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LA CAIDA DEL TRANVIA AL RIACHUELO

El último sandwich de milanesa

Fue el sábado 12 de julio de 1930. A las 6:15 hs el interno 75 de la línea 105 de tranvías de la compañía Tranvías Eléctricos del Sur, que realizaba el trayecto Lanús - Plaza Constitución estaba por cruzar el Puente Bosch, en Avellaneda, en dirección a la ciudad de Buenos Aires.

El motorman era el italiano Juan Vescio, de 31 años, casado, tres hijos, otro en camino, que vivía en Gerli, no muy lejos de allí. Era su tercer día de trabajo. Posiblemente por la niebla, o su inexperiencia, Vescio no vió la luz roja que indicaba que el puente estaba levantado, ya que estaba por pasar una lancha petrolera. Ante los gritos desesperados del personal de la garita del puente, el tranvía se precipitó a las aguas del Riachuelo. Murieron 56 personas, y sólo 7 pasajeros sobrevivieron.
 
 
El diario Crítica acusó al gobierno por no mantener los controles suficientes sobre el transporte público. Una versión que echó a correr hablaba de que el acelerador se habría trabado, provocando la tragedia.
 
Los cuerpos fueron trasladados a la morgue que funcionaba en la isla Demarchi. Al día siguiente, sacaron al tranvía de las aguas. La empresa le cambió los motores eléctricos y pasó a ser el interno 275, y volvió a circular hasta la década del 40.
 
Trece años más tarde, la compañía desembolsó entre 1.500 y 3.000 pesos para las familias de las víctimas.
 
El muerto más joven fue Leando Puma, de 14 años. Era aprendiz de carpintero. Revisando sus ropas, encontraron en su bolsillo un sandwich de milanesa. El poeta Raúl González Tuñón, que por entonces trabajaba en el diario Crítica, escribió las siguientes líneas que el director Natalio Botana decidió publicarlas en un recuadro en la primera plana:
 
“Uno de los cadáveres extraídos era el de un chiquilín como de 14 años de edad. Obrerito joven, la muerte lo sorprendió tiritando de frío en un rincón del tranvía. Nadie lo reconoció en el momento de ser sacado de las aguas. ¡Quién sabe si ese chiquilín no tiene más familia que una abuelita vieja, a la que debe mantener con sus pobres jornales! Cuando levantaron ese cuerpecito liviano, llamó la atención lo abultado de uno de los bolsillos de su saco. Ese bulto resultó ser un sándwich. Un pan francés abierto en dos, llevando adentro una milanesa, seguramente sobre de la comida del día anterior. Esa sándwich era el único almuerzo de la infeliz criatura. Cuando se lo sacaron del bolsillo, ese sándwich, último sándwich de quién sabe cuántas jornadas de hambre, tuvo el prestigio de arrancar más de una lágrima”.
Fuente: 

Adrián Pignatelli

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