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Hay un 'relojero oficial' para los edificios porteños más emblemáticos

Javier Terenti tiene 40 años y desde hace diez mantiene las 60 máquinas que dan la hora en la Ciudad. La de la Torre de los Ingleses es la única mecánica.

Javier Terenti llega a su puesto de trabajo y controla que todo funcione correctamente: revisa engranajes, bujes, lingas, péndulos y, sobre todo, la hora. Desde hace diez años, está al frente del mantenimiento de uno de los relojes porteños más emblemáticos, el de la Torre Monumental de Retiro, más conocida como Torre de los Ingleses, el único reloj mecánico de la Ciudad.
 
Pero además de conocer los secretos del centenario reloj, Terenti, de 40 años, se encarga de la reparación y mantenimiento de más de sesenta relojes porteños, instalados tanto en la calle como en edificios públicos. En su tarea lo acompañan Gonzalo Quiroga y Omar Galoppo.
 
El de la torre donada por los ingleses para el centenario de la Revolución de Mayo forma parte del conjunto de relojes icónicos que integran, entre otros, los del Palacio de Gobierno porteño (en Bolívar 1), la Casa de la Cultura, el edificio Lezama, las iglesias del Pilar, en Recoleta, y Santa Felicitas, en Barracas.
 
“Soy técnico electromecánico e ingresé para la reparación de los relojes Seiko que están en la vía pública. Con los años, y de la mano del maestro relojero Carlos Caserta, me especialicé en este tipo de relojes monumentales”, cuenta el relojero oficial de la Ciudad. “Es un trabajo artesanal ya que su funcionamiento es mecánico. Lo único eléctrico es el motor que le da cuerda al reloj”, agrega durante su charla con PERFIL, en la sala de máquinas de la torre.
 
El sistema del reloj se completa con tres pesas que cuelgan desde el séptimo piso. Una corresponde al carrillón, que suena cada 15 minutos. Otra, al reloj en sí, y hace funcionar el péndulo. La tercera es la que hace sonar la campana mayor cada hora. “El reloj tiene la misma melodía que el Big Ben de Londres cuando suenan las doce campanadas, a las 12 en punto. Mucha gente lo utiliza para controlar su hora. Hasta el momento no vino nadie a reclamarme”, cuenta sin ocultar su orgullo.
 
Minucioso. Para llegar al corazón del reloj, Terenti sube de un tirón los poco más de cien peldaños que tiene la diminuta escalera de hierro. Si bien la torre tiene ascensor –ahora en reparaciones–, Terenti no pierde la costumbre. “Lo hago siempre, casi sin darme cuenta”, asegura. Las paredes de la sala de máquinas, ubicada en el séptimo piso, son de opalina inglesa y forman los cuadrantes del reloj. Desde la cabina de roble allí instalada sale un sistema de engranajes que hace girar las agujas de manera sincronizada. Salvo algunos bujes desgastados que fueron reemplazados, las piezas son originales y tienen más de un siglo.
 
“En la Ciudad hay más de sesenta relojes ubicados en el espacio público, que forman parte del patrimonio y de la estética porteña. Varios de ellos cuentan con un diseño sustentable ya que su alimentación es solar. Por lo tanto, su mantenimiento es fundamental”, explica Eduardo Macchiavelli, titular del Ministerio de Ambiente y Espacio Público.
 
Entre los problemas que pueden afectar su funcionamiento, Terenti enumera las tormentas, el viento y las palomas, que suelen ingresar al recinto. “El viento, por ejemplo, puede frenar el péndulo y ahí se para el reloj. Varias veces lo desarmé por completo para descubrir la falla”, dice, mientras invita a contemplar las vistas que devuelve la Ciudad a más de 70 metros de altura. Desde el mirador del sexto piso –hoy cerrado al público–, se puede apreciar la estación de Retiro, el puerto, el Río de la Plata, el hotel Sheraton y la plaza San Martín, donde el edificio Kavanagh parece chocar de frente con la torre.
 
Respecto a los relojes solares, Terenti cuenta que su mantenimiento es más simple. Sólo deben cambiarse las baterías una vez por año y revisar el motor del reloj, que es electromecánico. “El problema de estos relojes es el vandalismo. En las épocas de los cortes de luz la gente los rompía. No entendía cómo estaban iluminados mientras el barrio estaba a oscuras”, señala, mientras termina de aceitar los engranajes del icónico reloj porteño.
 
Una herencia familiar
 
“Una vez, a mi marido lo llamaron de urgencia de la Municipalidad para reparar el reloj de la Torre de los Ingleses (sic). Fue hace muchos años, en la década del 50”, recuerda Antonieta Bonardi, viuda de Miguel Raab, quien fue el dueño de una de las relojerías más reconocidas de la Ciudad, Casa Raab, ubicada en el pasaje Rivarola, entre Perón y Bartolomé Mitre.
 
Esta casa, una de las más tradicionales que funcionaron en Buenos Aires, se caracterizaba por reparar relojes antiguos. Desde que su dueño falleció, en 2010, el local del pasaje se encuentra cerrado. “Esperé unos días para que la gente retire los relojes que había llevado a reparar. Y traje todo para acá, a mi local de la calle Boedo”, aseguró.
 
En el modesto local de Balvanera, donde se destaca una gran foto de Miguel rodeado de relojes de péndulo y de pared, Antonieta fabrica y vende relojes de arena. “Es un trabajo que hacíamos con mi marido. Ahora lo sigo sola”, explica, sin ocultar su nostalgia.
 
El taller funciona detrás del negocio y allí Antonieta tiene todos los elementos para armar los relojes. “Tengo de clientes a varios psicólogos”, asegura, divertida, la señora que maneja el tiempo con sus manos.
 
por Claudio Corsalini
Fuente: 

Diario Perfil 15/4/2017

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