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Televisión

Diez años sin Migré

Murió el 10 de marzo de 2006. Fue un maestro. No sólo para contar el amor, sino también en la defensa de la libertad creativa de los autores. Se lo extraña mucho. Diez años sin Alberto, sin el Maestro. ¿Qué pensaría de la llegada de telenovelas turcas y coreanas, y de estas únicas ocho horas semanales con que cuenta la producción local? ¿Qué, del verdadero éxodo de autores y otros talentos? No sólo hacen falta sus historias de amor, también se extrañan su diagnóstico certero, su falta de prejuicios, sus palabras justas.

El padre de la telenovela argentina, el autor de fenómenos como Rolando Rivas, taxista o Pobre diabla, el que reinventó el género llevándolo al barrio y conquistando a los hombres, el que hizo que sus personajes también recitaran poesía o escucharan a Chaikovsky, murió un 10 de marzo, hace ya diez años. Se fue de esta vida de manera suave y discreta, tal como la había transitado: mientras dormía, sin desesperación ni escándalos.
 
Sería ocioso repasar sus títulos, o todo lo que implicó Rolando..., una novela sobre la que se han escrito kilómetros de tesis en las carreras de comunicación, ensayos y notas periodísticas. Lo de Migré con Rolando no fue sólo un gran éxito de audiencia (tuvo varios más) ni una casualidad. Su sello de autor, su marca en el orillo, fue la de hacer de cada una de sus telenovelas un retrato de época, que no excluyó datos políticos ni sociales, y que incluso miró un poco más allá. Si en los ´70 sacudió modorras mostrando que los finales de las historias de amor pueden no ser felices (Piel naranja), que la boda puede servir para la última escena de la novela, pero la vida sigue y a veces el amor no alcanza (Rolando Rivas, taxista, primera temporada), unos años después se atrevió a incluir en sus historias desde la homosexualidad femenina (Sin marido) hasta la violencia de género en sus variantes más sutiles.  Con Leandro Leiva, un soñador, que fue uno de sus últimos trabajos para nuestra televisión, Migré apuntó a lo que se venía. Advirtió que las diferencias sociales, de género o de número empezaban a no ser motivo suficiente para convertir un auténtico amor en imposible, y se concentró en la más grande de las imposibilidades, la de adentro, la que genera la propia conciencia. Y entonces enamoró a un militante sindical de la hija de un empresario delator, en el marco de un ingenio azucarero. La de Leandro Leiva fue una gran historia, que no pudo haber sido sometida a peores tratos por parte del canal que la emitió (el 9). Quizá se había adelantado mucho don Alberto. Pero nadie negaría que dejó tremenda huella.
 
El, que había sido maestro de escuela, estudiante de Filosofía y algunas otras yerbas, se reivindicaba Autor. Y se distinguió por una defensa inclaudicable de la libertad creativa y los derechos sobre la obra. No es por homenaje vacío que la Asociación que nuclea a los más reconocidos autores de nuestra industria audiovisual lleva su nombre.
 
Le gustaba escuchar las conversaciones de las parejas en los bares, le gustaba caminar por esas calles en las que Boedo se transforma en Caballito, buscar los empedrados que ahuyentan el paso de los autos, imaginar escenas detrás de las ventanas. Siempre con una frase justa en el bolsillo, solía decir que los autores y los periodistas teníamos que adorar la calle. Y Migré era calle, era barrio, era universal y era aldea. Su aporte a la cultura latinoamericana todavía no ha sido bien ponderado.
 
por Adriana Bruno
Fuente: 

Diario Clarín 11/3/2016

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