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CALFUCURA, NAMUNCURA Y CEFERINO

La dinastía de los Piedra

 Durante muchos años, tanto la pampa como la patagonia estuvieron pobladas por distintas etnias indígenas. Algunas de ellas eran originarias de estas tierras y otras provenían de otros países.

El caso más ilustrativo es el de los araucanos, característicos de Arauco (Agua pantanosa), una región situada en el centro de Chile. A los pies del volcán Llaillma nació Juan Calfucurá, perteneciente a la dinastía de los Piedra. Los araucanos tomaban de la naturaleza los nombres para diferenciarse. De esta forma, estaban los Leuvú (río), como Millá Leuvú (río de oro) o Curí Leuvú (río negro); las águilas, Ñancu o los tigres, Nahuel. 
 
El padre de Juan era el cacique Huentecurá, quien ayudó al general José de San Martín en el Cruce de los Andes. 
 
Calfucurá (Piedra Azul) llegó a Argentina en 1830, llamado por los indígenas Vorogas (voro: hueso) establecidos en Vorohue, en la provincia de Buenos Aires. Los vorogas estaban en conflictos con el gobierno de Juan Manuel de Rosas y por tal motivo habían recurrido al auxilio de Calfucurá. Pero cuando el caudillo araucano llegó, los vorogas le informaron que finalmente habían llegado a un acuerdo con las autoridades bonaerenses. Según se cuenta, Calfucurá enfureció y en Masallé -cercano a la laguna de Epecuén- mató a los caciques y capitanejos. Y así se transformó en el jefe supremo de las Salinas Grandes, una suerte de confederación indígena formada por pampas, ranqueles y araucanos (o mapuches). Dominaba un amplio territorio, que abarcaba las provincias de Córdoba, San Luis, Mendoza, La Pampa, Neuquén y Río Negro. 
 
Calfucurá pactó con Rosas, a través de Manuel Namuncurá, su hijo, quien ofició de una suerte de embajador. En 1841, el gobernador le otorgó el grado de coronel del ejército y participó en la batalla de Caseros, en 1852. Caído Rosas, no demoró en pactar con Justo José de Urquiza, de quien se hizo amigo, a tal punto que su hijo Manuel fue bautizado en Paraná en 1854, siendo padrino el caudillo entrerriano. 
 
Pronto, Calfucurá volvería a malonear. En la noche de luna llena del 13 de febrero de 1855, atacó el poblado de Azul, causando 300 muertos, llevándose 150 cautivos y robando 100.000 cabezas de ganado. El gobierno central envió al general Bartolomé Mitre a enfrentarlo. En el combate de Sierra Chica, del 31 de mayo de 1855, el propio Mitre con algunos de sus soldados, debieron escapar a pie de una muerte segura. Luego, le tocó al general Hornos enfrentar a Calfucurá en la batalla de San Jacinto, cerca de Tapalqué. La genialidad de la táctica bélica empleada por el jefe indígena fue objeto de estudio en academias militares alemanas.
 
Finalmente, Calfucurá sería derrotado en el Combate de San Carlos, en Bolívar, en 1872, donde luchó al frente de 6000 indios. El cacique fallecería en 4 de junio de 1873 en General Acha. Soldados que participaban de la conquista del desierto localizaron su tumba en 1881, la profanaron y enviaron los huesos del araucano al Museo de Ciencias Naturales de La Plata, donde permanecieron por muchos años.
 
Manuel Namuncurá (Pie de Piedra) , hijo de Calfucurá, fue el heredero del liderazgo del padre, luego de dirimir diferencias con varios de sus hermanos. Había nacido en Chile en 1811 y le tocó combatir al general Julio Roca, en la conquista del desierto. Perseguido y acorralado, se entregó a las autoridades en el Fortín Paso de los Andes, el 23 de abril de 1884, junto a los 300 bravos que aún lo seguían, luego de una mediación del cura salesiano Domingo Milanesio. 
 
En 1886 se estableció en el pueblo rionegrino de Chimpay, donde nació su hijo Ceferino. La mamá del recién nacido se llamaba Rosario Burgos, una cautiva chilena.
 
Monseño Cagliero, vicario de la Patagonia, vio en Ceferino una sensibilidad y cualidades que lo hacían especial, y le solicitó al padre permiso para llevárselo a Buenos Aires para ser educado en un colegio salesiano. Costó convencerlo a Namuncurá, pero a Buenos Aires fue el pequeño Ceferino. Enterado el gobierno nacional, sin detenerse en la cuestión educativa, enseguida fue empleado como carpintero en los talleres navales de Tigre. 
 
El chico puso el grito en el cielo y con los padres salesianos fueron a reclamarle ayuda al ex presidente Sáenz Peña. Enseguida, Ceferino ingresó al colegio Pío IX, donde la tradición cuenta que fue compañero de Carlos Gardel. Cuando enfermó de tuberculosis, fue trasladado al colegio salesiano de Viedma, donde se recuperó. Nuevamente, el padre accedió a que viajase a Roma a realizar sus estudios eclesiásticos, en 1904. No vería a su hijo nunca más. Ceferino conoció al Papa Pío X, quien recibió de regalo un poncho indígenas y diversos recuerdos. Con una salud frágil, Ceferino falleció en la ciudad italiana en 1905 y en 1924 sus restos fueron depositados en Fortín Mercedes, al sur de Bahía Blanca, donde permanecieron hasta hace pocos años, cuando fueron trasladados a San Ignacio, en Río Negro. Su papá había muerto en 1908.
 
 
El caso de una mujer cordobesa, quien había perdido un embarazo y que se le había detectado un cáncer de útero, que le rezara a Ceferino, y que dos días después estudios que se le realizaron dieron cuenta de la desaparición del tumor, fue la causa de su beatificación.  
Fuente: 

Adrián Pignatelli

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