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La última ejecución con guillotina y la singular familia de verdugos

Hace 40 años, el macabro símbolo francés se usó por última vez. Fue también el final del singular linaje del "Señor de París". Cuando la hoja de la guillotina bajó en Francia por última vez, hace 40 años, acabó con dos cosas. Por supuesto, con la vida del condenado. Y también con un singular linaje: el de la familia de verdugos, los sucesivos “Señor de París”.

Símbolo de la Revolución Francesa, aunque sobrevivió con vigor a todas las etapas posteriores de la turbulenta historia de ese país, la guillotina se deslizó por última vez sobre el cuello de un condenado a muerte el 10 de septiembre de 1977.
 
Ultima ejecución con la guillotina, en Francia - foto Diario Clarín
 
A esa intimidad filosa que pasó a la historia llegaron un ejecutado y su ejecutor. Marcel Chevalier fue el último verdugo en accionar la palanca en Francia. Tenía el pomposo título de Ejecutor Jefe de Francia desde hacía un año.
 
En 1976, Chevalier había sucedido al tío de su esposa, André Obrecht, quien a su vez había reemplazado a su primo, Jules-Henri Desforneaux, en medio de una enemistad imposible de saldar por el rol de Desforneaux en la decapitación de decenas de miembros de la resistencia francesa en la ocupación nazi. A pesar de semejante antecedente, el rol de ejecutor siguió en la familia.
 
Los franceses conocían el cargo como “El señor de París”. No faltaba añadir más. Había sido instaurado en 1870 por la República para centralizar y controlar mejor a los verdugos locales que pululaban por todo el país. Todas las muertes concentradas en una hoja. Y en una mano. Hubo sólo siete en algo más de 100 años. El rol se transmitía por designación, privilegiando los lazos familiares. Así como Marcel Chevalier lo había recibido de Obrecht, de quien era su asistente, al tiempo de la última ejecución ya estaba preparando a su hijo, Eric Chevalier.
 
De hecho, previsor de la responsabilidad familiar, llevó a su hijo a esa última ejecución. Su idea era templar el carácter de Eric, por entonces de 24 años, y prepararlo para sucederlo ante un eventual retiro.
 
La familia ya no era segregada como en la Edad Media, cuando el ejecutor y sus parientes vivían apartados y su puerta, pintada de rojo, era una advertencia ominosa. Pero aún así, contaría Eric años después, había una burbuja protectora: discreción, silencio y pocas visitas.
 
En los últimos años de vigencia de la guillotina, además, el verdugo tenía poco trabajo. Así que Marcel Chevalier tenía otra profesión: era tipógrafo.
 
Su hijo Eric se enteró de la actividad de sus familiares cuando tenía 11 años y por una broma. Alto y robusto como un roble desde que era chico, la esposa de Obrecht le dijo a su madre, entre risas: “Es muy alto. Debería pedirle a su tío que lo acorte”. Eric no entendió el chiste a la primera. Después se lo explicaron.
 
¿Y quién fue la última víctima de la guillotina? Un tipo cuyo descenso a los infiernos, giro cruel del destino, empezó con una amputación y terminó con otra.
 
Hamida Djandoubi era un tunecino al que, por un accidente laboral, las hojas de un tractor le habían amputado casi toda la pierna derecha. En el hospital conoció a Elisabeth Bousquet, una joven de 21 años. Había ido a visitar a su padre, que había sufrido un accidente de tránsito y compartía habitación con Djandoubi. Iniciaron una relación enfermiza. La mujer luego lo denunció por intentar forzarla a prostituirse. Djandoubi fue detenido y liberado poco después. Volvió en busca de Bousquets y la secuestró. La torturó por días y la mató.
 
Fue condenado a muerte poco antes de cumplir los 27 años. Integró con dos asesinos de chicos, Christian Ranucci y Jerome Carrein, una terna macabra por cuyas vidas se apeló ante el entonces presidente francés Valéry Giscard. El mandatario les bajó el pulgar a los tres y en la ruleta de los turnos, a Djandoubi le tocó el último lugar.
 
A las 4.40 del 10 de septiembre, las dos personas que no se conocían compartieron un instante definitorio. Sin grandes aspavientos y rápidamente, como quien cumple un trámite, Chevalier soltó la hoja que separó la cabeza de Djandoubi del resto de su cuerpo.
 
Fue la última ejecución en Francia. En 1981, el recién asumido François Mitterrand abolió la pena de muerte. Marcel, el papá de Eric, fue convocado al servicio de arrestos criminales. Acababa de sumar un transporte nuevo para la “bécane”, o sea la guillotina, pero no iba a tener chances de usarlo. Le agradecieron los servicios prestados y le dieron un cheque de 30 mil francos.
 
Su hijo, Eric Chevalier, eludió así su destino de verdugo. Fue sólo empleado de un banco y transitó los últimos años hacia una apacible jubilación. Casi no da entrevistas por tradición familiar. Y prefiere la expresión “ejecutor de altas obras” al término verdugo.
 
“Después de la prostitución, es la profesión más antigua del mundo”, suele decir.
 
por Guillermo dos Santos Coelho
Fuente: 

clarin.com 12/9/2017

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