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OPERACION ALGECIRAS

Hace 34 años, la guerra de Malvinas también se libró en España

Máximo Nicoletti era el «buzo experto» de los Montoneros, la guerrilla peronista nacida en los años 70. Había ganado ese apodo el 1 de noviembre de 1974, por haber hundido un destructor argentino en el puerto militar de Puerto Belgrano. Había colocado explosivos bajo la línea de flotación de la nave luego de burlar las defensas de la base, cruzándolas bajo el agua. El «experto» se jactaba (sin otra prueba que su insistencia en contar una y otra vez la misma historia) de ser hijo de uno de los comandos submarinos de Mussolini que hundieron al HMS Valiant y al HMS Queen Elizabeth en el puerto de Alejandría el 3 de diciembre de 1941.

El 2 de abril de 1982, el gobierno militar argentino decidió dar un golpe de efecto ante un panorama político y económico interno que se tornaba insostenible. A pesar de la represión brutal, la sociedad ya comenzaba a salir a las calles para manifestar su fastidio por las consecuencias funestas que había traído la llegada de los militares al poder. Y el desembarco y recuperación de las islas Malvinas, un afán que unía a los argentinos sin diferencias ideológicas y de clase, fue una jugada arriesgada para prolongar a un régimen en agonía.
 
Aunque los cálculos de los estrategas argentinos presagiaban lo contrario, Gran Bretaña reaccionó con furia y alistó la mayor fuerza naval que
La fragata inglesa Antelope, al momento de estallar por una bomba argentina, en plena guerra de Malvinas.
 
había organizado desde la Segunda Guerra Mundial para recuperar las islas. Margaret Thatcher, primera ministra de ese país, vio también en un conflicto en Malvinas la solución para remontar el abismo de impopularidad en el que estaba cayendo.
 
Cuando comenzaron los primeros combates, el director del Servicio de Inteligencia Naval, el almirante Eduardo Morris Gerling, ordenó convocar a Nicoletti.
 
Nicoletti había sido capturado por los militares argentinos en 1977 junto a su compadre, el también montonero Nelson Latorre, alias «el pelado Diego». Tardaron poco en cambiar de bando, justo antes de entrar en las tremendas sesiones de tortura que les esperaba a los enemigos de la dictadura. La conversión del «buzo experto» fue sincera y fanática. Viajó a Venezuela para infiltrarse entre los exiliados argentinos, pero tuvo que volverse cuando descubrieron que era un topo al servicio de los militares.
 
Apenas llegó a Buenos Aires, «el experto» fue comisionado como parte de la «Operación Algeciras». Como había hecho Nicoletti con el buque de su propio país ocho años antes, deberían penetrar las defensas de la base de Gibraltar y hacer estallar una nave militar. Latorre se unió al grupo junto con su amigo. Y con ellos, se sumó otro exguerrillero del cual hoy se sabe solo su apodo: «el marciano». En caso de ser capturados, dirían que eran parte de un comando Montoneros que había decidido actuar patrióticamente y por su cuenta contra el enemigo británico.
 
25 kilogramos de explosivos en una maleta
 
El grupo partió a París el 22 de abril de 1982 escoltado por el capitán de navío, Héctor Rosales, encargado de vigilar al grupo y servir de enlace con los militares. Desde París, los ex Montoneros atravesaron la frontera e hicieron el camino por carretera a Málaga en dos autos alquilados. Rosales fue por su parte a la embajada argentina en Madrid para recoger una maleta con dos minas italianas cargadas con 25 kilogramos de explosivos, diseñadas para adherirse al casco de un buque. El cargamento había llegado horas antes por medio de una maleta diplomática enviada desde Buenos Aires.
 
Finalmente, el grupo se reunió en una casa rentada en Estepona, a unos 18 kilómetros de Gilbraltar. Un teléfono en una casa habitada por dos jubilados en Buenos Aires, era el enlace para recibir instrucciones y reportar novedades.
 
La «Operación Algeciras» tenía, sin embargo, algunos problemas de improvisación. El grupo tuvo que ir a una tienda de El Corte Inglés para comprar un bote de goma y mapas turísticos de la zona de Gibraltar, ya que no tenían planos actualizados para planificar el ataque.
 
Aquellos turistas argentinos no podían ser menos indiscretos. Cuatro hombres solos que se empeñaban en salir cada día a pasear con un barco frente a la rada del puerto británico en Gibraltar en tiempo de guerra no podían dejar de llamar la atención. Aunque decían ser pescadores, no hacían otra cosa que observar el puerto militar con sus prismáticos en lugar de estar atentos a que las boyas atadas a sus tanzas mostrasen alguna actividad.
 
El objetivo: la fragata «HMS Ariadne»
 
Tras unos días vigilando la base, detectaron solo un objetivo de valor estratégico. Era la fragata «HMS Ariadne», que entraba y salía del puerto en intervalos irregulares. Nicoletti estaba ansioso y llamó a Buenos Aires para pedir permiso para volar un viejo remolcador al que le resultaba fácil llegar. Le negaron la autorización y le pidieron que tuviera paciencia. El 3 de mayo llegó la orden de pasar a la acción y en base a las observaciones del grupo, se fijó el 16 de mayo por la noche como el momento para ejecutar la «Operación Algeciras».
 
Pero el día anterior, todo el plan se vino a pique. El oficial Rosales fue a renovar el alquiler de los coches en previsión de una fuga apresurada. El empleado de la oficina que lo entendió le pidió que lo esperara, solo para darle tiempo a la policía para que llegara al lugar. El marino, al verse atrapado, solo atinó a decirle al oficial a cargo de la captura: «Soy el capitán Fernández de la Armada Argentina y estoy en una misión secreta. Desde este momento me considero su prisionero, no diré una palabra más».
 
La policía llegó un rato después a la casa de Estepona y detuvo al resto del grupo. En el primer interrogatorio, no lograron que los argentinos confesaran el origen y propósito de los explosivos que estaban en la casa. Una vez en la central de la policía en Málaga, confesaron sus identidades y el objetivo de su presencia en España.
 
Antes de que llegara la tarde, el presidente Leopoldo Calvo Sotelo (que por casualidad estaba cerca de Málaga) fue informado de la captura. Por orden del mandatario, se los subió a un avión que había usado el primer ministro y llevados a Madrid. Desde a allí y siempre bajo la custodia del servicio secreto hispano, fueron subidos antes que terminara el día en un vuelo que los depositó sin escalas en Buenos Aires.
 
Inteligencia británica
 
Para la historia oficial, la captura del comando argentino fue una cuestión de suerte. Según esa versión, la policía estaba detrás de la pista de un grupo de estafadores uruguayos que causaban estragos en las tiendas locales. Los argentinos que se mostraban con grandes cantidades de dólares en efectivo, llamaron la atención de inmediato. Incluso para quien vive en el Rio de la Plata, resulta difícil distinguir entre un porteño y un uruguayo. Las actividades inusuales de los argentinos despertaron las sospechas de los informantes de la policía y de allí hubo poco trecho para que se produjera el arresto.
 
Hay otros que creen que el cuento de los uruguayos es una excusa para ocultar laacción de la inteligencia británica, que los habría detectado cuando presentaron sus pasaportes en la escala que hicieron en París. Aquellos documentos falsos, confeccionados por Víctor Basterra, un prisionero del campo de concentración de la Escuela de Mecánica de la Armada en Buenos Aires, eran buenos, pero no lo suficiente como para confundir a los agentes galos. Al menos esa versión es razonable para explicar cómo fue que la «Operación Algeciras» fue arruinada el día anterior a lograr su objetivo.
 
Como fuera, aquel grupo de prisioneros argentinos era una verdadera contrariedad para el gobierno español. La guerra en Malvinas había exacerbado el ánimo de los sectores nacionalistas locales, para quienes las Malvinas y Gibraltar eran símbolos similares de la política colonial británica. Subirlos a un vuelo sin escala de regreso y el silencio oficial sobre el suceso, fue un modo elegante de sacarse el problema de encima.
 
Resta imaginarse qué hubiera sucedido de haber tenido éxito la «Operación Algeciras». Un buque de guerra británico hundido en aguas europeas por un comando formado por hombres que apenas unos años antes estaban matándose entre sí. Y todo ello logrado con mapas comprados en una tienda comercial, con pasaportes hechos por un preso de un campo de concentración y frente a las narices de una potencia que ocupa el último enclave colonial en Europa. Hubiera resultado un argumento que pocos novelistas se hubieran atrevido a usar, bajo riesgo de ser acusados de exceso de fantasía.
 
por Ignacio Montes de Oca
Fuente: 

Diario ABC 20/4/2016

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