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A 100 años de su ejecución en Francia

Mata Hari, la holandesa seductora que la historia convirtió en mito del espionaje

Se casó a los 18 años con un militar de 39. En Java aprendió danzas y técnicas amatorias. En plena guerra, las autoridades francesas la acusaron de ser un doble agente de los prusianos. El paso de la historia suele distorsionar a los personajes, ennobleciendo sus cualidades o convirtiéndolos en seres tenebrosos. La figura de Mata Hari es una de ellas. Hoy, cuando se cumplen 100 años de su fusilamiento, sigue siendo la encarnación del espionaje de alto nivel, de la mujer fatal, el mito fascinante de cuentos y novelas, aunque su vida real se componga sólo de pretensiones desmedidas, tragedias y manipulaciones políticas.

 
Su nombre real era Margaretha Zelle y había nacido en un hogar de clase media baja en Holanda. Su padre era un sombrerero con fuertes ambiciones de trepar en la escala social. Característica que parece haber transmitido a su hija, de una belleza poco común para los cánones de la época. Con sólo 18 años, y de acuerdo a las costumbre de fines del siglo XIX, Margaretha respondió al pedido de casamiento publicado en un diario holandés por el capitán Rudolf McLeod.
 
“Oficial destinado en las Indias Orientales holandesas desearía encontrar señorita de buen carácter con fines matrimoniales”, había publicado Rudolf. Margaretha, que amaba a los militares, aceptó. La joven era una gran amante, y el oficial quedó prendado. A los pocos meses se habían casado e instalado en Java. Sin embargo, el matrimonio se convirtió en un martirio para ambos.
 
Tuvieron dos hijos, Norman y Louise. El primero enfermó y murió en 1899, en circunstancias confusas. Algunos historiadores dicen que lo envenenó un sirviente nativo de Rudolf en venganza por el maltrato que le aplicaba. Lo cierto es que su muerte fue un duro golpe para la pareja.
 
El capitán se hundió en el alcohol. Margaretha, en cambio, se dedicó a profundizar en la cultura javanesa. Aprendió las danzas folclóricas de la región y las técnicas amatorias orientales, que más adelante le proporcionarían fama como cortesana de lujo. Su marido la acusó de llevar una vida de vicios y perversión.
 
El matrimonio se separó finalmente y Rudolf obtuvo la custodia de Louise. Nunca más Margaretha pudo acceder a su hija. En 1903 llegó a París, con 27 años. Para ganarse la vida se dedicó a posar como modelo de pintores bajo el nombre de Lady McLeod.
 
Pero los ingresos eran muy magros. Así que decidió recurrir a las artes aprendidas en Java. Comenzó a bailar “danzas indias” en salones privados, ya como Mata Hari, un nombre exótico, lo mismo que el personaje que fue construyendo.
 
Se presentaba como princesa hindú. “Mi madre, gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany, murió a los catorce años, el día de mi nacimiento. Los sacerdotes me adoptaron y me pusieron Mata-Hari, que quiere decir `pupila de la aurora'", contaba.
 
Comenzaba danzando algo similar a las danzas indias, pero terminaba desnuda sobre el escenario. En realidad era un espectáculo de strip-tease. Esto la convirtió rápidamente en una artista muy demandada. Acabó bailando en los teatros parisinos en boga, desde el Folies-Bergère al Olympia, y en otras capitales europeas.
 
"Mata-Hari es Absaras, hermana de las ninfas,de las Ondinas, de las walkirias y de las náyades, creadas por Indra para la perdición de los hombres y de los sabios”, decía una crítica del 18 de marzo de 1905, de La Presse.
 
Margaretha vivía en los Campos Eliseos, donde paralelamente a su actuación ejerció de cortesana. Su cuerpo esbelto y su belleza le permitieron tener numerosos clientes de alto poder adquisitivo. Entre ellos llegó a haber varios ministros. En medio de ese estrellato intentó recuperar a su hija, pero la férrea oposición de Rudolf se lo impidió.
 
Luego, las circunstancias fueron determinantes. En 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, y la conmoción envolvió a Europa. Ese año se encontraba actuando en Berlín, donde tenía como amante al jefe de la policía local, que la contactó con un hombre clave: Eugen Kraemer, cónsul alemán en Ámsterdam y jefe de la inteligencia alemana.
 
Al año siguiente volvió a Holanda, pero el tren de vida al cual se había acostumbrado la fueron hundiendo. En medio de la crisis, aceptó que Kraemer pagara sus deudas a cambio de información. Ese fatal paso la convirtió en el agente H-21 de las fuerzas prusianas.
 
De vuelta a París conoció al capitán Georges Ladoux, oficial del contraespionaje francés. Si bien el militar no le tenía mucha confianza, la utilizó para conseguir datos sobre las fuerzas prusianas. Le puso como objetivo seducir y espiar al embajador alemán en Madrid. Luego le dio otras misiones, aunque empezó a sospechar de que era un doble agente.
 
Para algunos fue una espía astuta e inescrupulosa. Para otros su paso por el espionaje fue un acto de inocencia, sin demasiada conciencia de lo que hacía.
 
En el verano de 1916 se presentó ante servicio de información del Ejército francés para pedir un salvoconducto para ir a Vittel, donde Francia construía un aeródromo militar. Lo obtuvo, pero fue el principio de su fin, porque cayó en un enmarañado conjunto de manipulaciones.
 
En enero de 1917 los franceses interceptaron un mensaje de Alemania que daba datos del agente H-21, revelando su identidad. Según los historiadores, en realidad fue una maniobra de los alemanes que buscaban generar confusión y distraer a los franceses, entregando un agente que ya no les servía. Pero si la inteligencia francesa se dio cuenta, no lo demostró. Ellos también necesitaban un chivo expiatorio para contrarrestar las derrotas que venían sufriendo.
 
El 13 de febrero fue detenida en su habitación del Hotel Palacio del Elíseo. Cuentan que hizo un último intentó de seducción: les pidió permiso a sus captores para ducharse, y cuando salió del baño lo hizo totalmente desnuda, repartiendo bombones. No tuvo suerte.
 
El 24 de julio, el Consejo de Guerra la condenó a muerte bajo el cargo de ser un doble agente y de haber sido la causa de muerte de miles de soldados franceses. Nunca hubo pruebas demasiado contundentes. Tampoco se necesitaban en un ambiente crítico como el que se vivía. Francia necesitaba eliminar espías para demostrar lo efectivo de su contrainteligencia.
 
Un pelotón de fusilamiento la ejecutó el 15 de octubre de 1917 en Vincennes. Se presentó maquillada y luciendo su mejor vestido. No quiso que le vendaran los ojos y antes de los disparos lanzó un beso de despedida a sus ejecutores. Ese día, hace 100 años, comenzó la fascinación por la seductora Mata Hari.
 
por Daniel Vittar
Fuente: 

Diario Clarín 15/10/2017

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