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EL TEXTO HA PASADO DESAPERCIBIDO DURANTE MAS DE 200 AÑOS

El diario inédito del soldado inglés que asedió Badajoz en 1811

Cracked and Spineless (Agrietado y Frágil) es el nombre de una pequeña tienda de libros de segunda mano en la ciudad de Hobart, Tasmania. Las antípodas son lo suficientemente remotas como para haberse podido permitir el lujo de ahorrarse las secuencias más violentas que definen a la historia. En Hobart nunca han tronado cañones napoleónicos, ni han sonado las alarmas advirtiendo de un inminente bombardeo alemán, o japonés, o estadounidense. Si bien Tasmania ha sufrido el paso del tiempo, la isla ha tenido la delicadeza de no interponerse en el camino de ninguna guerra.

La historia, sin embargo, siempre encuentra la manera de imponer su recuerdo, incluso en las antípodas. En este caso, en la forma de un libro, un antiguo diario que durante décadas parece haber estado enterrado bajo una montaña de volúmenes en el local Cracked and Spineless. Bajo el somero título de "1811, Diario, Alentejo", el teniente coronel John Squire inmortalizó los recuerdos de la que sería su última campaña: el tercer asedio de Badajoz.Aquel hombre de muchos ingenios John Squire no es un desconocido, ni mucho menos. El diario recientemente descubierto es apenas un grano de arena en un océano de notas, papeles, y volúmenes que el militar británico dejó en testamento para la posteridad. Squire fue mencionado en varios informes militares, y recibió honores de varios superiores, incluyendo menciones honoríficas por parte de personajes tan relevantes como el propio duque de Wellington. El verdadero valor de su figura es, sin duda alguna, el hecho de que su propia vida fue un reflejo de los turbulentos años que introdujeron a Europa de lleno en la Modernidad. Hijo de un doctor ilustrado natural de Londres, luchó en España, Escandinavia, Holanda, Egipto y Sudamérica, recorrió Grecia y el Mediterráneo. Espía, militar y arqueólogo aficionado, Squire representa el ideal de aquel varón de multiforme ingenio que prosperó en el crepúsculo del Siglo de las Luces, una especie de Stephen Maturin de la vida real.

 
Squire nació en Londres en 1780, hijo de un doctor ilustrado y reformador. Su padre fundó en 1788 la Sociedad para el Rescate de las Viudas y Huérfanos de los Hombres de Medicina, una institución caritativa que aún existe. Squire pertenece a la primera generación de militares profesionalizados que se beneficiaron de la aplicación sistemática de las ciencias en el ejército, graduándose de la Real Academia de Ingenieros de Woolwich en 1797. En aquel entonces, Europa se veía envuelta en un conflicto de proporciones casi desconocidas para los estándares del momento. La Francia revolucionaria había conseguido defenderse de la Primera Coalición, imponiéndose como la primera potencia militar en el continente, ocupando los Países Bajos austríacos y Holanda, donde se constituyó la República Bátava, un estado títere aliado de los franceses. La proximidad de un enemigo tan formidable y de los ideales revolucionarios jacobinos eran una fuente perpetua de sospecha e inquietud en Gran Bretaña. Con el estallido de la Guerra de la Segunda Coalición entre Francia, Austria, y Rusia, el Reino Unido decidió organizar una invasión de la República Bátava con el fin de abrir un segundo frente y de hundir o capturar la flota holandesa. Squire tuvo ocasión de participar en las batallas de Bergen y Alkmaar. Durante la campaña, los británicos consiguieron neutralizar la flota enemiga, aunque la invasión y el intento de derrocar la república y restablecer al Príncipe de Orange resultaron ser un fracaso. El despertar del orientalismo El carácter omnipresente de Squire es evidente en lo que se refiere al Oriente, ese concepto eurocentrista enraizado en lo más antiguo de la cosmogonía occidental. De hecho, apenas hay un acontecimiento importante en el frente otomano en el que Squire no aparezca en un momento u otro. Tras la derrota en Holanda, Squire embarcó hacia Egipto en 1801 en una expedición comandada por el general Ralph Abercromby con el objetivo de bloquear los éxitos que Napoleón había cosechado apenas unos años antes. La importancia de esta campaña es mayúscula. El propio Edward Said, el gran enemigo del orientalismo, señaló las incursiones napoleónicas en Egipto como el origen del orientalismo moderno.
 
El contacto directo de los europeos con el mundo musulmán fue de gran importancia, y Squire no perdió ocasión. Hombre curioso como era, y gran aficionado a la historia, estuvo presente en la capitulación francesa en Rosetta, y formó parte del cuerpo de oficiales que recibieron la piedra homónima de manos de los franceses derrotados. La captura de la Piedra Rosetta fue un hito: al poco tiempo fue enviada al Museo Británico (donde aún permanece). Su estudio, bien es sabido, permitió a los hombres de letras europeos traducir los jeroglíficos egipcios, desencadenando el nacimiento de la egiptología moderna. También en el país de los faraones, Squire participó en la batalla de Alejandría, una carnicería que dejó más de cuatro mil cuerpos franceses en tierras africanas y que enterró para siempre el sueño oriental de Napoleón. Tras sus servicios en la campaña africana inició un tour por el imperio otomano en la compañía - ocasional - de William Richard Hamilton (quien escribiría uno de los primeros tratados de egiptología, AEgyptica) y William Martin Leake. Junto a este último, Squire se vio envuelto en el transporte de los frisos del Partenón, adquiridos de forma dudosa por el embajador británico en Estambul, Lord Elgin, un acontecimiento cuya legalidad aún no ha podido demostrarse de forma fehaciente. Durante el traslado, su embarcación, el Mentor, naufragó cerca de la isla de Citera, al sur del Peloponeso, perdiéndose algunas de las esculturas. El pecio, que cargaba con otras varias antigüedades, fue descubierto en 2009.El mundo hispánico de Buenos Aires a Badajoz Como ingeniero militar que era, Squire se especializó en fortificaciones y asedios. Tras su retorno a Inglaterra en 1803, el militar fue destinado a una serie de puesto menores, hasta que en 1806 se embarcó de nuevo, esta vez rumbo al Río de la Plata, formado parte de la expedición encabezada por sir Samuel Auchmuty. El objetivo de la flota era capturar las poblaciones de Buenos Aires y Montevideo, con el propósito de detener el flujo de plata proveniente de Bolivia y el Perú.
 
Squire se distinguió en el asedio de Montevideo como oficial al cargo de las operaciones: los británicos consiguieron abrir una brecha en las fortificaciones de la ciudad que permitió a la infantería tomar la población al asalto. La buena estrella de los ingleses, no obstante, se agotó en Buenos Aires, donde sufrieron una sonada derrota a manos de Santiago de Liniers. La derrota en Sudamérica le trajo de vuelta a Europa, donde participó en una serie de acciones en Coruña, Holanda, y Escandinavia hasta que se confirmó el que sería su último destino bajo las órdenes de Wellington en España. En la campaña de la península tuvo ocasión de tomar parte en acontecimientos como la batalla de Torres Vedras, y el avance británico sobre Extremadura. Squire construyó los puentes sobre el Guadiana que posibilitaron la toma de Olivenza y entró en combate en la victoria británica de Arroyomolinos. Durante el tercer asedio de Badajoz, Squire desempeñó funciones de ingeniería durante casi veinticuatro horas sin descanso. El asedio sería uno de los hitos de la incursión británica en España: el asalto a la ciudad se convirtió en una carnicería ante cuya visión, según se dice, el propio Wellington no pudo contener las lágrimas. Según algunas estimaciones, los aliados dejaron casi cinco mil bajas entre muertos y heridos. El propio Squire no salió ileso de tan homérico esfuerzo militar: el hombre que había viajado de Egipto a Argentina, que había servido como espía y soldado, y que había estado presente en la captura de la piedra Rosetta y el traslado de los frisos del Partenón sucumbió a la extenuación y a las heridas cuando marchaba a incorporarse a su siguiente destino. Fruto de una fiebre que contrajo en Extremadura, y agotado por el ritmo de una vida exenta de descanso, Squire murió el 19 de mayo de 1812, apenas un mes después de haber recibido una condecoración por su papel en Badajoz, y menciones honoríficas por parte de Wellington. Tal es el hombre de muchos ingenios que ha traído a la remota Tasmania los ecos del despertar de la era moderna. El azar ha querido que el último diario de John Squire apareciera en Cracked & Spineless, irónicamente, para cerrar el círculo de escritos que nos legó a forma de Odisea personal. Si bien, es poco lo que puede añadirse desde un punto de vista histórico a una campaña que ha sido bien documentada, no cabe duda de que añadirá un último capítulo al testimonio de un hombre singular, hijo y protagonista de su propia época.
 
por Juan José Rivas Moreno
Fuente: 

Diario El Mundo 18/5/2016

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