• La historia de las armas que Kadafi le envió a Galtieri para Malvinas   5 años 5 semanas ago

    Increíble la historia que han podido resumir para nosotros en el libro. Dios bendiga a estos hombres por su gran corazón y su actitud desinteresada dentro del contexto de los eventos de la guerra del ’82. Los felicito y agradezco el poder conocer mas detalles de nuestra historia como país, y también poder recordar la increíble calidad humana de algunas personas que lo conforman. Mis mayores respetos a este grupo de pilotos civiles…

  • Muere Samuel Kunz, el tercer nazi más buscado del mundo   5 años 6 semanas ago

    POR ESO ES QUE ESTA GENTE NO DEBERIA SER JUZGADA<, SINO AJUSTICIADA PUBLICAMENTE

  • Sobre Benoit y Luis XVII   5 años 8 semanas ago

    Para ejemplificar el rigorismo histórico en que se basa Claudia para “El Prisionero”, elegí tres casos puntuales. El primero de ellos, está relacionado con la sospechosa muerte de la Emperatriz Josefina, el 29 de mayo de 1814. Leamos un párrafo del capítulo XIV “Aethalia, la brillante...”:

    “A consecuencia de aquella destemplada noche junto al Zar Alejandro en los jardines del castillo de Malmaison Josefina Beauharnais se enfermó. Mas su delicado estado de salud fue agravándose, hasta que aquel cuadro se tornó fatal el 29 de mayo, desenlace que ocurrió en la habitación de la mencionada residencia. A pesar de estos hechos, algunos estudiosos perciben en los intersticios de la historia que dicha muerte se llevó a cabo para sofocar en aquella boca un secreto muy importante. Esto, crucialmente, estaba relacionado con el extraño destino de Luis XVII, y consideraron que solamente la tumba podía resguardar tan terrible secreto en forma definitiva.
    Igualmente es significativo mencionar en estos sucesos, que la figura de Josefina fue tomada por los partidarios del Rey Luis XVIII para su beneficio. Numerosos opúsculos anónimos lo comprueban, al salir publicados en aquel tiempo para presentarla como un modelo de monárquica y una defensora incansable del trono y del altar. Lo más sorprendente es que la Emperatriz Josefina transformada por la pluma de los propagandistas aristocráticos, se convierte en un abrir y cerrar de ojos en una especie de “Mater Patriae”, cuya piedad protegió a Francia de la ferocidad de Bonaparte”.

    Aquí se menciona a un personaje muy interesante. Se suponía que Luis XVII, heredero del trono francés, había muerto en La Torre del Temple en 1795. Sin embargo esto no ocurrió, ya que el mismo Napoleón se encargó de salvar al Delfín. Este secreto, sabido por muy pocos, era conocido por Josefina quien de un modo casi extorsivo amenazó con revelarlo si la nueva corte no la colocaba en una buena posición tanto a ella como a sus hijos. Aunque conservaba sus prebendas como Emperatriz, pero que no ejercía su título, sabemos muy bien que Josefina siempre trataba de sacar ventajas cuando se le presentaba alguna ocasión para poder hacerlo... Entonces, la Restauración se encargó de quitarse este problema de sus espaldas y además la convirtió en un emblema monárquico.
    El 23 de mayo, Josefina tuvo lo que los médicos diagnosticaron como “una erupción difusa”. El día 26, dijeron que la enfermedad había degenerado en una “fiebre pútrida”. Esta clase de diagnósticos que los médicos daban y dan, son como se puede percibir, absolutamente ambiguos. Ahora, cuando los facultativos no saben lo que padece un enfermo, le dicen que tiene un virus. También se enojan cuando les hacen demasiadas preguntas. Ocurre que no saben nada, o bien, deben encubrir un asesinato camuflado. El Rey Boris III de Bulgaria, después de su fracasada reunión con Hitler, pasadas 48 horas, murió de “gripe”, después de aterrizar en Sofía.
    Volviendo a Josefina, transcribiré una confesión que le hizo un tiempo antes de su muerte a Mmlle. Cochelet:
    “No logro vencer una espantosa tristeza que me embarga, hago todo lo posible para ocultarla a mis hijos, pero sufro más aún. Comienzo a perder el valor. El emperador de Rusia está por cierto lleno de miramientos y consideración hacia nosotros, pero todo eso no son más que palabras. ¿Qué decide para mi hijo, para mi hija y sus niños? ¿No está en posición de desear algo para ellos? ¿Sabéis lo que ocurrirá cuando se haya marchado? No se hará nada de lo que le hayan prometido; veré a mis hijos desdichados y no puedo soportar la idea; me hace mucho mal; ya sufro demasiado por la suerte del emperador Napoleón. ¿Tendré que ver todavía a mis hijos errantes, sin fortuna? Siento que esa idea me mata”.
    Los opúsculos anónimos citados anteriormente, dicen incluso que Josefina fue envenenada con aguas contaminadas, los días previos a su muerte.
    El segundo caso, emparentado con el primero, tiene que ver con Luis XVII, Delfín de Francia desde 1789. Como dije antes, el propio Napoleón se encargó de salvarlo de todo peligro. El capítulo II, “Cartas..., y encuentros” nos refiere lo siguiente:

    “A lo lejos se escucha un rumor por el camino a través de un silencio sobrecogedor. El sonido de cascos y ruedas es inconfundible, y va creciendo poco a poco. Una calesa se aproxima sigilosamente al abrirse paso en medio de una noche oscura de finales del año 1793. Es la época del Terror promovido como la Revolución, por Lord Shelburne, y sus vientos sangrientos soplan con demencial furia.
    Una mujer y un hombre viajan en la discreta calesa y llevan consigo, al amparo de las sombras, a un niño de unos ocho años escondido debajo de una amplia capa negra de la que él se asoma de tanto en tanto con cierto temor. El pequeño cautivo, que fue sustraído de la Torre del Temple, es de talle fino y esbelto, de frente ancha y descubierta. Sus ojos grandes y azules están enmarcados por unas cejas arqueadas que armonizan delicadamente con su tez rosada y los cabellos de un color rubio ceniciento como los que tenía su madre...
    De pronto se detiene la calesa frente a una casa. Han llegado a la ciudad portuaria de Calais. Allí, un matrimonio los espera ansiosamente. La mujer y el hombre bajan con el niño de la calesa e ingresan con prontitud a la casa para no despertar ningún tipo de sospechas, y así poder entregarles al pequeño en el más absoluto secreto.
    Al poco tiempo golpean la puerta. No pueden evitar sentirse sobresaltados. Tienen miedo, y el peligro acecha sin titubear. El dueño de la casa contiene la respiración y abre la puerta. Un hombre de baja estatura, pálido y enjuto entra. Mira a su alrededor como verificando que todo esté en debido orden; luego se dirige con voz firme y severa al dueño de la casa:
    -Una palabra suya le costará la lengua, Monsieur Benoit.
    Después se para delante del niño, lo mira a los ojos al acariciarle la cabeza rubia, y se retira sin decir más nada”.

    Desde ese momento Luis XVII pasará a ser Pierre Benoit, tanto en las actas notariales en las que muchas veces se contradicen el lugar y fecha de su nacimiento, como así también en los registros hallados en Buenos Aires, cuyo legado pertenece a una de sus descendientes: Lucrecia Zapiola. Incluso durante varios años cambió de nombre de manera que el dilema de su persona se tornó engorroso. Veamos cómo el personaje recuerda su pasado napoleónico, en el capítulo XIV “Aethalia, la brillante...”:

    “Me han despojado de La Mouche y del cargo que noblemente se me había conferido. Es por orden del Rey. ¿El Rey? ¿En verdad es así?...”
    Entre tanto su mente quedó suspendida en esa dolorosa cuestión. Luego miró con amarga furia el documento, fechado el 28 de agosto de 1814, en el que se le notificaba su retiro de la marina. El pretexto que condujo a esa terminante resolución, fue que sus servicios ya no eran más necesarios al soberano, el Rey Luis XVIII.
    “Mi infame tío, sí... Su sombra, como un ave siniestra, se cierne sobre mi persona. El imperio a caído en manos de los aliados. El Emperador Napoleón está cautivo en la isla de Elba. Bajo la protección de él yo me encontraba, pero ahora... ¿Qué determinación debo tomar al respecto? Nuevamente la sombra de mi tío me asecha. Sé que mi vida le es un continuo obstáculo. Desde que recuerdo ha sido de este modo. Él ha propiciado con su proceder siniestro la ruina de mi familia... La muerte de mis padres, de la que hipócritamente se conduele, al estar satisfechas sus más oscuras aspiraciones de poder. El trono es lo que siempre deseó, y a cualquier costo... Es el más vil de los hombres, pues sangre fraterna, sangre real corre por sus venas, mas nada le ha importado... ¡Lo odio! ¡Es un miserable! Su fétida respiración la siento muy cerca. ¿Me convertiré finalmente en su prisionero? Ante tan terribles circunstancias, ¿qué me deparará el porvenir?...”

    “La Mouche”, “La Mosca”, era una de las seis embarcaciones de navegación rápida con que contaba la Armada imperial.
    En abril de 2000 las Universidades de Lovaina y Münster, realizaron sendos exámenes de ADN que parecieron confirmar la historia oficial de que el Delfín murió en La Torre del Temple en 1795. Para dichos exámenes tomaron el corazón que el Dr. Pelletan robó después de la autopsia del niño muerto en 1795. Aquí se observan varias anomalías. El Dr. Pelletan nunca conoció al Delfín. Éste fue sustituido por un adolescente escrofuloso cuando Napoleón lo salvó. El profesor Jean-Jacques Cassimann de la Universidad de Lovaina, se habría desdicho, según Lucrecia Zapiola, después de haber emitido su dictamen con respecto a la identificación del corazón analizado. El ADN se hizo solamente en base a los cabellos de María Antonieta, pero se omitió a Luis XVI. En conclusión, si bien hubo muchos falsos delfines que aparecieron hasta las primeras décadas del siglo XIX, nadie le realizó un ADN a Pierre Benoit, quien dejó varios rastros durante su vida de que era el verdadero Delfín, como así tampoco se tomaron en cuenta las pruebas y documentos que conserva la familia Zapiola. De modo que el ADN de 2000 se le hizo al muchacho escrofuloso que sustituyó al Delfín, o bien, se hizo con los elementos del primer Delfín, Luis José Javier Francisco, quien falleció en 1789. Además hay que admitir que no es “atractivo” para los turistas que visitan constantemente el cementerio de La Recoleta, el hecho de mencionar que Luis XVII llegó a Buenos Aires en 1818 y falleció, a causa de un asesinato masónico, en agosto de 1852.

    (Fragmento del Capítulo II del libro Por los laberintos de “El Prisionero” del Maestro GabrielBergogna http:// www.gabrielbergogna.com.ar )

  • Batalla legal por los tesoros arqueológicos de Machu Pichu   5 años 9 semanas ago

    No fue arqueólogo y se llevó 50,000 piezas del complejo de Machu Picchu!

  • Sobre Benoit y Luis XVII   5 años 10 semanas ago

    “Es, como todos los niños fuertes y de buena salud, muy aturdido, muy ligero y violento en sus cóleras; pero es un buen niño, tierno e incluso cariñoso, cuando su aturdimiento no lo arrebata. Tiene un amor propio desmesurado que, conduciéndolo bien, puede convertirse un día en su ventaja.
    En cuanto está muy cómodo con alguien, sabe contenerse, incluso refrenar sus impaciencias y cóleras para parecer dulce y amable. Es de una gran fidelidad cuando prometió algo... No tiene ninguna idea de arrogancia en su cabeza y yo deseo vivamente que eso continúe. Nuestros niños aprenden siempre bastante pronto lo que son. Ama mucho a su hermana y tiene buen corazón. Cada vez que algo le da placer, ya sea ir a alguna parte o cuando se le da alguna cosa, su primer impulso es siempre el de pedir lo mismo para su hermana. Nació alegre...”

    (Pensamientos de María Antonieta sobre el Delfín.)

    Un sin número de imágenes, recuerdos y sensaciones diversas se mezclaban en su cabeza como una extraña ensoñación. Por momentos se veía inmerso completamente en ella, al no poder eludir su poderoso influjo que lo confinaba en aquella atmósfera irreal. Poco a poco se alejaba del presente, del mundo que lo rodeaba, para trasladarse con su mente al pasado. Sí, ese pasado que le hacía surgir de su inconsciente las emociones más dulces, como también los más profundos pesares...
    Cavilaba en aquel tiempo lejano e incorpóreo donde se hallaba su madre perdida para siempre como una fantasmagoría, una visión... Él, un infante en aquel entonces, le obsequiaba con una tierna sonrisa un ramito de flores que había tomado del jardín, donde acostumbraba todos los días pasar largas horas bajo la protectora mirada de Madame Tourzel, que observaba atentamente en el niño un carácter vivaz y ardiente cuando jugaba con un sable en la mano, o el aire de gravedad que adoptaba su encantador rostro al sentirse en ese instante un héroe... Inesperadamente el joven escuchó la inconfundible voz de su madre que pronunciaba su nombre con insistencia, casi con desesperación. Sin embargo al prestar atención comprobó amargamente que un murmullo de olas lo habían engañado al mecerse “La Mouche” sobre las aguas inquietas, hecho que lo dejó pleno de turbación:
    “¿ Mi vida por siempre va a ser una dolorosa y triste agonía?” –se preguntó en silencio en medio de la extrema angustia, al tiempo que persistía como un embeleco el sonido del mar en sus oídos. Luego de todo aquello, su mente como adormilada se hundió otra vez en el pasado, para llevarlo precisamente a la lóbrega y antigua Torre del Temple, que se erguía como una siniestra maldición...

    -“La liberté n’est qu’un piège
    Tant que le mot privilège
    Blesse la Sainte-Egalité.”

    El cautivo se detuvo en su canto al reírse, a la vez que se entretenía con los juguetes que le había dado Simón el zapatero, quien estaba encargado junto con su mujer de atenderlo, además de vigilarlo de cerca. Después continuó el infante canturreando con alegría esos versos que aún no comprendía.
    -“La liberté n’est qu’un piège...”
    -¡ Ciudadano Capet! –dijo al interrumpirlo con brusquedad el revolucionario Jacques René Hébert, dueño del violento periódico “Le Père Dúchense”. Entre tanto el pequeño Luis XVII al dejar de jugar, quedó inmóvil por el pánico que lo había enmudecido-. ¿ No me oíste?... –le preguntó, al acercársele de manera amenazante.
    -Sí. –musitó el prisionero.
    -¡ Ah! ¡ Bien, bien! –exclamó-. Pensé que te habías vuelto sordo o idiota –subrayó- que es peor. ¡Ja! Me alegro que estés muy atento a mis palabras. Te conviene que continúes así, si quieres conservar la vida. A pesar de las malsanas enseñas que te ha dado la loba austriaca, vas a ser un republicano virtuoso quieras o no. Recuerda mal nacido que la filosa hoja de la guillotina..., –hizo una breve pausa para amedrentarlo, y luego continuó- pende de un hilo sobre tu cabeza. ¡ Sí, bribón! ¡ Como me escuchas! ¡ Y en cualquier momento puede caer! –vociferó destilando furor.
    -¡ Ay! –gritó aterrorizado el pequeño, y enseguida se tapó los oídos. Mas Hébert se adelantó rápido para sacudirlo con vehemencia, porque deseaba con morbosidad que lo siguiera escuchando.
    -¡ Vamos! ¡ Escúchame! ¡ De nada te servirá esta actitud! ¡ Ah!... –se detuvo- ¡ Esto te va hacer cambiar! –dijo al tomar un vaso que estaba sobre la mesa para obligarlo a ingerir licor, a la vez que continuó hablándole con ferocidad-. ¡ Piénsalo miserable! –el prisionero trató de negarse a beber, mas luego cedió por la terrible presión psicológica que lo agobiaba-. ¡ Si persistes..., morirás guillotinado como ese aborrecible tirano! ¡ Sí, guillotinado!
    -¡ Eso no!
    -¡ Qué cosa! ¿ Qué quieres maldito?
    -¡ No! ¡ No! –clamó con espanto el cautivo, al tirar el vaso al suelo que estalló en mil pedazos.
    -¿ No?... –se expresó con ironía el revolucionario, para después reírse como un enajenado. Pero en ese instante el niño no pudo resistir más aquel terrible tormento y se desvaneció, quedando tendido en el suelo como una victima expiatoria de la revolución.

    El joven Luis XVII cerró los ojos con desazón ante el enorme peso de aquellas horrendas impresiones que lo perseguían sin piedad; además de los remordimientos que sentía al haber sido obligado a firmar una declaración en contra de su madre bajo coacción, cuando fue cruelmente separado de ella y de su hermana la princesa María Teresa Carlota. Sin advertirlo, unas lágrimas le humedecieron el rostro ensombrecido a causa de los recuerdos que se agolpaban en su mente, de igual modo que esa lúgubre noche en la que oyó una voz que le dijo con impaciencia...
    -¡ Capet! ¿ Estás dormido? Hijo de una raza de monstruos, ¡ levántate! –luego un silencio escalofriante envolvió el lugar, dejándolo en la más horrible quietud.
    El indefenso cautivo fue llevado con premura por una mujer y un hombre de la Torre del Temple; aquella prisión tétrica, en la cual había permanecido confinado por las fuerzas revolucionarias que ajusticiaron a Luis XVI y María Antonieta en un verdadero e iluminado ritual de sangre.
    Todo transcurrió muy rápido para él en medio de la incertidumbre que lo rodeaba como la oscuridad; mas el peligro, asechaba constantemente como una fiera su precaria existencia. La calesa que lo llevaba hacia un destino que ignoraba por completo, se desplazaba con gran velocidad. Los árboles que se hallaban a los costados del camino eran mudos testigos de aquel suceso extraño, al mismo tiempo que la atmósfera espectral que reinaba lo invadía todo a su paso... De pronto las ruedas de la calesa detuvieron su marcha. El pequeño fue introducido sigilosamente en una casa. El matrimonio Benoit lo esperaba con inquietud, pues tenía la delicada misión de cuidarlo a costa de los numerosos riesgos que debería afrontar. Sorpresivamente alguien llamó a la puerta. Por un instante, todos quedaron como petrificados, debido al enorme temor que sintieron. Un hombre de baja estatura, pálido y enjuto ingresó allí como para constatar que todo estuviera en orden. Entonces, el niño de cabellos rubios y ojos azules, lo observó con suma atención al acercarse:
    -Una palabra suya le costará la lengua, Monsieur Benoit. –le dijo Bonaparte con voz firme y severa al dueño de casa.
    Posteriormente el inesperado visitante se paró delante del pequeño y le acarició la cabeza. Ambos se miraron por un momento. Luego el joven militar se retiró del lugar sin decir más nada...
    Luis XVII, el Rey perdido, recordaba todo aquello que lo ligaba al presente, mientras estaba refugiado en la soledad del camarote. Sí, en esa profunda soledad, su mente discurría constantemente por aquel camino tortuoso de un pasado que lo condenaba sin miramientos a la exclusión perpetua o quizás, a la muerte misma... No obstante él sabía muy bien que contaba con la protección y el aprecio del Emperador, hecho que le era sumamente valioso al estar asechado sin piedad por los parientes más cercanos. Su tío, Luis Estanislao Xavier, el conde de Provence, deseaba con voracidad arrebatarle la vida, al verlo como un terrible obstáculo en la encarnizada lucha que había emprendido por el trono de Francia. Mas en aquel momento, Luis Carlos, tenía el puesto de Oficial de Marina al haber sido nombrado por Napoleón, quien le entregó la goleta “La Mouche” en sus manos. Aquel gesto, no lo olvidaría nunca, debido a la endeble posición en que se encontraba al ser el heredero natural de los Borbones mientras respirase, al menos que su existencia continuara siendo para siempre un enigma...

    (Fragmento del Capítulo VIII de la novela documental “El Prisionero” de la Escritora
    y Artista Plástica Claudia Mercatante www.claudiamercatante.com.ar )