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Ahmed Hassanein Bey

Historia de un beduino histórico

Con estudios en Oxford y alma egipcia, este diplomático se convirtió en instructor del rey Faruk y fue un legendario explorador. ‘El príncipe de los oasis’, el nuevo libro de Fernando Schwartz, novela su aventura por el Gran Mar de Arena en 1923.

 

El beduino ve venir la muerte. Perdido en el desierto. Con la sed arañándole por dentro. No halla la salvación. Y se encomienda a la divina providencia. Sin respuestas. En ese instante envuelve su cuerpo en una pesada manta, de pelo de camello, y decide aguardar lo inevitable.

“Sus descubrimientos le convirtieron en un héroe nacional. Él se negó a ser una atracción de feria”

“Sus maneras occidentales no ocultaban a un hombre que aspiraba a una sociedad más beduina”
Ahmed Hassanein Bey (1889-1946) sintió ese desamparo antes de alcanzar el oasis de Kufra en el invierno de 1921. Se juró que si salía con vida no volvería a pisar tan despiadado lugar. Dos años más tarde emprendió, sin embargo, otro viaje por el Gran Mar de Arena. Una árida extensión del Sáhara, desde el noroeste de Egipto hasta sus fronteras con Libia y Sudán. Feudo de los temidos guerreros senussi. El escritor Fernando Schwartz (Ginebra, 1937) desmenuza estas dos expediciones en su nuevo libro, El príncipe de los oasis (Espasa Calpe). Conserva, con algunos toques de ficción, las peculiaridades del aventurero. Le descubrió a través de un viejo amigo y egiptólogo llamado Farid Kioumji, un cairota cristiano, afincado en Mallorca, que se dedica a rescatar manuscritos islámicos y subastarlos en Londres.

“Me fascinó de Hassanein su corazón beduino”, reseña el autor. Este hombre del desierto, hijo de un erudito profesor de la universidad islámica de Al-Azhar y nieto de un almirante de la marina egipcia, estudió leyes en Oxford. Hablaba inglés como un nativo. Trabajó como diplomático en la Embajada de Washington y de Londres. Era, en apariencia, la encarnación de un país árabe que avanzaba. Con trazas de ese recién extinto dominio británico. De vuelta a ese Egipto independiente ocupó un cargo de secretario en el Ministerio de Interior. “Pero sus maneras occidentales no engañaban a otros diplomáticos de El Cairo. Cuando le rascan un poco, decían, se descubre como un nacionalista egipcio. Quería una sociedad más beduina. Y esa mezcla de tradición y carácter me resultó muy seductora”.

Schwartz plasma en su relato cuán diferente podría resultar la vida en el Nilo de la vida a la orilla del Támesis. Buceó durante año y medio, tiempo que invirtió en escribir su novela, en infinitos documentos. Entre ellos, el libro The lost oases (1925), las memorias en las que el propio Hassanein narró cómo descubrió los oasis perdidos de Arkenu y Uweinat en 1923. Después de 2.200 millas y ocho meses de dura travesía que subrayó con asfixiantes descripciones como éstas:

“Las rachas llegaban de tres en tres o de cuatro en cuatro. Entre cada oleada había un momento de respiro en el que todo se quedaba en calma. Hasta que el viento volvía de nuevo con más fuerza. Entonces era preciso apartar la cara y hacer de la kufiyya una pantalla sujeta con las dos manos. Sólo así se podía respirar. La arena lo ocupa todo, lo invade todo. Llena la ropa, la comida, los pertrechos; la arena se percibe, se respira, se come, se bebe, se odia”.

Para entender la crudeza del paisaje, el escritor Fernando Schwartz partió hacia el Gran Mar de Arena. “Quería trasladar a mi libro la resistencia de un hombre como Hassanein frente a la adversidad más hostil”, explica. Y, salvando las distancias, reconoce haber sentido los privilegios e incomodidades del desierto, “restringiendo el agua hasta un uso mínimo. Durmiendo las noches a trozos en campamentos al raso. Disfrutando en silencio de un espectáculo”. Su esposa y cuatro amigos le acompañaron en el safari, de un mes de duración, en noviembre de 2008.

Esos caminos de arena y sed condujeron a Hassanein a un gran hallazgo en unas rocas del monte Uweinat. Razón por la que después pasaría a la historia. Unas pinturas rupestres con leones, jirafas y gacelas que evidenciaban la existencia de una civilización prehistórica en medio del desierto. El historiador Michael Haag, prologuista de la reedición de The lost oases (American University in Cairo Press, 2006), asegura que el impacto de este descubrimiento no fue inmediato. “Hassanein, al igual que otros exploradores, contó que existió una época en la que el Sáhara líbico se cubrió de verde. Aunque la cronología no es todavía clara. Pero el arqueólogo Michael A. Hoffman ya apunta en su obra Egipto antes de los faraones (1979) que la tierra roja (el desierto) fue fértil varios siglos, si no un milenio, antes del éxodo al valle y al delta del Nilo. La solución a este misterio depende ahora de nuestros estudios”.

Ante tal logro, Hassanein se convirtió en héroe nacional. El rey Fuad I le nombró asesor y le confirió el título honorífico de Bey. National Geographic publicó en septiembre de 1924 artículos suyos, con ilustraciones y fotografías, sobre la naturaleza geográfica y geológica de sus viajes. En Estados Unidos pretendían que diese conferencias acerca del desierto, vestido con la galabiya, la túnica tradicional bereber, y bajo pago de 20.000 dólares. Pero él se negó a ser una atracción de feria.

Enjuto, de piel cetrina, mirada penetrante, los rasgos exóticos de Hassanein Bey irradiaban magnetismo. Recordaba a Rodolfo Valentino en el taquillazo de El Caíd (1921), donde un jeque árabe se enamora de una dama inglesa. El Bey se cruzó también con una bella británica divorciada, Rosita Forbes. Su ansia de aventura, romance con el Bey incluido, llevó al fracaso la primera expedición del explorador, quien la definió como una mujer “con poca habilidad para leer una brújula”. Madame Forbes alteró las incidencias del viaje en un libro, El secreto del Sáhara: Kufara (1921). Se autorretrató como “la fuerza motriz” de la expedición y relegó a Hassanein Bey a un segundo plano. El resentimiento era mutuo.

Pero el Bey no anduvo escaso de amores. Se casó en 1926 con Loutfia Yusri, hija de la riquísima princesa Shevekiar. La pareja tuvo cuatro hijos, dos chicos y dos chicas, según reseña Zeinobia, autora del blog Egyptian chronicles. Pero la historia acabó en divorcio escandaloso con líos de faldas de por medio. El Bey era una persona influyente y nunca se alejó del círculo monárquico. A la muerte del rey Fuad ascendió a Pasha y se encargó de la educación del príncipe Faruk, quien accedió al trono con 16 años. Y en 1943 se unió, en segundas nupcias y en secreto, con la reina Nazli, la viuda de Fuad. Aunque se dijo que por aquel entonces Hassanein se veía a escondidas con una popular cantante siria llamada Asmahan.

La muerte le sobrevino a los 56 años. Lejos del desierto. Atropellado por un camión militar inglés en Qasr al-Nil. Sus restos descansan en un mausoleo construido por su cuñado, Hassan Fathy, el célebre “arquitecto de los pobres”. “A Hassanein se le recuerda como diplomático y explorador”, afirma el historiador Michael Haag, pese a que destacó en otros ámbitos. Fue ducho en el arte de batirse con el florete y formó parte del equipo egipcio de esgrima en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920. Y una década más tarde quiso establecer la primera línea aérea directa Londres-El Cairo, sin éxito, después de tres vuelos funestos. Todos esos detalles han sido recogidos en una teleserie de gran audiencia sobre el rey Faruk emitida recientemente por el canal egipcio MBC. Las nuevas generaciones de egipcios contemplan ahora a Hassanein, concluye Haag, “con interés, como un político humano, de principios, importante durante la II Guerra Mundial; un hombre lleno de sabiduría”.

 

Fuente: 

Diario El País - Carmen Frigolet

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