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Hace 60 años comenzaba a publicarse El Eternauta en una revista de historietas

"Era de madrugada, apenas las tres. No había una luz en las casas de la vecindad (....) (...de pronto un crujido, un crujido en la silla enfrente mío, la silla que siempre ocupan los que vienen a charlar conmigo (...)", leyeron sus lectores inaugurales, hace exactamente sesenta años. Serializada en las páginas de Hora Cero semanal, la flamante publicación de Editorial Frontera, con textos de su guionista casi excluyente, Héctor Oesterheld, y dibujos del hipernaturalista Francisco Solano López, daba comienzo la saga de El Eternauta.

El propio autor, en un prólogo muy posterior para su reedición en fascículos coleccionables, confesaba que su inspiración inicial había partido de la idea de un Robinson Crusoe, aunque no ya cercado por el mar sino por la muerte. En resumen, la historia, que se extendió por dos años en las páginas de la revista que además presentaba títulos ya populares como Ernie Pike (guiones de Osterheld y dibujos de Hugo Pratt, al menos al principio), narraba la historia de una invasión a la Tierra por un enemigo extraterrestre que nunca da la cara: delega la tarea en otras razas que cayeron previamente bajo su dominio. La originalidad de la trama (y la genialidad de Osterheld) fue situar la acción en las calles de una Buenos Aires plenamente reconocible, hasta pintadas políticas incluidas, y encarnar la resistencia en un grupo de amigos que son sorprendidos por una "nevada mortal" en plena partida nocturna de truco en un chalet de Vicente López. Juan Salvo, a posteriori "el Eternauta", y sus adláteres, no tienen, a priori, el perfil de héroes. Son seres comunes, grises, sometidos a una circunstancia extraordinaria, que tratan de lidiar con ella, y ahí reside también la originalidad y la genialidad del tratamiento argumental que le imprime su autor a lo que podría haber sido una remake vernácula de La guerra de los mundos, esa aterradora maravilla literaria de de H.G. Wells, reconvertida en radioteatro por Orson Welles.
 
"Acá ya se había leído sobre invasiones a Nueva York, a Los Angeles. Ya no nos inmutaban. Pero Oesterheld pone en escena la cancha de River, las barrancas de Belgrano, los tanques de Campo de Mayo, entonces uno ya piensa que puede ocurrir acá", subraya el escritor y especialista en ciencia ficción Pablo Capanna. "Crea la misma sensación de inseguridad que vivía el resto del mundo con el peligro de la guerra atómica (recordar la época de publicación, a fines de los años ’50). Él le hace sentir eso al argentino que está acá, aparentemente fuera del mundo. Ese fue el hallazgo de El Eternauta. Tomó un tema que ya era universal y lo arraigó, lo colocó en un contexto argentino", evalúa Capanna.
 
El filósofo Horacio González intenta una lectura alternativa. "El Eternauta es la más importante alegoría política argentina", apunta. "Se sostiene como molde atemporal y lucha contra todos los elementos temporales que ella misma contiene (esa Buenos Aires real), sin que sepa cómo será el desenlace", sentencia.
 
Aunque no todas son coincidencias en ese sentido. "Yo no sé si había una intención política -retoma Capanna- No me atrevería a decir eso porque pienso que la lectura política la hace otra generación".
 
Resulta imposible divorciar El Eternauta del derrotero ideológico y narrativo de su autor, un pacifista apolítico que se radicaliza políticamente a tono con los tiempos. Si ya a fines de los ’60, una versión diferenciada de la obra se publica en la revista Gente, con una gráfica poco convencional de Alberto Breccia, que le valió la cancelación apurada por el medio que la había contratado, una continuación a mediados de los ’70, refleja de manera subliminal su asumido compromiso con la lucha armada.
 
"El Eternauta montonero" (Solano López dixit) se publica por entregas en la revista Skorpio (Ediciones Record), mientras Osterheld escribe en la clandestinidad que eligió para su militancia. Será desaparecido a un año del golpe cívico-militar, al igual que sus cuatro hijas, tres yernos y dos nietos en gestación. Una tragedia familiar que potencia la figura de su viuda, Elsa, la única sobreviviente de ese círculo íntimo, habitante de un remoto paraíso idílico en una casa de Beccar, donde se pergeñaron los primeros guiones del personaje.
 
Pero El Eternauta volverá tercamente en estos últimos años. Ya en historias a cargo de guionistas que intentan retomar en algún punto el espíritu de la saga original, como en el empleo político (homenaje para algunos, apropiación para otros) que se hizo desde el kirchnerismo.
 
En todo caso, consecuente con la dinámica de aquellas historietas que prometían "continuará".
 
por Oscar Muñoz
Fuente: 

Revista Veintitrés 4/9/2017

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