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El museo Sívori cambia y mira hacia el parque

Pasa el tren. Por detrás del jardín del Museo Sívori pasa el tren y el ruido de las ruedas sobre los rieles -ese ruido de la Revolución Industrial, tan distinto del silencio parejo de las computadoras- será la banda de sonido de esta charla. En el jardín del Museo Teresa Riccardi, la nueva directora, habla de sus planes, y esos planes incluyen ese jardín y por qué no ese tren.

El Sívori se abrió en 1938, aunque recién tuvo su nombre actual en 1946. Fue creado como museo de Bellas Artes municipal y recién en 1995 se mudó al edificio que ocupa ahora, en lo que fue el tambo de la quinta de Juan Manuel de Rosas y después la confitería El hostal del ciervo. Así que a su alrededor, alrededor de su patrimonio de unas 4.000 piezas, hay césped, corredores, lago y gente que pedalea sobre el agua.
 
Pero, claro, no todo es tan idílico. A mediados de marzo, además de designar a Riccardi, la Dirección General de Museos de la Ciudad, al mando de Guillermo Alonso -ex director del Museo Nacional de Bellas Artes- inició reparaciones en el Sívori y para hacerlo cerró el museo. Varias entidades de artistas visuales expresaron entonces su preocupación. Por el cierre -que implicaba la suspensión de talleres- y por la designación de Riccardi -que implicaba la salida del cargo de Gabriela Limardo, quien lo había ocupado desde que se fue Cocó de Larrañaga, directora del museo durante 20 años.
 
En ese contexto asumió Riccardi, historiadora del arte, nacida en 1972, con experiencia como directora del Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (un museo privado), ex becaria del Conicet, ex asistente de dirección del Museo de Arte Moderno. A fines del año pasado, Riccardi quedó en la terna del concurso para Director Artístico del Museo Nacional de Bellas Artes. Todo eso ha hecho y, además, es una mujer joven con una sonrisa que no le deja ocultar su entusiasmo. Que el lunes tuvo una buena noticia: los montos de los premios del Salón Manuel Belgrano -que se hace en el museo- aumentaron en un 2.000 por ciento. Los primeros premios, por ejemplo, pasaron de 5.000 a 100.000 pesos. Lo que se dice, un espaldarazo.
 
Hay carretillas en el museo, ladrillos, obra. Se remodelan las salas de la planta baja -se ganaron 140 metros cuadrados- para reubicar aparatos de aire acondicionado, hacerlas más parecidas a un “cubo blanco” y darles “hermeticidad”, porque el museo es muy vidriado. También se está haciendo un lugar para las proyecciones: películas o trabajos artísticos en video. Un salón donde también se puedan presentar libros u otros proyectos porque, dice Riccardi, “no me gusta que esas cosas se hagan al lado del patrimonio”.
 
Pasa el tren.
 
-¿Qué hay que hacer en el Sívori?
 
-Tengo la propuesta de hacer un catálogo razonado. Nos lo debemos. Como el que se hizo hace algunos años en el Museo Nacional de Bellas Artes.
 
-¿Cómo se define esta colección?
 
-Hay obras desde el siglo XIXhasta ahora. Hay piezas vinculadas a los años ‘30. Hay mucha gráfica y buenos grabados. Y muchas mujeres, mucha escultura: aquí hay espacio para pensar lo escultórico. Hay obras como Chacareros, de Berni; o Ni ver ni oír ni hablar, de Raquel Forner. Hay representaciones de la migración del campo a la ciudad. Y muchas maternidades. Es una gran colección de arte de la Ciudad que no está tan vista y que tiene piezas de todas partes, se hizo con vocación federal. Porque el Museo de Bellas Artes, aunque esté en la ciudad es nacional.
 
-¿Cómo se formó la colección?
 
-Con adquisiciones a través del Salón y donaciones, principalmente.
 
-Eso puede ser muy heterogéneo.
 
-Muy heterogéneo. Luego hubo directores que completaron la colección con compras. Es interesante el trabajo del Salón pero creo q ue las políticas de adquisición no deben existir solamente con el premio sino con otro tipo de adquisiciones. En las que se compren piezas significativas para ciertos momentos.
 
-¿En el presupuesto está contemplada la adquisición?
 
-No directamente. Pero buscaremos modos de que hagan. El museo debe tener capacidad de hacer compras, aunque ni manejemos fondos directamente.
 
-¿Ya detectó qué falta?
 
-Sí, todavía estoy trabajando pero me parece que falta un repertorio más próximo, digamos de los últimos veinte o treinta años.
 
-¿No se superpone con el Museo de Arte Moderno?
 
-No, por el tipo de obra. Hay un corte más nacional aquí. Hay piezas donde se construye la identidad a partir de lo nacional. Es como si hubiera una idea del siglo XIX, una idea de nación del siglo XIX que persiste.
 
-¿Cómo y cuándo abrirá el museo?
 
-A fines de mayo o junio, cuando termine la obra. Abriremos con una exhibición patrimonial a partir de algunos ejes: “Tierra”, “Caos” y “Gérmenes”. Y en noviembre, seguramente, se hará el Salón Manuel Belgrano.
 
Pasa el tren, se mete en la conversación, la brisa se hace sentir.
 
-¿Gérmenes?
 
-Sí, lo que germina. Es el inicio de una gestión y esto también es un parque. Quiero que el museo tenga una lectura más abierta, en relación con ese contexto verde.
 
-¿Qué significa eso?
 
-La localización marca mucho este museo. Quiero reunirme con las asociaciones del parque, ver cómo podemos trabajar juntos. Porque hay una realidad: estamos en un ecosistema común. El lago, el agua, hay que pensar todo eso. La dimensión paisajística también se ve en la colección.
 
-¿Viene mucha gente en zapatillas y shortcitos?
 
-¡Claro! Y no es que vayamos a hacer la “maratón Berni”, sino formar audiencias que sean parte del museo. Me preocupa que el museo sea el ghetto de un grupo.
 
-¿Va a cambiar el perfil del museo?
 
-Quisiera proponer trabajos puntuales con la colección, que la abran hacia lo contemporáneo. Que vengan artistas, se instalen, investiguen y de ahí vemos qué relaciones surgen.
 
-¿Alcanza el lugar?
 
-Queremos más salas de exposición. Más metros. Hay un proyecto de reforma mayor, para más adelante.
 
-Hubo reclamos por la suspensión de los talleres. ¿Qué pasará?
 
-Estamos viendo cuáles tendrán continuidad. No tengo una política de cerrar cursos, pero veremos si algunos hay que pensarlo de otra manera. También hay talleres históricos que me gustaría que siguieran, como el de Rosemarie Gerdes, que hace talla en madera. De a poco me voy a ir juntando con todos. Pero hay algunos talleres que están funcionando, en otras sedes.
 
-Usted fue designada por el Poder Ejecutivo. ¿No sería mejor que los directores fueran concursados?
 
-Sí, claro. ¡Por eso me presenté!
 
por Patricia Kolesnicov
Fuente: 

Diario Clarín 19/4/2017

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