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El siglo de Kirk Douglas, el hijo de un trapero que creó una dinastía mítica en Hollywood

A sus 100 años, Kirk Douglas representa el último vestigio de los años dorados de Hollywood, un planeta hoy carcomido por un ciclo interminable de secuelas, remakes y superhéroes. «El hijo del trapero», como se autodenominó en su biografía, coló su célebre hoyuelo en más de ochenta películas antes de su retirada en 2008. «Espero que mi atractivo se deba a algo más que a mi mentón», advirtió Kirk Douglas cuando su carrera artística estaba próxima a acabar. La edad y su delicada salud de hierro le mantienen alejado de las cámaras. No en vano, en «Cosas de familia» (2003), su antepenúltima película, coincidieron tres generaciones de Douglas: su hijo, Michael; su nieto, Cameron; su primera mujer, Diana; y el propio Kirk, fundador de una estirpe ya mítica.

La trayectoria de este gigante de la interpretación le ha valido tres nominaciones para el premio Oscar. Siempre quedándose en la orilla. El origen ruso y judío de sus padres fue un escollo insalvable dentro de una industria que miraba con lupa cualquier resquicio comunista. No obstante, la Academia galardonó a Kirk Douglas con un Oscar honorífico en 1996 para remediar el descuido histórico. El Oscar más admirable y, a la vez, quizás, el más injusto.
 
Nacido como Issur Danilovich Demsky (Estado de New York, 9 de diciembre de 1916), adoptó más tarde el nombre artístico de Kirk Douglas para impulsar su carrera. Sus padres habían llegado a EE.UU, en 1908, escapando de Moscú para evitar el reclutamiento del padre en la guerra ruso japonesa. «Mis padres eran pobres y analfabetos», ha proclamado siempre Kirk Douglas, orgulloso de la historia de superación que protagonizaron sus progenitores.
 
Como a los judíos les estaba prohibido trabajar en las fábricas, el padre se hizo trapero para sustentar a su familia. Ajeno a las penurias pasadas por sus padres, Kirk Douglas vivió una juventud plácida donde destacó en varios deportes. Incluso llegaría a competir en lucha libre en la Universidad de Saint Lawrence. Precisamente ese físico contundente, y ese porte tan característicamente varonil, marcarían los primeros años de su carrera cinematográfica.
 
Tras debutar brevemente en los escenarios de Broadway, acudió al servicio militar cuando la Segunda Guerra Mundial golpeó en la puerta de EE.UU. Licenciado con honores, Douglas volvió a Nueva York y consolidó su nombre en Broadway. En 1946, participó en su primera película «El extraño amor de Martha Ivers». En esa época, Hollywood reclamaba rostros rudos para rellenar metraje y escenas de acción. Tardaría aún varios años en sacudirse el aire de actor secundario. El film «El ídolo de barro» (1949), donde se metió en la piel de un boxeador, dio un vuelco a la carrera del neoyorquino. Una película hoy casi olvidada que auspició su primera nominación al Oscar.
 
Kubrick & Douglas, un feliz accidente
 
El actor inició la década más brillante de su carrera en los años 50. Sobre todo prolífera en películas de género fantástico y épico, como «20.000 leguas de viaje submarino», «Los Vikingos», donde ganó un premio de interpretación en San Sebastián y, por supuesto, la célebre «Senderos de Gloria», dirigida por Stanley Kubrick. Douglas había inaugurado, sin saberlo, una asociación que le causaría muchos dolores de cabeza, y que, a su vez, le haría pasar a la historia del cine con «Espartaco» (1960).
 
Por empeño personal, Douglas, que también era productor ejecutivo de la película, impuso que Kubrick se encargara de la dirección y Dalton Trumbo, en las listas negras por ser comunista, del guión. El actor y productor había despedido a Anthony Mann por distintas desavenencias cuando ya se habían rodado las primeras escenas. Nada comparado con las elevadas discusiones que mantendría con Stanley Kubrick, que también estuvo cerca de abandonar la producción. Años después, el director apuntó que consideraba «Espartaco» un fracaso personal. Con todo, la taquilla respaldó la película de forma abrumadora y consagró a ambos.
 
Los años 60 fueron menos generosos para Kirk Douglas. Menos películas y más irregulares. En la década del 70 destacó su participación en «The fury» (1978), de Brian de Palma, mientras que cinco años antes probó como director, productor y protagonista de «Los justicieros del Oeste». Su afán por abarcar todos los aspectos del cine presidió toda su carrera. No en vano, los mejores años de su obra habían pasado, incluidas las otras dos nominaciones al Oscar: «Cautivos del mal», en 1952, y «El loco del pelo rojo» (aquí interpreta al pintor Vincent Van Gogh), en 1956.
 
Su legado interpretativo, y de hecho sanguíneo, sigue hoy presente en su hijo Michael Douglas, ganador del Oscar al mejor actor por «Wall Street» en 1987. Michael no ha heredado el hoyuelo, pero sí el talento y la estatuilla que al hijo del trapero se le adeudaba.
 
por César Cervera
Fuente: 

Diario ABC 9/12/2016

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