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LA HISTORIA DEL FUNDADOR DE LA CRUZ ROJA

De millonario a mendigo

El suizo Hebri Dunant nació en 1828 en la colonia suiza de Setif. Con los años, se transformó en un próspero banquero pero, sobre todo, era un emprendedor. Pero su vida tomaría un camino inesperado.

Ese espíritu lo llevó a querer armar un complejo de molinos harineros en Argelia, por aquellos años una colonia francesa. A raíz de las trabas burocráticas que se interponían en su camino, le aconsejaron que el único que podría destrabar la cuestión era el propio emperador francés, Napoleón III. 
 
Cuando se disponía a partir a París a fin de plantearle el problema, a Dunant le informaron que el jefe de gobierno se hallaba en el norte de Italia, en plena guerra con el imperio austro-húngaro. Y hacia allí fue. 
 
Por entonces, Italia estaba dividido en varios reinos (la unificación llegaría en 1870) y Francia había acudido en auxilio de Piamonte, cuyo reino ambicionaban los austríacos. Dunant arribó a dicho escenario apenas finalizada la batalla de Solferino, que tuvo lugar el 24 de junio de 1859, y que dejó un saldo de 40.000 muertos. El suizo no podía creer lo que estaba viendo y se horrorizó al comprobar que nadie se ocupaba en auxiliar a los moribundos y heridos. Inmediatamente, recorrió los pueblos cercanos, donde reunió a un grupo de mujeres, para asistir a los miles de soldados de ambos bandos que aún permanecían en el campo de batalla.
 
Dunant se había olvidado de su molino harinero. De regreso a Suiza, escribió el libro "Recuerdos de Solferino" y tiempo después, junto a sus amigos Moynier, Dufour, Appia y Maunoir fundó la Cruz Roja Internacional el 17 de febrero de 1863. Fue, además, el introductor de la chapa identificatoria que los soldados llevan consigo.
 
La vida de Dunant dio un vuelco dramático. Abocado de lleno a la asistencia, descuidó sus negocios. El fantasma de la quiebra se volvió realidad y el círculo social en el que se movía, no tardó en darle la espalda. Hasta lo hicieron renunciar a su cargo de secretario de la Cruz Roja y perdió su condición de miembro. 
 
Se daba un fenómeno sorprendente. Porque cuando viajó a París, por un lado debía dormir en bancos de plaza y por otro aconsejaba en diversas cuestiones a la emperatriz Eugenia. Vivía de la caridad y de la hospitalidad de algunos de sus amigos. 
 
En 1887 fue a vivir a una aldea en Suiza y en 1895 se internó en un hospicio, donde fue descubierto por el periodista Georg Baumberger, que trabajaba en la revista Por Tierra y Mar. El artículo publicado se replicó por los principales medios europeos, generando conmoción. Entonces, los homenajes, los reconocimientos y la asistencia económica no demoraron en llegar, cuyo punto culminante tuvo lugar en 1901, cuando se transformó en el primero en recibir el Premio Nobel de la Paz. 
 
Falleció el 30 de octubre de 1910, a los 82 años. 
Fuente: 

Adrián Pignatelli

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