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50 ANIVERSARIO DE LA DESAPARICION DE UN MITO

La muerte del Che y el sueño trunco de volver a la Argentina

Ernesto Guevara quería traer la revolución a nuestro país. Así se lo comentó a Fidel Castro. Mañana se cumplen 50 años de su trágica muerte en Bolivia. Cuando el sargento Mario Terán se paró con su fusil M-2 automático bajo la arcada de la puerta en la pequeña escuelita rural de La Higuera, el Che se alzó un poco con los brazos y le dijo: “Venís a matarme. Tranquilo, vas a ver como muere un hombre”. Terán contó después que cerró los ojos y le tiró una ráfaga que destrozó las piernas de Ernesto Guevara, argentino de 39 años, que había renunciado a su ciudadanía cubana en 1965, cuando inició sus aventuras en el Congo y en Bolivia. El Che rodó por la tierra haciendo contorsiones y de las piernas le salió mucha sangre. “Tomé ánimo y le disparé una segunda ráfaga que le pegó en un brazo, en un hombro y en el corazón”, recordó Terán. Era el 9 de octubre de 1967. Ha pasado medio siglo de su muerte y el icono mundial del revolucionario aventurero que se juega el pellejo para realizar sus ideas y sus sueños ha crecido intacto.

El Che siempre quiso culminar su vida revolucionaria dirigiendo personalmente la conquista del poder en la Argentina. Cuando conoció en México a Fidel Castro y estaban por partir en el yate Granma (abuela) rumbo a la isla mayor de las Antillas, para iniciar la aventura histórica de la revolución cubana, el joven médico de la expedición, ya bautizado “Che” por los cubanos, le hizo un extraño pedido. En una larga entrevista por la televisión italiana al periodista Gianni Miná, Fidel Castro le contó hace unos años: “El Che me dijo que quería de mí una promesa. Que si nuestra revolución triunfaba, me daría la libertad de regresar a la Argentina para hacer allí su revolución. Le respondí que se lo prometía”.
 
En la Buenos Aires posterior a la muerte de Ernesto Guevara, Ricardo Rojo contaba antes de escribir su libro “Mi amigo el Che” que, cuando lo visitaba en La Habana, Guevara tenía en la pared de enfrente de su escritorio un mapa de la Argentina. “Me decía: ‘ése es el gran objetivo’”.
 
Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna eran aristocráticos con poco dinero y Ernesto padre, que tenía una gran puntería para equivocarse en los negocios, decidió explotar yerba mate en Misiones. Para Ernesto hijo era una vida aventurera y encontró en Celia la influencia extraordinaria que le moldeó la personalidad. Sufría mucho de asma desde los tres años de edad y la madre que lo curaba continuamente lo incitaba a echarle voluntad a todo lo que hacía, a “tirar el corazón más allá de los obstáculos”, como dicen los italianos.
 
Cuando estaba embarazada de él, Celia se tiró al río a nadar para demostrarse que podía y su marido debió salvarla. En Rosario, el Che nació el 14 de junio de 1928. Con los años nacieron cuatro hermanos: Roberto, Celia, Ana María y Juan Martín.
 
Como Ernesto necesitaba un clima seco, se trasladaron a Córdoba, a Alta Gracia, que le hizo muy bien a la salud. En Córdoba, Guevara conoció a los 22 años a su primera novia, Chichina Ferreyra, de 16. Con una bicicleta con motor dio la vuelta al norte de la Argentina en 1950 y la revista El Gráfico lo premió con una foto. Un año después partió con su amigo Alberto Granado en una vieja motocicleta Norton en una gira por Sudamérica que le permitió conocer la situación social difícil en Chile, Perú, Brasil y Venezuela. De vuelta en la Argentina terminó su carrera de médico en 1953. Después recomenzaron los viajes, que culminaron en el Guatemala del gobierno popular de Jacobo Arbenz, jaqueado por Estados Unidos. Allí conoció a Hilda Gadea, peruana que fue su primera esposa. Lector infatigable, el Che, que amaba la poesía de Pablo Neruda, vivió en forma determinante para su vida la experiencia traumática de la invasión de Castillo Armas el 18 de junio de 1954. Su conciencia política contra Estados Unidos como potencia imperialista y contrario a los gobiernos que querían disminuir las desigualdades sociales, lo convencieron de que sólo la lucha armada podía resolver los problemas de los países pobres.
 
En México entró en contacto con los cubanos que seguían en el exilio a Fidel Castro y comenzó a entrenarse con los otros. La expedición del Granma de 82 guerrilleros arribó a la isla de Cuba en diciembre de 1956. Ernesto era el médico del grupo. Doce sobrevivieron.
 
El arrojo del Che durante los combates y su liderazgo, poco dado a las tratativas que impidieran un esfuerzo máximo en las operaciones, lo convirtieron en un líder y Fidel lo hizo comandante de una columna, la que llevaba a cabo las misiones más arriesgadas del ejército revolucionario. La llamaban la brigada suicida y fue así que Castro lo mandó desde la Sierra Maestra, en el oriente cubano, a Santa Clara, más vecina a La Habana. Con una audacia que algunos analistas explicaron años más tarde como un “deseo de muerte”, el Che llevó a la victoria a sus hombres y apresuró la huida del dictador Fulgencio Batista en el fin de año de 1959, lo que marcó el éxito de la revolución cubana. El 2 de enero, la columna del Che entró en La Habana y ocupó la fortaleza militar de La Cabaña, donde fue su comandante durante seis meses, en los que 55 militares del gobierno depuesto, acusados de crímenes, fueron fusilados.
 
El 7 de febrero de 1960 el gobierno revolucionario lo proclamó “ciudadano cubano por derecho de nacimiento”. Poco después Guevara se divorció de Hilda Gadea y se casó con la cubana Aleida March, compañera de armas del movimiento 26 de julio. Con ella tuvo cuatro hijos.
 
Hay que recordar que el Che amaba jugar al ajedrez y era muy bueno. También pese a su asma era un buen rugbier y se recuerda hasta hoy que su equipo era el San Isidro Club, donde lo llamaban “el chancho” porque se bañaba poco. Guevara reía por el mote y editó una revista de rugby llamada “El tackle” donde escribía artículos que firmaba, “a la china” como Chang Chow.
 
En Cuba fue director del Instituto Nacional por la Reforma Agraria, presidente de la Banca Nacional de Cuba y ministro de Industrias. Veía en la industrialización del país el verdadero motor de la revolución y promovía una ética contraria a los estímulos materiales (“territorio libre de horas extras”, ponían sus partidarios en las empresas bajo su comando). Su promoción del “Hombre nuevo” del socialismo suscitó entusiasmo, pero los planes de acelerar la industrialización terminaron en un fracaso.
 
En su libro “La guerra de guerrilla”, el Che desarrolló la teoría del “foco” revolucionario, que con Fidel consideraban el modelo de revolución, iniciada por una pequeña vanguardia de guerilleros sin recurrir a grandes organizaciones para sostener la insurrección armada.
 
En los años ‘60 la Unión Soviética y China entraron en colisión. La crisis de los misiles de 1962, que puso al mundo al borde de una guerra nuclear, se solucionó con la razonable decisión del líder soviético Nikita Kruschev de retirar los misiles rusos de Cuba, sin pedirle permiso a Fidel Castro, y obtener del presidente Kennedy la promesa de que no atacaría a Cuba. El Che consideró que Kruschev había cometido una traición. Fidel tampoco estaba de acuerdo y en La Habana cantaban: “Nikita mariquita”. Los rusos comenzaron a acusarlo bajo cuerda de ser un “extremista bakuniano” por Mijail Bakunin, fundador del anarquismo moderno.
 
 
Los problemas de la industrialización y el viraje hacia la consolidación de la agricultura, como sostenían los rusos, llevaron a serias divergencias entre el Che y la dirigencia cubana sobre la orientación de la línea política y el desarrollo económico de la isla. Lo concreto es que, tras un viaje a Nueva York, en diciembre de 1964, como jefe de la delegación cubana a las Naciones Unidas, Ernesto Guevara hizo su última aparición pública el 24 de febrero de 1965 en Argel, en un seminario económico sobre la solidaridad afroasiática. Su discurso fue una bomba detonada con acusaciones a los países del bloque comunista de que “deben liquidar su tácita complicidad con los países explotadores del mundo occidental”. Una lectura norte-sur de la realidad mundial que asoció a la URSS con EE.UU. en la compra a precio vil de las materiales primas de los países pobres y la venta “a precios de mercado” de los productos industriales.
 
Había escrito meses antes una carta a Fidel, que la hizo pública mas tarde, en la que le decía que “otros países del mundo tienen necesidad de mis modestos esfuerzos”, renunciaba a todos sus cargos y a la ciudadanía cubana.
 
En marzo de 1965, en una discusión que duró toda la noche, Fidel y el Che se pusieron de acuerdo en que Guevara guiaría la primera acción militar cubana en Africa. El objetivo era sostener al movimiento marxista Simba favorable a Patrice Lumunba.
 
Tras un breve período en La Habana, trasvestido como el comerciante uruguayo Ramón Benitez, identidad que también uso después en la aventura final en Bolivia, el Che viajó a Dar el Salaam, Tanzania, y llegó el 24 de abril de 1965 a la hoy República Democrática del Congo, acompañado de un grupo de 13 cubanos. Durante un tiempo no se identificó ante los congoleses.
 
La experiencia del Congo fue desastrosa. La indisciplina, las luchas de facciones, el sectarismo de los grupos que debían seguirlo, convirtieron los próximos siete meses en un infierno para Guevara, un blanco que a los locales les hablaba en el francés que le enseñó su madre. Los cubanos que habían llevado para entrenar a la guerrilla africana estaban con la moral bajo tierra. Los locales creían en las magias que los blindaban contra las balas, huían apenas iniciaban los combates y luchaban por obtener licencias en una ciudad del lado de Tanzania para frecuentar bares y burdeles que difundieron una epidemia de enfermedades venéreas.
 
Un día el Che recibió la sorpresiva visita del ministro cubano Osmani Cienfuegos que le llevó la tristísima noticia de la muerte de Celia, su madre, en Buenos Aires. Fue un golpe muy duro para el Che, que no sabía que Celia no había leído la carta de despedida que mandó a sus padres el 1° de abril, un mes y medio antes del fallecimiento de su madre, a los 58 años. Su padre más tarde se fue a vivir a Cuba y murió en 1987.
 
Era una bella, tierna carta de amor a sus padres, en la que Ernesto retrataba por entero sus ideas y sus sueños. Como un Don Quijote moderno, el Che les escribió que “vuelvo al camino otra vez y siento bajo mis talones el cosquillar de Rocinante”. Recordó otra despedida diez años atrás, cuando iba a Cuba, y Ernesto se declaró “mucho más consciente: mi marxismo está enraizado y depurado”. “Soy consecuente con mis creencias”.
 
“Muchos me dirán aventurero, y lo soy, sólo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades”. La carta finalizaba: “Acuérdense de vez en cuando de este pequeño condottiero del siglo XX”.
 
En noviembre, tras abandonar el Congo con grandes dificultades y peligros, el Che no quería volver a Cuba y vivió en Tanzania y otros países hasta llegar a Praga. Con Fidel se puso de acuerdo para organizar una nueva guerrilla. El Che eligió Bolivia. Según algunos que lo conocían, quería establecer en el sur del país una base de entrenamiento y desarrollo de la guerrilla, para después de varios operativos dejar en madurar la acción de los bolivianos y regresar a Ñancahuazu, donde por orden de Fidel se había comprado un vasto terreno, y de allí entrar en el norte argentino, para iniciar la acción final en su patria natal. Tenía atragantado el fracaso de la guerrilla del Uturunco y el fin del comandante Segundo, el periodista Jorge Ricardo Massetti, que se internó solo por la selva salteña para morir, en 1964. Guevara, el comandante Primero, fue el que ideó esa intentona trágica, que no tenía en cuenta las condiciones de su propio país, cuando en el gobierno estaba el honesto presidente democrático Arturo Umberto Illia.
 
El Che había nombrado a la argentina Tamara Bunke, llamada Tania, una hija de alemanes que fue al parecer operativa de la Stasi, el servicio secreto de la Alemania comunista y con contactos con el KGB soviético, como su operadora en Bolivia. El partido Comunista boliviano, dirigido por Mario Monje, le era hostil como los rusos, pero no lo decían. Sus aliados fueron los hermanos Peredo.
 
La aventura boliviana fue el fracaso final. En marzo de 1967 la base de Ñancahuazu fue tempranamente descubierta. Los norteamericanos avisaron a los bolivianos que ahí estaba el Che y mandaron especialistas, agentes y tropas de vanguardia.
 
Asediado por las tropas bolivianas el Che debió dividir su guerrilla. El cubano Joaquín dirigía la retaguardia, que en dos acciones fue diezmada por los soldados bolivianos en medio de la indiferencia de los campesinos. En una de ellas perdió la vida Tania, emboscada con otros guerrilleros en un río que estaban vadeando.
 
A principios de octubre la situación era desesperada y el drama está reflejado en el famoso diario del Che en Bolivia. En la quebrada del Yuro se vivió el acto final. El 8 de octubre de 1967, el Che fue herido, capturado y llevado a la escuelita de La Higuera. Allí lo esperaban altos jefes bolivianos y el agente de la CIA, de origen cubano, Felix Rodríguez, que vestía el uniforme de capitán del ejército boliviano. Rodríguez era un invitado, no un infiltrado, como escribieron muchos. Los militares bolivianos sabían perfectamente quién era. De otra manera, no hubiera podido ponerse el uniforme. Rodriguez sacó la última foto del Che vivo, en la que el cubano agente de la CIA aparecía a su lado. Se quedó con el Rolex de Ernesto y lo mostraba en su retiro de Miami.
 
Rodriguez contó que la CIA no quería matar al Che sino llevarlo a Panamá para usarlo contra Cuba. Pero el presidente René Barrientos y los miembros del alto mando boliviano temían que Guevara vivo transformara en un tribunal revolucionario su proceso. Decidieron liquidarlo.
 
El sargento Mario Terán ultimó al Che al otro día de la captura. Para identificarlo con seguridad lo trasladaron a Vallegrande, donde el cuerpo fue colocado en un lavadero de mármol en el hospital local y fotografiado. Parecía el Cristo pintado por Mantegna y, a fin de evitar un culto del muerto ilustre, los militares decidieron sepultarlo cerca del aeropuerto en una fosa común. Antes le amputaron las manos para confirmar su identidad. Años después los restos fueron encontrados y llevados a Cuba, a un mausoleo en la ciudad de Santa Clara.
 
El gran escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió lo que puede ser el mejor epitafio del Che. “Era el más puritano de los líderes revolucionarios occidentales. En Cuba era el jacobino de la Revolución. Todo o nada: este refinado intelectual pagaba el precio de extenuantes batallas contra su conciencia atormentada por la duda”.
 
por Julio Algañaraz
Fuente: 

Diario Clarín 9/10/2017

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