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100 años de la Batalla de Verdún

Cuando el mundo vislumbró el Apocalipsis

“Queridos padres, estoy acostado en el campo de batalla y tengo una bala en el vientre. Creo que me estoy muriendo”. Este mensaje lo escribió Johannes Has, un soldado alemán en las trincheras de Verdún. Una carta que define lo que fue aquella batalla: una muestra del Apocalipsis. Este 19 de diciembre se cumplen 100 años del final de aquella carnicería y en aquel escenario de horror reina el silencio.

El campo de batalla de Verdún se mantiene como un gran sepulcro. El bosque ha crecido sin esconder los restos de un combate que se convirtió en el símbolo de la I Guerra Mundial. Una guerra que cambió todos los cánones militares y que Verdún resumió dejando una profunda cicatriz en la memoria de Francia y Alemania. Tras 100 años las trincheras se resisten a desaparecer.
 
Operación Gericht
 
El jefe del Estado mayor alemán, el general Erich von Falkenhayn, preparó con sumo detalle la toma de la ciudad fortificada de Verdún. La estrategia alemana se basaba en un ataque que obligara a los franceses a movilizar tropas hacia un mismo punto y una vez en él, hostigarlas para diezmar tanto las filas francesas y la moral de la potencia. La zona de Verdún era ideal para sus propósitos: matar y herir a cuantos más franceses fuera posible.
 
La inteligencia alemana informó que se habían retirado tropas y artillería francesas de la zona para desplazarlas hacia otros puntos calientes. Von Falkenhayn pensó que con el ataque al flanco verdunés daría un golpe de efecto rápido que dejaría a Francia desconcertada y rompería con la guerra de posiciones establecida desde 1914.
 
La potente maquinaria alemana se puso en marcha. Von Falkenhayn dispuso más de ochocientos cañones de manera estratégica y cosió su territorio con una línea de defensa férrea. Incluso, ordenó volar los campanarios de los pueblos donde los alemanes se agazapaban para despistar los mandos franceses. Una batalla planteada con un único objetivo: desangrar Francia.
 
Empieza el infierno
 
A las 7:15 minutos del 21 de febrero de 1916, después de posponerse dos días por el mal tiempo, los alemanes encendieron la mecha de sus cañones. La Gran Berta, el temido cañón de 420 mm capaz de lanzar proyectiles a 12 kilómetros y provocar cráteres de seis metros de profundidad, o el efectivo Skoda 35, y otras máquinas de matar empezaron a disparar.
 
En diez horas un millón de obuses cayó sobre una línia francesa de casi 30 kilómetros . La ofensiva era demoledora. Nueve horas después del barrido de artillería, tres cuerpos de infantería alemana penetraron en zona francesa. Fusilería y lanzallamas sembraron el terror entre los poilus -soldados franceses-. Los alemanes conquistaron el Fort Douaumont cuatro días después de iniciar el ataque.
 
La ofensiva se estabiliza
 
El Estado Mayor francés reaccionó ante la contundencia del ataque. Al principio, la inteligencia francesa creyó que era una maniobra de distracción. El General Édouard de Castelnau envió el 2º Ejército francés, bajo el mando del General Philippe Pétain. Los alemanes avanzaban rápido, incluso tan rápido que a menudo eran víctimas de su artillería, a pesar de la dura resistencia francesa. Una resistencia que convierte Verdún en la lucha nacional francesa.
 
 
Pétain plantea una defensa basada en la logística, acompañada de una suerte de meteorología y en el error de valoración de riesgos en el cálculo de Falkenhayn, que no contempló que los franceses podían responder, produciendo un ingente número de bajas entre los Feldgrauen -soldados alemanes-. Los franceses paralizaron la ofensiva alemana con unas pérdidas sangrientas.
 
Recta final hacia el Apocalipsis
 
El avance de la infantería alemana la desprotegía de su artillería. La lluvia y, posteriormente, la nieve habían convertido los bosques de Verdún, ya desalmados por los obuses, en una gran bañera de barro que no permitía avanzar los cañones. Petain aprovechó para rearmar el ejército con una gran operación logística, colocando estratégicamente baterías que castigaron los alemanes.
 
En el intento de los Feldgrauen de acabar con las baterías francesas que les fustigaban salieron esquilmados. La nueva disposición de artillería ordenada por Petain les envolvía todavía más. El frente se estancó y se empezó a atisbar que la magnitud de la tragedia dibujaba el Apocalipsis. Barro, sangre y muerte llenaron los alrededores de Verdún.
 
El final
 
La guerra de trincheras y de desgaste fue brutal. El general Robert Nivelle relevó a Petain del mando y empezaron los contraataques franceses para recuperar terreno perdido. Un palmo de reconquista era un reguero de sangre, de muerte en ambos lados de cada trinchera. Las bajas en el lado alemán minaban la moral de la tropa que no entendía el mantenimiento de una ofensiva en una ciudad que tampoco necesitaban estratégicamente.
 
Nivelle instauró el lema francés para Verdún de “Ils ne passeront pas!” (¡No pasarán!), y convirtió los pequeños avances en auténticas gestas. El 19 de diciembre de 1916, después de una ofensiva al norte del fuerte de Duaumont y mes y medio después de recuperar el simbólico Fort Vaux, acabó la batalla, a pesar que los combates en los alrededores de Verdún continuaron hasta 1918.
 
Símbolo de una nueva guerra
 
Verdún fue el resumen de la Gran Guerra. Una batalla hasta tal punto absurda que infligió 700.000 bajas: 305.000 muertos y 400.000 heridos, casi a partes iguales entre los dos bandos. El 75% de los soldados franceses pasaron por Verdún. Los campos de Lorena fueron la síntesis de un conflicto bélico sin precedentes, en el que se utilizó todo tipo de artillería, gases asfixiantes, aviación, ametralladoras y el uso de la trinchera.
 
¿Derrota, victoria...? Verdún es un símbolo. La carretera que conduce al campo de batalla apenas tiene tráfico en la semana en que se conmemora el centenario del final de la batalla. Un autocar con veinte escolares, dos jubilados franceses, un coche de autoescuela y los cuervos decoran un bosque silencioso, cicatrizado y fantasmagórico. Verdún es un cajón que Francia tiene en la memoria, pero que evita abrir. Ganó, pero fue el momento en que el mundo pudo vislumbrar el Apocalipsis.
 
Los montículos de sus bosques y dunas de hierba casi pintadas al óleo están dibujados por los obuses que aún anidan bajo tierra. El barro de Verdún todavía guarda muerte, miles de cadáveres que esperan ser rescatados de su salvaje entierro. Pasear por las viejas trincheras deja al caminante despojado de la tranquilidad del campo, por el silencio cómplice del horror enterrado.
 
Las fitas ante el renovado Memorial de Verdún lo dejan claro: ruegan no pasar para no maltrechar zonas de excavaciones donde todavía yacen los cuerpos de soldados que quizá no supieron cual fue el motivo político de su muerte. Verdún es el símbolo que desearía no serlo. La región de la Lorena, a diferencia Normandía, se entristece si recuerda que fue escenario de la primera de las nuevas guerras.
 
Gaziel
 
Quizá, el reportero que mejor describió aquel horror, fue Agustí Calvet Gaziel, el enviado de La Vanguardia. Sus crónicas han servido de mapa en la visita del centenario del fin de la batalla. Elijo un extracto que, al pasear por las montes sepulcrales de Verdún, creo que es el que mejor describe la desazón del lugar, el hastío de aquella batalla -cuya utilidad aún divide a los historiadores- y la dureza del combate.
 
”En una fosa yace un montón de cadáveres. ¡Su visión es horrible! Los cuerpos están mutilados, vestidos con el uniforme militar hecho trizas, manchado de sangre, asqueroso. Los rostros aparecen contraídos por espasmos macabros de rabia y de dolor supremos. Algunos cuerpos están despedazados. En el montón hay miembros sueltos, descuajados del tronco... Los circunstantes permanecen en un rudo mirar de infinita ternura ante los despojos horribles de sus hermanos, absortos, resignados, con los ojos encendidos por la santa esperanza de vengar su muerte”.
 
por Quico Sallés
Fuente: 

Diario La Vanguardia 19/12/2016

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