo consultaré con él, por supuesto".Fue su sepultura política. Ni siquiera era el tercero en la línea de sucesión. Bush pasó a ser su enemigo más acérrimo y, mascullaba Haig en los años de su otoño, quien impulsó su caída tras el fracaso de la mediación por la guerra de Malvinas.

 
EN MEDIO DE LA GUERRA, DOS POSTURASFuerte interna en Washington sobre a quién apoyar en la guerra
Haig proponía apoyar al Reino Unido. La secretaria Kirkpatrick apuntaba a la neutralidad.Por: Ana Baron

La entrevista debía durar media hora. Pero el ex Secretario de Estado Alexander Haig se entusiasmó y al final duró casi dos horas. En vísperas del 25° aniversario de la guerra de las Malvinas, todo el diálogo con esta corresponsal giró sobre los esfuerzos diplomáticos que había realizado sin éxito en 1982 para impedir el enfrentamiento armado. Era un tema que lo apasionaba. Consideraba que la Guerra de las Malvinas había sido su Waterloo. "Quedé atrapado entre el machismo de la Junta Militar argentina y la voluntad de hierro de Margaret Thatcher", explicó ese día de abril de 2007, en Washington.Rápido, con mucho sentido del humor, durante la entrevista quedó en claro que Haig era ante todo un militar, de esos que analizan con la misma intensidad una victoria como una derrota. Había ingresado en el terreno político de la mano de Richard Nixon, con convicciones "atlantistas" y pro británicas muy firmes.

"Desde un principio dejé en claro en ambas capitales que, si no había una solución pacifica, íbamos a tener que alinearnos con Gran Bretaña porque la ley había sido violada. Entonces nunca fuimos neutrales en el sentido que nunca fuimos imparciales." confesó en aquella ocasión a esta corresponsal. La Embajadora de EEUU ante la ONU, Jeanne Kirkpatrick, no estaba de acuerdo con Haig. Y hasta último momento intentó convencer al presidente Ronald Reagan de que EE. UU. permaneciera neutral. La pelea entre ambos fue feroz. Tanto Haig como Kirkpatrick tenían una personalidad muy fuerte, con una gran cuota de arrogancia. También compartían su fervor anticomunista. Pero en plena Guerra Fría y frente a la posibilidad de una intervención soviética en el conflicto Malvinas, la estrategia que defendían era diametralmente opuesta.

Kirkpatrick creía que lo más importante era preservar la relación con nuestra región. Poco antes de morir en el 2007, durante una entrevista con esta corresponsal, Kirkpatrick explicó que había que tener en cuenta que Argentina era "un buen aliado" de EE. UU. en la guerra contra el comunismo en América Central. Kirkpatrick había escrito su tesis de doctorado sobre la Argentina y hacia una diferencia entre los regímenes autoritarios de América Latina pro occidentales y las dictaduras totalitarias comunistas. Ex comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas de la OTAN, la preocupación de Haig era muy distinta. "En el marco de la guerra fría con la URSS, muchos percibían cierta debilidad en la determinación de Occidente a recurrir al uso de la fuerza en caso de ser desafiado. Y el imperio de la ley era un componente importante de esto", explicó. Según Haig, el desembarco argentino en las islas había sido ilegal y coincidía con Thatcher cuando decía que "Agression must no pay".La visión de Haig se impuso y EE. UU. comenzó a apoyar a Gran Bretaña con inteligencia y logística incluso antes de que la mediación hubiese terminado. Pero, el fracaso de la mediación reforzó la posición de sus enemigos en la Casa Blanca. Diez días después de que termino la guerra, Haig tuvo que renunciar.

 

Fuente: 

Diario Clarín 21/2/20100.

 

Informacion Adicional: 

 

Diario La Razón del sábado 10 de abril de 1982 - Archivo Días de Historia

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