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LaMotta y una vida de película que mutó del boxeador a la leyenda

Murió uno de los más polémicos y fascinantes deportistas del siglo XX. Tenía 96 años. Sus peleas con Sugar Ray Robinson son inolvidables. De Niro llevó su vida al cine.

Hijo de un padre maltratador, ladrón de autos, carne de reformatorio, peleador granítico, marido violento, dueño de un cabaret, proxeneta, despilfarrador de fortunas, actor de reparto, entrevistado pícaro, ícono de una época brutal del boxeo. Todo eso fue Jake LaMotta, quien murió ayer a los 96 años en un hospital de Miami. Dijo alguna vez: “Todo lo que me ha pasado en la vida, bueno o malo, siempre ha carecido de término medio”. Y el exceso es, justamente, el rasgo que mejor define su historia, una de las más polémicas y fascinantes del deporte del siglo XX.
 
LaMotta, en una de las peleas con Sugar Ray Robinson - Fotografía diario Clarín
 
 
Nacido el 10 de julio de 1921 en el Bronx, hijo de un siciliano de cachetada fácil, la primera lección que recibió Giaccobe LaMotta en las calles duras de su barrio fue resistir palizas. Su padre le dijo: “O aprendés a defenderte o te terminarán matando”. Y le regaló un picahielo que el chico supo usar sin contemplaciones para ganarse el respeto y empezar una precoz carrera de delincuente. Fue preso a los 16 años y liberado a los 18, edad en la que eligió canalizar su rabia a través del boxeo. Era un peleador de mano picante y, sobre todo, mandíbula de hierro. “Peleo como si no mereciese vivir”, dijo alguna vez al definir su estilo kamikaze. Lo apodaron el Toro del Bronx porque eso era en el ring: una bestia lanzada ciegamente hacia el rival sin importar lo que el otro tuviera para él.
 
Combatió seis veces contra Sugar Ray Robinson, la primera en 1942 y la última en 1951. Robinson era, además del chico maravilla de la época, su antítesis: un Fred Astaire que se desplazaba por el ring como en puntas de pie y que dominaba el ABC del boxeo con la precisión de un matemático. LaMotta ganó una sola de esas peleas, la del 5 de febrero de 1943 en Detroit, pero le valió para sacarle el invicto a su rival. “Peleé tantas veces con Sugar Ray que no sé cómo no tengo diabetes”, bromeaba.
 
En esos años la mafia manejaba el negocio del boxeo y LaMotta se negaba a ponerse bajo su ala. Las chances de una pelea por el campeonato mundial de los medianos, entonces, se le negaban. Hasta que transó: primero se dejó ganar por Billy Fox y luego tuvo que pagar para que le concedieran una oportunidad por el título ante el francés Marcel Cerdan, el amante de Edith Piaf. Fue el 16 de junio de 1949 en Detroit: ganó por puntos y lo desfiguró. Resignó la corona en su tercera defensa, dos años más tarde, ante Robinson. Aguantó de pie una verdadera paliza y el combate, que se celebró un 14 de febrero, pasó a la historia como la Masacre de San Valentín.
 
Su vida alocada abajo del ring (el combo clásico de alcohol, noche y falta de entrenamiento) lo empezó a complicar arriba. Se retiró en 1954 con un record de 83 victorias (30 por nocaut), 19 derrotas y cuatro empates. De vuelta al llano regenteó un cabaret, fue preso por proxeneta y hasta actuó en series y películas.
 
Hay tres lugares comunes en las biografías de los grandes personajes del boxeo -la infancia dura, la gloria deportiva, el regreso a los infiernos- y LaMotta pasó por todos. Pero a diferencia de los demás tuvo la originalidad de saber contarlo sin guardarse nada. En 1970 publicó su biografía (“Raging Bull: My Story”), que fue el material que utilizó Martin Scorsese, diez años después, para filmar la extraordinaria “Toro salvaje” nominada a ocho Oscars, ganadora de dos, un clásico del cine más allá de los premios, acaso la mejor película de deportes de la historia. Robert de Niro, que venía de brillar en “El francotirador”, asumió el papel del LaMotta boxeador y del LaMotta en el ocaso para lo que se vio obligado a entrenar (y a pelear) como un profesional y a subir 27 kilos. El éxito del filme rescató la figura de LaMotta y la globalizó.
 
Cuentan que fue al estreno de “Toro salvaje” con Vicky, su esposa, quien tantas veces había sido víctima de sus ataques de celos. Tras la proyección, le preguntó: “¿De verdad yo era así?”. “No”, contestó Vicky. “Eras peor”.
 
por Horacio Convertini
Fuente: 

Diario Clarín 21/9/2017

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