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El periodista y escritor Javier Reverte narra cómo vivió la muerte del dictador

Cuarenta años de la muerte de Franco

Por aquel entonces, yo era miembro del Partido Comunista -clandestino todavía, aunque casi todo el mundo sabía ya en España quién era «pecero» y quién no- y trabajaba como corresponsal en París. En la ciudad vivían entonces casi todos los dirigentes del comunismo en el exilio, a comenzar por Santiago Carrillo. Aunque yo era un militante de base, creo que era el único comunista en París directamente relacionado con el periodismo español y tenía muchos amigos que trabajaban en la prensa dominada por el régimen franquista.

La gente no es capaz de imaginar hoy hasta qué punto aquel era un momento relajado y en buena medida surrealista: yo hablaba con tíos y primos míos que eran redactores de EFE o de Arriba y que sabían que yo era «rojo».
 
Y algunos de ellos eran falangistas o franquistas. Y todas las noches les llamaba, cuando empezó la enfermedad de Franco, para saber cómo iba la enfermedad y si al «caudillo» le quedaban pocas o muchas horas de vida.
 
¿Por qué lo hacía? Porque todas las noches me llamaban dirigentes del partido, y muy a menudo el propio Carrillo, para saber si se había muerto o no el dictador. Tenían un anhelo mitad político y mitad personal. No sólo era el hombre que había instalado en España el fascismo, sino aquel que les había enviado a vivir fuera de su país durante décadas.
 
Nadie que no haya conocido a un exiliado político sabe el inmenso dolor que significa el exilio. Dejar tu tierra amada, tu razón íntima de ser, e incluso la tortilla de patata, es una mutilación difícil de comprender para quien no la sufre.
 
Y los exiliados políticos, que tanta mutilación habían sufrido, ansiaban esa muerte de Franco, no como una venganza, sino como una suerte de celebración de la vida. Eso fue, en mi opinión, una de las mayores crueldades del franquismo: no sólo los fusilamientos y las cárceles, sino la negación a disfrutar de la vida a muchos hombres y mujeres de España durante décadas.
 
Me llamaban los peceros y yo llamaba a los franquistas de España. Y mi tío o mi primo me decían: «Parece que está punto de cascar». Y yo pasaba el mensaje a Carrillo, que al final casi me contestaba ya algo aburrido… Porque tardaba tanto en morirse el «pájaro», como le llamaban incluso los suyos.
 
por Javier Reverte
Fuente: 

Diario ABC 17/6/2017

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